7.1. Arthur Gobineau ideólogo y fundador del racismo

            El aristócrata francés J. Arthur Gobineau tiene el triste honor de ser el que plantee de forma sistemática la doctrina de la discriminación racial. Para ello recurrirá a supuestos argumentos y pruebas de tipo histórico, antropológico, biológico y psicológico. A él se le reconoce en la actualidad la paternidad del pensamiento racista por la influencia que tuvo en autores posteriores, y porque reunió el conjunto de ideas que en su momento había de la raza (teoría biológica y tesis aria) en una ideología global y coherente. Posteriormente otros autores como George Vacher de Lapouge y Houston Stewart Chamberlain tomarán estas tesis para apoyar el movimiento racista en favor de la “superioridad del blanco caucasoide” frente a los “grupos de color”.

Una vida obsesionada por la decadencia de su raza

            Gobineau gustaba de presentarse como el último sobreviviente de una rancia familia noble normanda. Llegó a construir un árbol genealógico donde quería demostrar que los Gobineau eran descendientes directos de los conquistadores vikingos de Normandía, la misma gente que había engendrado a Guillermo el Conquistador. Su propia madre también afirmaba descender de un hijo ilegítimo de Luís XV.

            El padre de Arthur, Louis de Gobineau, había luchado lealmente en el bando realista durante la Revolución Francesa y había estado en prisión bajo Napoleón. Sin embargo, los Borbones, no reconocieron sus méritos ni le dieron una pensión. Esto le amargó profundamente, y obligado a sobrevivir como oficial militar con medio sueldo, legó su profunda amargura a Arthur: “Mi situación es la de un derrotado”, le escribió a su hijo adolescente, “Es mi humillación que los hombres vean que me arrebatan la espada por mi obediencia a mi príncipe”.

            Parece ser, en efecto, que un drama marcó sus orígenes. En ausencia de su padre, su madre había tenido una hija adultera, la cual fue criada junto al joven Arthur. Cuando descubrió este secreto, a la edad de trece años, una duda terrible se instaló en su alma: ¿era, él también, hijo de un desconocido? Normando y, como tal, heredero de los vikingos, Gobineau debía responder a esta cuestión y se inventó una genealogía legendaria, en la cual hacía remontar a sus ancestros hasta Ottar Jarl, un legendario pirata noruego.

En 1834 marcha a París, donde trata de vivir como escritor y periodista. Pero en 1848, con la caída de la monarquía, Alexis de Tocqueville, ministro de asuntos exteriores de Francia, le nombra su secretario particular y más tarde su jefe de gabinete. Diez años más tarde, también bajo la protección de Tocqueville, con quien mantendrá una correspondencia muy interesante, se iniciará en la carrera diplomática en Irán, Alemania y Brasil. Fruto de su trabajo y sus numerosos viajes, Gobineau hace amistad con diversos personajes de la vida política y social de su época como Mérimée, Prokesch, la princesa Matilde, Richard Wagner y don Pedro II emperador del Brasil.

Además de su actividad política cultivó otros campos como la literatura y la filosofía. Su línea de pensamiento antisemita constituirá la base del movimiento nazi. Escribió numerosos libros de historia entre los que destacan Las religiones y filosofías del Asia central (1865), Historia de los persas (1869), La abadía de Tifaines (1867), Ternova (1868), Recuerdos de viajes (1872), Las pléyades (1874), La Reconquista española (1877), El Renacimiento italiano (1877), Historia de Ottar Jarl (1879), Amadís (1887), sin olvidar el pintoresco Tratado sobre las tablas cuneiformes (1864) ni las Noticias asiáticas (1876).

Entre 1853 y 1855 escribe “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas”, una obra dedicada a Jorge V rey de Hannover, en la que planteará todo el edificio ideológico racista, basado en la superioridad de la raza aria. Gobineau afirma en dicho texto que la raza de los germanos que habita Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Alemania, es la única raza pura de todas las que proceden de la mítica raza superior aria, ya que el resto se habrían mezclado con las razas negra y amarilla.

