6.2. La hipótesis aria o indoeuropea

La gran importancia que había dado Buffón al lenguaje como elemento constitutivo de una raza, va a hacer que el estudio de las lenguas sea un aspecto esencial para la elaboración del determinismo racial y la construcción de lo que se denominará “raza aria”.

Durante el siglo XVIII el jesuita francés Gaston-Laurent Coerurdoux, quien había pasado toda su vida (1734-1779) en la India estudiando las lenguas del país, descubre la enorme similitud entre el sánscrito, las lenguas iraníes y las europeas. En 1786 un orientalista y lingüista inglés llamado William Jones (1746-1794) se atribuye este descubrimiento postulando que las lenguas indoeuropeas forman un tronco común de las diversas lenguas que se hablan en Europa, Asia occidental y la India. Será Thomas Young (1773-1829) quien en 1813 acuñará el término indoeuropeo agrupando a lenguas tan diversas como el armenio, griego, albanés, báltico, germánico, celta, itálico, eslavo, indo-iranio e hitita.

William Jones defendía la semejanza entre el sánscrito, lengua sagrada de la India, que significa lengua culta, perfecta y correcta, a diferencia del prákrito (Prakita) o lengua vulgar o común, propia de las clases ineducadas) con muchas lenguas europeas. En sus estudios descubrió también analogías con el zendo o persa antiguo, el armenio, el hitita y el frigio. Todas ellas formaban una especie de familia de lenguas a la que pertenecían también la mayoría de los idiomas europeos, y que se diferenciaban claramente del resto de lenguas del mundo. No solamente el vocabulario era similar, sino que la formación de los casos y los tiempos se hacía añadiendo sufijos, del mismo modo que se añaden partículas o desinencias a la raíz del verbo para indicar los diferentes tiempos y personas.

 

La descripción del hindú realizada por este abogado y juez inglés de la corte suprema de Bengala, fue muy importante para la historia de la lengua. A partir de ese momento el Indoeuropeo (también llamado Indogermánico) aparecería como el origen común de todos los idiomas ligados a una civilización “superior”. Friedrich Schlegel (1772-1829), en su Ensayo sobre la lengua y la filosofía hindúes (1805), afirmaba que “por su profundidad, su claridad, su suavidad y su espíritu filosófico”, el hindú era la lengua primitiva de la cual derivaban todas las otras. Propuso que el sánscrito era la lengua original compartida por todas las civilizaciones del este y del oeste, y que sus hablantes originarios eran los arios conquistadores de la India.

Schlegel estaba equivocado, pero su idea de que todas las civilizaciones habían sido originalmente una, captó la imaginación de los orientalistas y filósofos de Europa, que llegaron a creer posibles los antiguos mitos de la Atlántida habitada por una raza superior de filósofos, inventores y artistas que habrían creado una supercivilización hoy desaparecida.

            Ya en el siglo XVII Justus Georg Schottel (1612-1676) había exaltado el origen de la lengua alemana en un tratado titulado Ausfürliche Arbeit von der Teutschen Haubtsparche (Trabajo exhaustivo de la lengua primigenia alemana, 1663). Este fue un texto de historia lingüística y de filosofía del lenguaje, en donde Schottel consideraba al alemán como una lengua original y “primigenia” de la que se puede deducir el sonido de los vocablos partiendo de las realidades designadas. Schottel fue miembro de la Fruchtbringende Gesellschaft, una asociación creada en 1617 cuyo propósito era velar por la pureza de la lengua alemana, evitando que se contaminara con términos provenientes de otras lenguas extranjeras, principalmente del francés. Esta costumbre de reemplazar los términos internacionales por palabras nativas se ha seguido haciendo desde entonces hasta la actualidad, con absoluta escrupulosidad hasta el punto de que el vocablo televisión, creado a partir de dos voces griegas (teles-visión) e internacionalmente usado, en Alemania no se emplea. Allí es sustituida por el vocablo Fernsehen (lejos-ver).

