6.3. El mito “rubio” y la creación de la raza nórdica

            Una vez aceptado un origen común para las lenguas indoeuropeas, asociado a una raza aria, los teóricos de la raza se dedicaron a elaborar una historia que explicase su origen y difusión por la Tierra. Según ellos la raza aria habría venido de Asia (algunos autores lo situarían en el Himalaya) ya que según las tradiciones gnósticas la “Luz” viene del Oriente, y solo de Oriente puede venir la civilización.

            De este punto partirían sucesivas oleadas de pueblos arios que irían invadiendo sucesivamente la India, Persia y Europa. Estas invasiones prehistóricas serían movimientos de naciones enteras que irían asentándose en los distintos lugares de paso conquistando e impregnando con su cultura y saber a los pueblos dominados. La primera oleada la constituirían los germanos, celtas e italiotas que habrían llegado al extremo oeste de Europa. En una segunda oleada se encontrarían los letores, dacios, ilirios y helenos. La tercera oleada la constituirían los tracios y eslavos, mientras que la última estaría formada por los sarmatas y escitas.

            Ya los escritores de la antigüedad habían distinguido en Europa occidental tres razas: íberos, ligures y celtas. Los ideólogos del racismo asociarían estos tres pueblos con los siguientes términos raciales: mediterráneo, alpino y nórdico. Según ellos los nórdicos se hallarían extendidos en la actualidad por el norte de Europa, especialmente entre los habitantes de las lenguas germánicas y se caracterizarían por ser individuos de gran estatura, rostro y cabeza alargados (dolicocéfalos), pelo rubio y ojos azules. La raza alpina predominaría en Europa central y estaría caracterizada por una baja estatura y una cabeza relativamente redonda (braquicéfalos). La raza mediterránea sería común en el sur de Europa y puntualmente en partes del norte de África. Esta se caracterizaría por tener cabellos oscuros y la tez morena, que según algunos teóricos se debería a su mezcla racial con pueblos africanos.

            Gran parte de estas hipótesis surgieron al analizar textos de la antigüedad resucitados por Herder como La Germania del historiador alemán Tácito. Una obra escrita en el siglo I a.C en la que se describe a las tribus alemanas de la siguiente manera.

“Por mi parte, estoy de acuerdo con quienes piensan que las tribus de Germania están libres de toda contaminación de matrimonios mixtos con naciones extranjeras y que aparecen como una raza distinta, no mezclada, como ninguna otra. Por lo tanto, también se ven las mismas peculiaridades físicas en toda la población. Todos tienen intensos ojos azules, cabello rojo, enorme corpulencia, apta solo para ocasionales esfuerzos. Ellos son incapaces de realizar un trabajo difícil. Ellos no pueden reprimir sus impulsos ni el frío y el hambre del clima de su tierra”.[1]

El emperador romano Julio César se referirá a estos pueblos como hombres de cuerpo robusto, bien conformado y mirífica córpora. Descripciones similares podemos encontrar en otros autores de la antigüedad como Estrabón, Amiano, Marcelino y Vitruvio. Apoyados en estos textos los teóricos del racismo pretendían demostrar la pureza y superioridad de la raza nórdica, asignándola las facultades de inteligencia, belleza y honradez frente a gentes de otras razas en distintas épocas y lugares.

No faltarán, en cambio, escritores en la antigüedad que, como el griego Diodoro de Sicilia o el hispano-musulmán Said Al-Andalusí, mostrarán prejuicios raciales contra las poblaciones nordeuropeas. Al fin y al cabo, en aquella época la civilización se encontraba a orillas del Mediterráneo.

“En la tierra de los que viven más al norte, entre el último de los siete climas y los límites del mundo habitado, la excesiva distancia del Sol respecto a la línea del cenit hace que el aire sea frío y la atmósfera densa. Por consiguiente, el temperamento de esas gentes es frígido; su humor, desapacible; su vientre, grueso; su color, pálido; su cabello, largo y lacio. Idéntica razón hace que no tengan ni agudeza de entendimiento ni claridad de inteligencia, y que les domine la ignorancia y el embotamiento, el poco discernimiento y la estupidez. Así son los eslavos, los búlgaros y sus vecinos”. [2]

            Uno de los autores que ayudará a crear el mito de rubio-ario y que tendrá una gran influencia sobre Gobineau fue el orientalista noruego Christian Lassen (1800-1876) quien en 1858 publica un trabajo sobre la herencia aria en la India en el que vincula la teoría racial con la tesis arianista. Para Lassen los arios representaban todas las virtudes de la Europa preburguesa. Posesían gran belleza física y coraje, gran sentido del honor personal (arya significaba “hombre de honor” en sánscrito) y expresaban su nobleza de espíritu y su vitalidad en una poesía épica que va desde Homero y el Beowulf hasta el Mahabharata. Estos hombres tendrían un gran talento intelectual, serían capaces de equilibrar la imaginación con la razón, a diferencia de los pueblos inferiores conquistados (como los dravidios de la antigua India y los semitas del Oriente Medio).

            El término “nórdico” fue propuesto como grupo racial por el antropólogo francés Joseph Deniker (1852-1918). Este autor escribe en 1900 el libro “Les races et peuples de la terre” (Las razas y pueblos de la tierra), donde identifica seis razas europeas principales, entre las que destaca la nórdica como superior, mientras que el resto serían razas secundarias.

            El sociólogo y economista estadounidense William Z. Ripley (1867-1941) emplearía el término “teutónico” para referirse a los nórdicos. En su obra “Las razas de Europa” (1900) realiza una clasificación de las razas del continente basándose en mediciones antropométricas, principalmente la estatura y el índice cefálico. Para reforzar su idea Ripley realizaría un mapa de Europa según el supuesto índice cefálico de sus habitantes, mapa que luego se ha demostrado que no tiene ningún tipo de consistencia científica.

De norte a sur, Ripley hablará de tres tipos de razas. La raza teutónica definida por una cabeza y cara larga (dolicoféfala), cabello muy claro, ojos azules, alta estatura, nariz angosta y parcialmente curva. La raza alpina que se distinguiría por una cabeza redonda (braquicéfala), cara ancha, cabello castaño claro, ojos cafés, complexión mediana robusta, variable pero generalmente ancha, nariz fuerte. Por último estaría la raza mediterránea caracterizada por una cabeza larga (dolicocéfala), cara larga, cabello castaño oscuro a negro, ojos oscuros, complexión de mediana a pequeña, nariz generalmente ancha. Entre estos tipos puros se realizarían numerosos cruces originando la gran diversidad de tipos que se dan en Europa.

Otro término que se empleó para designar a los nórdicos fue el de celtogermanos acuñado por el racialista Houston S. Chamberlain. Esta designación agruparía a los alemanes, baltos, belgas, holandeses, ingleses, irlandeses, franceses, polacos, escandinaos, escoceses y galeses.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Tacitus. The Agrícola and Germania, A. J. Church and W. J. Brodribb, 2012
[2] Sà´id al-Andalusí, Tabaqàt al-umam, ed. L. Cheikho, Beirut 1912, p. 9; ed. Cairo, S.A., pp. 11-12; trad. francesa por R. Blachère, París 1935, pp. 37-38; Matveev Kubel, II, pp. 193-194. Opiniones parecidas sobre los pueblos norteños y meridionales se hallan en autores más antiguos, señaladamente en Mas´ùdi.
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