El ensayo aparece cinco años después de la abolición de la esclavitud en las colonias de Francia (1848). Este hecho junto a la revolución parisiense de febrero de 1848 fueron los detonantes que le impulsaron a escribir su obra. Para Gobineau esta pérdida de poder sería consecuencia de que la nación francesa estaría sufriendo un envejecimiento racial al contacto con “elementos raciales impuros”. Así, en la dedicatoria al Rey de Hannover, dice:

“Los graves acontecimientos, -revoluciones, guerras, trastornos jurídicos- que, desde largo tiempo han agitado a los Estados europeos, inclinan fácilmente la imaginación hacia el examen de los hechos políticos. Mientras el vulgo no considera sino los resultados inmediatos de todo ello y sólo admira o reprueba los chispazos con que son heridos los intereses, los más graves pensadores tratan de descubrir las causas ocultas, de tan terribles conmociones y buscan la clave del enigma que tan hondamente turba a las naciones y a los espíritus.

…de inducciones en inducciones, tuve que penetrarme de esta evidencia: que la cuestión étnica domina todos los demás problemas de la Historia, constituye la clave de ellos, y que la desigualdad de las razas cuyo concurso forma una nación, basta para explicar todo el encadenamiento de los destinos de los pueblos”. A. Gobineau

En 1853 la idea de “raza” era relativamente nueva. Hasta entonces el término era sinónimo de “linaje” o conjunto de personas que descienden de un individuo, como cuando en la Biblia se habla de “la raza de Abraham”. En este sentido su significado provenía del italiano “generaztione”. La otra acepción del término venía del concepto francés de noblesse de race, que venía a significar la idea de que la nobleza auténtica (a diferencia de la nobleza adquirida por función o compra) se basaba en la transmisión a través de generaciones, de ciertas virtudes aristocráticas, tales como el sentido del honor. Solo con los estudios de Buffón y Blumenbach se empezó a hablar de una división de la humanidad en razas. La antropología se encargó de decidir, en base a las diferencias fisiológicas, si las razas eran especies diferenciadas, o más bien meras variaciones sobre el mismo tipo humano.

Por otra parte aparecen las teorías lingüistico-históricas que formulaban la hipótesis indoeuropea. Autores como Gustav Klemm, Gustav Carus y Christian Lassen exponen un desarrollo histórico basada en el concepto del pueblo ario como constructor de la civilización.

Pues bien la pretensión de Gobineau es fusionar las dos tendencias. Por una parte la historia natural con su teoría de la raza y la historia humana con la teoría aria. En este sentido existe un paralelismo entre Gobineau y Karl Marx, para quien la historia además de analizar los acontecimientos debía de ser una ciencia con poder de predicción.

El ensayo sobre las desigualdades de las razas

            El libro está dividido en seis capítulos y una conclusión final en la que se expone una historia de las civilizaciones desde el punto de vista de las razas. Gobineau parte de una constatación que el considera fundamental y es el hecho de que las civilizaciones, al igual que los organismos vivos, terminan muriendo. Por ello se plantea al inicio del ensayo: ¿cuál es la razón que lleva a la decadencia y muerte de las civilizaciones?

            En el primer capítulo, titulado “La condición mortal de las civilizaciones y de las sociedades resulta de una causa general común”, analiza las cuestiones generales de lo que será su “teoría de la raza”: la causa de la muerte de las civilizaciones, el factor racial en las luchas sociales, las diferencias étnicas de la especie humana, la división de la humanidad en razas, sus características y el origen de la desigualdad entre ellas, la superioridad de la raza blanca y el efecto “degenerador” de las mezclas (“melangues”) entre razas.

            Los cuatro capítulos siguientes los dedica a analizar las civilizaciones antiguas del Asia y las semíticas que influyeron en las civilizaciones griega y romana.