A mediados del siglo XIX, algunos lingüistas, como los hermanos Grimm y Franz Bopp, desarrollaron lo que llamaron “estudios arios” como una importante rama de investigación. De esta manera no solo recogieron pruebas lingüisticas, sino que incluyeron aspectos del folklore, las tradiciones religiosas y la arqueología. Franz Boop (1791-1867), considerado el padre de la gramática moderna, popularizará la denominación indoeuropeo en su Gramática publicada en 1855. En los países de habla alemana el término que se empleará será el de indogermano, creado por el orientalista alemán Julios Klaproth (1783-1835) en 1823 en su Asja Polyglota.

El lenguaje se convertía en un elemento de estudio que al igual que un fósil permitía rastrear el origen, movimiento e influencia de las razas por el mundo. No olvidemos que el relato del Génesis que se refiere a la construcción de la torre de Babel hace referencia a que en ese lugar Dios confundió las lenguas dispersando a los pueblos por la faz de la Tierra.

“El Señor descendió para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando, y dijo: «He aquí que todos forman un solo pueblo y hablan una misma lengua, y éste es solo el principio de sus empresas. Nada les impedirá llevar a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y confundamos su lenguaje para que no se entiendan los unos a los otros». Así el Señor los dispersó de allí por toda la tierra y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de todos los habitantes de la tierra y los dispersó por toda su superficie”. Génesis, 11 5-9

El naturalista Georges Cuvier (1769-1832), fue más lejos en estas apreciaciones ya que creyó que a partir de las “analogías de las lenguas” era posible describir las principales ramas de las razas. Estas ideas pronto se generalizaron y así los indígenas africanos pasaron a constituir “la más degradada de las razas humanas, cuya forma se asemeja a la de los animales y cuya inteligencia nunca es lo suficientemente grande como para llegar a establecer un gobierno regular”.

            Influido por el pensamiento hegeliano y por la teoría de la evolución de Darwin, el alemán August Schleicher (1821-1868) publicará en 1863 una tesis titulada Die Darwinsche theorie und die Sprachwissenschaff (La teoría de Darwin y la lingüística). En ella relaciona la teoría evolutiva de Darwin con la variedad y desarrollo de las lenguas. Según Schleicher una lengua es como un cuerpo vivo que nace, crece, envejece y muere. Adoptará términos de la biología como género, especie y variedad, para referirse a los idiomas. Schleicher fue el primer lingüista que realiza una clasificación de las lenguas semejante a la taxonomía botánica y el primero en emplear árboles genealógicos para ver las relaciones y evolución de las mismas.

El origen del término ario

Todas estas teorías lingüísticas sobre el indoeuropeo fueron pronto asociadas a la idea de raza. En el siglo XIX se creía que toda etnia estaba o había estado definida originalmente por una raza o pueblo concreto (Urvolk) y que tenía un idioma primigenio (Ursprache) surgido en una patria primitiva (Urheimat). Sobre este planteamiento surgió la hipótesis aria. Será el filólogo alemán, Friedrich Max Müller (1823-1900) quien producirá esta fusión entre lengua y raza. Profesor de filolofía comparada en Oxford, Muller fue el adalid más elocuente del origen ario de la civilización europea. En unas célebres conferencias dictadas entre 1859 y 1861 en el Royal Institute de Londres, ayudó a instalar la idea de ario en el mundo científico. Experto mitólogo y amante de todo lo oriental Müller denominó arios a las primitivos indoeuropeos. El nombre lo tomó del texto de Los Vedas (escrituras sagradas del hinduismo de los siglos XVI a XIII a.d.C), en el que se refiere a los invasores kurgánicos del segundo milenio antes de Cristo. El término ario o Aryas, de raíz semítica significa noble o “el mejor” y fue utilizado por los indoeuropeos orientales a la hora de autodefinirse frente a los Dasyus que serían los nativos de piel oscura de la India. Reyes persas como el Sha Pahleui también usarían este vocablo entre sus títulos de honor. De hecho Irán significa en farsi “el país de los arios”. Darío I el Grande, rey de Persia (521-486 a.C.) hace constar en una inscripción en Naqsh-e-Rostam, cerca de Shiraz (Irán) en avéstico (idioma de la antigua Persia): “Yo soy Darío, el grande, […] persa, hijo de persa, un ario de linaje ario… “. El Avesta también da noticia de una patria llamada Airyanem Vaejah (El Solar Ario), desde el cual se supone que los arios emigraron. Estos datos pretendían demostrar la existencia de un pueblo ario descendiente de los aqueménidas, entre cuyos reyes destacaron Ciro II y Darío I el Grande. No obstante el texto de Darío se entiende igualmente si se da a la palabra “ario” el sentido de “noble” como es aceptado en la actualidad por los historiadores.