            El sexto capítulo lleva por título “La civilización occidental” y está dedicado exclusivamente al pueblo germano, a su influencia en la construcción de la civilización occidental, y a las gestas que realizaron a lo largo de la historia.

            El planteamiento que Gobineau va a ofrecer en su obra se resume en tres tesis fundamentales:

  • Existen razas superiores, dominantes, que no son sino ramas de una misma familia; la aria, y que han dado vida a las formas culturales más brillantes y a las naciones más poderosas a lo largo de la historia.
  • La decadencia de las naciones y las culturas se produce por degeneración biológica de las razas debida al mestizaje.
  • La historia no es otra cosa que el campo de batalla donde se libra una feroz lucha entre razas.

Veamos cada una de ellas con detenimiento:

Superioridad de la raza aria y su papel dominante sobre el resto de las razas humanas.

El ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas es una obra escrita en varios volúmenes en la que se mezclan constataciones antropológicas con atrevidos ensayos. Fiel a la división más común en su época, considera a la humanidad dividida en tres grandes razas: “la brutal, sensual y cobarde raza de los negros”; “la débil, mediocre y materialista raza de los amarillos” y, por último, la “raza blanca, inteligente, enérgica y llena de coraje”. De todas ellas, la raza negra estaría en lo más bajo de la escala: “No saldrá jamás del círculo intelectual más restringido”. La raza amarilla, se caracterizaría por tener deseos débiles y por presentar en todas las cosas, una tendencia a la mediocridad. El carácter amarillo se basaría en la razón práctica. En cuanto a la raza blanca esta poseería los más nobles instintos, una gran sensibilidad y una aguda inteligencia. Tendría además el monopolio de la belleza y sería la única raza que conocería el honor. Por ello la raza blanca debía de imponerse sobre las demás “razas subordinadas” para acentuar su papel de “fundadora de la civilización”.

En contra de la doctrina del Cristianismo, Gobineau asegura que cada una de las tres grandes razas representa un ensayo especial de Dios en la producción del ser humano: Dios habría comenzado creando al negro, luego seguiría con el amarillo, y por último habría formado al “blanco”, este último a su propia imagen y semejanza. No existiría entre estas tres grandes unidades raciales ningún parentesco interno, pues tienen diversas procedencias, y entre ellas la raza blanca sería la mejor, pues ha superado en creces a las otras dos. La blanca sería la raza noble en el mejor sentido, pues aparte de su belleza física, posee también las cualidades psíquicas y espirituales más destacadas, sobre todo la profundidad espiritual, la capacidad de organización y muy especialmente el impulso interior del conquistador, que falta enteramente al negro o al amarillo, y que es lo único que da al ario la fuerza para actuar en la historia como fundador de grandes estados y civilizaciones.

Para Gobineau existen dos factores de superioridad en los grupos humanos: la naturaleza de la raza y la mezcla entre ellas. En la historia se han dado razas superiores y razas inferiores, tal y como pretendían demostrar los estudios antropológicos y etnológicos de la época. Estas razas superiores habrían sabido crear grandes civilizaciones, y no sólo una, sino varias veces. Otras razas solo de vez en cuando alcanzaron un alto grado de cultura, mientras que otras jamás, en su larga existencia sobre la tierra, han llegado a destacar. Por lo tanto, en opinión de Gobineau, la superioridad de una raza podía medirse por su capacidad para crear una civilización compleja.

El concepto de civilización en Gobineau tenía un carácter orgánico, que se transmitía por generación de un individuo a otro. Por ello, para que existiese la civilización, tenían que estar presentes aquellos individuos que la llevan en la sangre. Gobineau asegura que ni el clima, ni el gobierno, ni las costumbres, ni la religión bastan para elevar una civilización: mientras no haya el elemento indogermánico, un pueblo no se elevará. Para demostrar que las tendencias civilizadoras eran independientes del clima Gobineau pone el ejemplo de Egipto y Mesopotamia que se encuentran en climas áridos y desérticos, y de Armenia, ubicada en una zona pobre y montañosa del Cáucaso. Todas ellas fueron culturas capaces de formar grandes reinos e imperios.

Gobineau, como buen conocedor de la historia, será el primero en desglosar a la humanidad en grandes “bloques de culturas”. Para él, únicamente había habido diez grandes civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad, y éstas eran: India, Egipto, Asiria, Grecia, China, Roma, las “razas germánicas”, los constructores de túmulos de América del Norte, Méjico y Perú. Causa bastante perplejidad la inclusión en esta lista de las “razas germánicas”, pero en realidad este era el punto central de la argumentación racista de Gobineau; para él, los germánicos representaban la civilización moderna. Gobineau sostenía que las razas germánicas eran una rama de la raza aria, y que esta había dado origen a seis de las siete grandes civilizaciones del Viejo Mundo (todas menos la asiria). Autores posteriores, como V. Gwin Jones, en su obra El Primer Descubrimiento de América, llegarían a afirmar en una sorprendente pirueta especulativa, que incluso las civilizaciones del Nuevo Mundo también se debieron a la sangre aria, llevada a ese continente por el desembarco de Eric el Rojo en las costas de norteamérica.

El concepto de “civilización” se creó simultáneamente con el de “raza”, por lo que han estado asociados durante mucho tiempo. Hablar de pueblos civilizados era hablar de razas superiores, y por el contrario, hablar de pueblos incivilizados era hablar de razas primitivas e inferiores.

Para Gobineau, la civilización de los judíos sería un híbrido entre la civilización mesopotámica y la egipcia, y por tanto no representaría en si misma un mérito innato. A pesar de eso, Gobineau no era totalmente desfavorable a los judíos y llegó a afirmar de ellos que “era un pueblo capaz de todo lo que emprendía, un pueblo libre, fuerte, un pueblo inteligente”. En cambio, otros pueblos como el negro, sí que estarían en un nivel muy inferior al resto. Así, decía que “los europeos no pueden esperar civilizar a los negros”.

“He observado ya que, de todos los grupos humanos, los que pertenecen a las naciones europeas y a su descendencia son los más bellos. (…) ¿Poseen todos los hombres, en idéntico grado, el poder ilimitado de progresar intelectualmente? Dicho en otras palabras, ¿poseen las diferentes razas humanas la facultad de igualarse unas a otras? (…) Sobre ambos puntos contesto negativamente. (…) La variedad melania es la más humilde y yace en lo más bajo de la escala. El carácter de animalidad impreso en la forma de su pelvis le impone su destino a partir del momento de la concepción. (…) Lo que desea es comer, comer con exceso, con furor; no hay repugnante carroña indigna de ser engullida por él.”[1]

Gobineau no cree en la persona, como no cree en el hombre ideal. Para él el ser humano es solamente la expresión de la raza a que pertenece; pues “la voz de la sangre es voz del destino a que ningún pueblo puede sustraerse”. La fuerza motriz de toda cultura es la raza, y ante todo la raza aria que, aún en las condiciones externas más desfavorables es capaz de producir algo grande, siempre que evite la mezcla con elementos raciales inferiores.

Gobineau desarrolló estas ideas dando mayor énfasis a la permanencia de la forma física y funciones mentales de todas las razas. Sus puntos de vista esenciales aparecen en las siguientes aseveraciones:

  1. Las tribus salvajes actuales siempre han estado en esta condición primitiva y no importa cuáles han sido las formas culturales con las que hayan tenido contacto pues siempre permanecerán en esta condición.
  2. Las tribus salvajes pueden continuar existiendo en un estado de vida civilizada únicamente si el pueblo que creó este modo de vida es una rama más noble de la misma raza.
  3. Las mismas condiciones son necesarias cuando dos civilizaciones ejercen fuerte influencia una sobre la otra, se copian recíprocamente y crean una nueva civilización compuesta con los elementos de cada una; dos civilizaciones nunca pueden mezclarse
  4. Las civilizaciones originadas en razas completamente extrañas las unas a las otras solamente pueden establecer contactos superficiales, nunca pueden interpenetrarse y siempre serán mutuamente excluyentes”.