            El vocablo ario surge cuando en Europa se estaban elaborando las teorías racistas nórdicas, y pronto se asimilaron los conceptos de nórdico (raza), ario (cultura) e indoeuropeo (lengua). Los ideólogos racistas pretendieron ver en la raza nórdica, considerada como pura, la base biológica de los primigenios indoeuropeos. Para ellos sería esta raza la que habría creado el sistema de castas y la literatura védica india. Los arios adoptarían los cultos védicos y el zoroastrismo en los que los dioses ancestrales arios engendrarían panteones diversos. De todos los pueblos surgidos de la raza aria, tan solo los germanos habrían mantenido “pura su sangre”, el resto, como afirmará Gobineau, habría mezclado esta con otras razas, degenerándose en el contacto.

            Es interesante observar que algunas lenguas europeas quedaron fuera de esta clasificación de indoeuropeos. Estas fueron el vasco, el húngaro y el finés. Esto llevó a pensar que se trataban de tres razas de orígenes “no arios”. Las consecuencias de este determinismo racial excluyente fueron, en el caso vasco, la creación de un sentimiento nacionalista ultrarracista, elaborado por el lingüista Sabino Arana, mientras que en los otros se produjo una auténtica persecución genocida contra los pueblos lapones y romanís, durante el siglo XX, por ser considerados no “suficientemente puros”.

            En 1888, Muller rectificó sus ideas y defendió que el lenguaje no tiene nada que ver con la raza y que un individuo de cualquier raza podía aprender a hablar cualquier lengua. Pero el daño ya estaba hecho, y todas las enseñanzas anteriores de Muller ya habían ejercido una gran influencia en los foros académicos de occidente.

            “El etnólogo que hable de raza aria, sangre aria, ojos y pelos arios, comete un pecado tan grande como el lingüista que hable de un diccionario dolicocéfalo o de una gramática braquicéfala”. [1]

            La idea de la raza aria resultó muy atractiva para muchos intelectuales alemanes que la utilizaron como instrumento de agitación política. En el año 1818, el historiador Karl Adolf Menzel defendía el derecho de los alemanes a reclamar aquellos territorios en el este de Europa, un espacio que las tribus germánicas habían ocupado en el pasado. En la misma línea en 1846, el historiador alemán Heinrich Wuttke (1818-1876) defiende en una serie de artículos la idea de la superioridad germana sobre los pueblos eslavos. Pueblos que, a su parecer, eran inferiores, sin cultura ni historia propias. La misma denominación eslavos proviene del término “esclavo” aludiendo a la condición que debieron de sufrir estos pueblos en varios momentos de su historia.

El origen del mito de la raza semita como antagonista de la raza aria

            Simultáneamente a la creación del mito ario se va a gestar en Europa “una nueva formulación en la dicotomía racial ario-semita” (Álvarez Chillida 2002:220). Este antagonismo con frecuencia se planteó en términos históricos como una especie de interminable combate a muerte entre arios y semitas, donde estos últimos estarían empeñados en conspirar de forma más o menos explícita para la destrucción de la superior civilización europea aria y la imposición de su linaje sobre el resto del mundo.