Es de destacar la importancia que Gobineau dará a los “héroes”, a quienes considerará “seres sobrehumanos” responsables de los grandes adelantos en las civilizaciones. A su vez admitirá la existencia de estirpes “extraordinarias y deficientes”. Razas excelentes, preparadas para mandar, y castas inferiores, sólo aptas para recibir órdenes.

Aquí Gobineau encuentra su inspiración en la obra del ilustrado escocés Thomas Carlyle (1795-1881) para quien la historia era el resultado de la acción de personalidades superiores. Los héroes serían hombres elegidos para dar forma a las sociedades y la historia mediante su pensar y actuar. Para Carlyle, los héroes son los auténticos artífices del avance de la civilización.

“Es imposible reflexionar en este momento sobre tan importante y extenso tema con el detenimiento que merece, por ser ilimitado y tan amplio como la Historia Universal. Ésta, el relato de lo que ha hecho el hombre en el mundo, es en el fondo la Historia de los Grandes Hombres que aquí trabajaron. Fueron los jefes de los hombres; los forjadores, los moldes y, en un amplio sentido, los creadores de cuanto ha ejecutado o logrado la humanidad. Todo lo que vemos en la tierra es resultado material, realización práctica, encarnación de Pensamientos surgidos en los Grandes Hombres. El alma universal puede ser considerada su historia. Evidentemente, es una materia que supera nuestra potencia de juicio”.[2]

Esta visión distorsionada de los héroes y de la historia de las civilizaciones influirá en historiadores posteriores. Emmanuel Radl (1873-1941) afirmará en 1931, que estaba demostrado que los “dolicocéfalos de cabello rubio” habían constituido la clase dirigente de las grandes civilizaciones de la antigüedad, incluyendo Egipto, Caldea, Asiria, Persia, India, Grecia, Roma y probablemente… China. Otro alemán, Ludwig Woltmann (1871-1907), creará una visión de la historia de la humanidad basada en una lectura evolutiva de las relaciones sociales. Este antropólogo, político, marxista revisionista y de filósofía kantiana, procuró aportar pruebas históricas de lo que Gobineau sostenía sobre el origen y el carácter de las culturas extranjeras. Para apoyar sus tesis, Woltmann intentó demostrar que todos los genios creativos de la historia europea eran, en realidad, de origen alemán y de raza aria. Después de reunir una gran cantidad de material, publica en 1905 el libro “Los alemanes y el Renacimiento en Italia”, donde pretendía concluir que todas las personalidades destacadas de la historia cultural de Francia e Italia habían sido de procedencia germánica. Para llegar a este resultado examinó algunos centenares de retratos de personalidades del período del Renacimiento, de acuerdo con sus caracteres raciales germánicos, para concluir que la mayoría de ellos tenían el cabello rubio y los ojos azules. Decía, por ejemplo, que el nombre original de Giotto era Jothe, que el de Leonardo da Vinci era Wincke, Buonarrotti era Bohurodt, Murillo era Moerl, y el muy sevillano Velázquez… ¡ni más ni menos que Valiese! Fairfield Osborne, presidente del Museo Americano de Historia Natural, apoyará estas ideas incluyendo a Cristóbal Colón, quien a su criterio era claramente de origen nórdico, con solo ver su retrato…