            Los estudios sobre historia antigua se llenarán de esta idea de la lucha a muerte entre arios y semitas. Un buen ejemplo de ello lo ofrece el historiador francés Jules Michelet (1789-1874), uno de los más claros exponentes del antisemitismo del siglo XIX. En su obra Histoire Romaine (1839) Michelet no dudaba en defnir a fenicios y cartagineses como un pueblo avaro, capaz de perpetrar las más horribles crueldades en el transcurso de sus prácticas religiosas y, por supuesto, mucho más amante del vil comercio que de la guerra heroica. En este sentido, resulta especialmente significativa la oposición radical que describía entre romanos (arios) y cartagineses (semitas) a propósito de las guerra spúnicas, una oposición que en ningún caso era circunstancial sino que ejemplificaba la eterna lucha entre la srazas aria y semita:

“No es sin razón que el recuerdo de las guerras púnicas se ha mantenido tan popular y tan fresco en la mente de los hombres. Esta lucha no sólo debe decidir el destino de dos ciudades o dos imperios; sino saber cuál de las dos razas, indo-germánicos o semitas, les pertenece el dominio del mundo (…) por un lado, el genio heroico, el de la técnica y la legislación; por otro, el espíritu industrial, la navegación, el comercio”.[2]

            El pasaje resume con claridad algunos de los principales tópicos antisemitas que poblaron la literatura europea del XIX: la avaría, la crueldad, su pasión por el comercio, su ineptitud para la guerra y su insoportable falta de heroísmo consecuencia inevitable de su naturaleza débil y afeminada.

El estudio de las lenguas africanas

            Los filólogos europeos del s. XIX encontraron en el África subsahariana un notable grupo de lenguas emparentadas entre sí. El lingüista alemán Wilhelm H.I. Bleek (1827-1875), quien residió varios años en África del Sur, escribe una “Gramática comparativa de las lenguas Sudafricanas” en la cual denomina a esta familia de lenguas como “bantúes”. Este término lo elaboró uniendo el prefijo plural “ba” con el vocablo “ntu” que en estas lenguas significa “gentes” o “personas”. Desde entonces se emplea este término, y algunos llegaron a presuponer la existencia de unos “pueblos bantúes”, una “cultura bantú” y hasta una “raza bantú”. Durante el apartheid sudafricano, el régimen llamaba bantúes a los sudafricanos negros.

Los lingüistas encontraron que estas lenguas tenían un desarrollo comparable al de las europeas pues en ellas podían encontrarse conceptos, categorías de análisis y permitían expresar especulaciones filosóficas sutiles. Pero un racista jamás podría admitir que los negros hubieran sido capaces de crear estas lenguas. Asi que idearon la absurda teoría de que las lenguas bantúes tendrían un origen “más blanco” en alguna cultura “menos negra” como la egipcia, aunque para ello tuvieran que forzar parentescos donde no los había y diseñar itinerarios lingüisticos que no soportarían una crítica científica seria. Lo que nunca explicaron estos lingüistas fue el porqué los negros adoptarían términos que, según ellos, no eran capaces de utilizar.

            Hoy en día se sabe con seguridad que las lenguas bantúes tienen un origen claramente negro. Surgieron hace unos 2000 años en una región cercana a Nigeria oriental y el Camerún. De hecho, serían estas lenguas las que influirían en la lengua egipcia, justo al contrario de cómo pensaban estos filólogos decimonónicos. De hecho se guardan documentos escritos de estas lenguas subsaharianas que datan de los siglos X al XII.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Max Muller. Cit. Por Juan Comas. Los mitos raciales. Universidad de México. Nº 6. 1956.
[2] Jules Michelet, 1833 [1830]: 245s.) Histoire romaine. Première partie: République. Librairie classique et élémentaire de L. Hachette, Paris.
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