En realidad, en la larga galería de retratos que cita Woltmann para sostener su tesis, apenas hay un tipo que pueda pasar por representante legítimo de la raza germánica. En cada uno de ellos están más o menos marcados los caracteres innegables del mestizaje. Si algo se pudiera deducir de las investigaciones de Woltmann es que la pureza de raza debilita paulatinamente la fuerza espiritual y lleva a la decadencia, mientras que el cruce de razas inyecta nuevas energías vitales en la capacidad cultural. En este sentido Max van Gruber dijo no sin razón:

“Y cuando examinamos las características físicas de nuestros más grandes hombres en cuanto a su pertenencia racial, encontramos; es verdad, en muchos, caracteres nórdicos; pero en casi ninguno exclusivamente nórdicos. La primera ojeada muestra al entendido que ni Federico el Grande, ni el barón Von Stein, ni Bismarck fueron nórdicos puros; de Lutero, Melanchton, Leibnitz, Kant, Schopenhauer puede decirse lo mismo, e igualmente de Liebig, Julius Robert Mayer y Helmholtz, de Goerhe, Schiller y Grillpatzer, de Durero, Menzel y Feuerbach y también, por cierto de los más grandes genios de la más alemana de todas las artes, la música de Bach y Gluck y Hyden hasta Brukner. Todos eran mestizos; lo mismo se puede asegurar de los grandes italianos. Miguel Angel y Galileo no eran seguramente, si lo eran algo, nórdicos puros. A las cualidades de los nórdicos han tenido que agregarse al parecer ingredientes de otras razas para producir la felíz composición de cualidades”.[3]

            Ludwing Woltmann será uno de los principales portavoces de las ideas de Gobineau fundando en 1902 una revista en la que se hacía campaña para impedir el deterioro de la raza nórdica y mantener su supremacía. También difundió las ideas eugenistas de la selección artificial controlada por el Estado, como único medio de evitar la decadencia y la degeneración que estaba sufriendo Occidente. Entre esta degeneración incluía a los judíos, como principales degenerados de Europa, pues es su opinión eran demasiado propensos a confrater enfermedades como la histeria, los trastornos nerviosos y la sífilis.

En algunos puntos Gobineau tiene algunos puntos de vista pintorescos, así por ejemplo, considerando al arte como una manifestación trascendental de la vida, no lo cree un producto genuino de la raza indogermánica. Por el contrario, asegura que los pueblos son más artistas cuanto más mezclados están con “sangre negra”. Para justificar esta teoría hace una escala de pueblos artistas que, comenzando en los asirios y en los egipcios, pasa por los griegos, los italianos, los españoles y los franceses.

Como francés y aristócrata que era, Gobineau afirmaba que los galos eran superiores a los francos por compartir con sajones y teutones un mismo origen ario. Decía haber encontrado “evidencias” de su teoría, afirmando que en todos los lugares donde se habían establecido los indoeuropeos había florecido la civilización. Olvidaba Gobineau que las migraciones y las transmigraciones continentales, han sido la base de la construcción de las grandes civilizaciones, y que ninguna civilización, desde tiempos inmemoriales, ha sido original de ese lugar. La investigación histórica, la arqueología y la antropología reconocen en la actualidad que el hombre se ha trasladado de un lado a otro, y que todos somos partícipes cultural y biológicamente, de eso que llamamos la “especie humana”.

La decadencia es producida por la degeneración biológica de la raza, fruto del mestizaje.

            “La especie blanca desaparecerá de la faz de la Tierra”. A. Gobineau

El edificio racista creado por Gobineau da una gran importancia a la pureza de sangre. En su opinión, la raza aria es la raza “pur sang” de la humanidad, la mejor preparada para la lucha por la existencia, la más bella, la más enérgica y la que mayor genio creador encierra. Pero afirma el autor francés, que la raza aria desde hace unos dos mil años no existe en estado puro, debido a la bastardización que ha sufrido por la mezcla con las razas no arias. De esta manera Gobineau afirma que la humanidad está condenada a una gradual decadencia hasta el día en que se extinga total y definitivamente por el agotamiento de la sangre aria, ya que según el autor del Ensayo, sólo en las naciones con suficiente porcentaje de sangre aria, puede llegar a florecer la civilización. En este sentido es clarificadora la frase con la que comienza su obra:

“La decadencia de las civilizaciones es el más claro y al mismo tiempo el más oscuro de todos los fenómenos de la historia. Asustando al espíritu, esta desgracia esconde en sí algo de grandioso y de misterioso, que el pensador no puede dejar de considerar, de estudiar, al profundizar en su secreto”.[4]

Para Gobineau la decadencia se presenta como una ley inexorable que mueve y explica la historia. Sin que el darwinismo ni ningun evolucionista le influyera, este historiador se sintió orgulloso de haber introducido la Historia humana en la familia de las ciencias naturales, al haber detectado la ley natural que rige los acontecimientos, los fenómenos espirituales y culturales de los pueblos. Algo “que por virtud de una ciencia exacta, nuestros ojos pueden ver, nuestros oídos pueden oír, nuestras manos pueden tocar”. Por ello predice la definitiva desaparición del hombre, o según sus palabras, de la raza humana de la faz de la Tierra.

“Puede sentirse la tentación de asignar una duración total de doce a catorce mil años a la dominación humana sobre la Tierra, era que está dividida en dos períodos: el primero ya ha pasado y poseía la juventud…; el segundo ha comenzado y será testigo del curso decadente hacia la decrepitud”.[5]

            En el libro, La idea de decadencia en la historia occidental (1997) el historiador Arthur Herman cuenta como Gobineau realiza una interpretación racial de la historia de la formación de Europa. Según este, las invasiones arias germánicas que pusieron el punto final al decadente Imperio Romano, supusieron la inyección de sangre aria en la Europa de la Edad Media. Estos guerreros germánicos – que Gobineau describe como “rubios” y de “hombros anchos”, “formados en la esencia de una religión pura y severa, una política sabia y una historia gloriosa” – preservaron por un tiempo la vitalidad de los arios originales. Pero luego, la Iglesia Católica inculcaría a esta nobleza feudal, racialmente intacta, la “tolerancia” y las “razones para la sociabilidad”. Esa sociabilidad (“cortesía” en tiempos ilustrados y “solidaridad” en los actuales) sería su perdición. Los conquistadores, en vez de someter a esas poblaciones de siervos, aprendieron a casarse con ellos. Con el tiempo los germanos, los latinos y los galos se mezclaron, y la élite dominante de Europa se hundió en el inevitable ciclo de corrupción racial y decadencia. El resto de la historia europea se convertiría en una lucha entre los restos de la aristocracia ariogermánica y el orden burgués ascendente. La Revolución Francesa marcará el final de esta lucha y las exigencias de libertad e igualdad supondrán la condena del espíritu ario y por ello de la civilización occidental.

Para Gobineau, cuanto más conseguía una raza distinguirse de las demás, tanto más elevado era su progreso y civilización. Pero una vez liberada esta de la presión de la conquista, la raza triunfadora se mezclaba de nuevo con razas extrañas, iniciándose así su inevitable decadencia.

A los ojos de Gobineau, el declive de la humanidad ya ha comenzado: “sería ilusorio esperar liberarnos de la “democracia universal” que iguala a todos tomando la base como modelo”. De ahí esta conclusión pesimista:

“La misma religión nos ha prometido la eternidad; pero la ciencia, demostrando que tenemos un comienzo, también nos asegura por pasiva que tendremos un final. No hablamos de una confirmación, de un hecho que no puede ponerse en duda. La previsión entristecedora no es la muerte, sino la certidumbre de no llegar al fin, de no terminar más que degradados; y si esta suerte reservada a nuestros descendientes nos deja insensibles, no hace falta más confirmación de que las manos rapaces del destino se han posado sobre nosotros”.[6]

            Gobineau profetiza que “la especie blanca desaparecerá de la faz de la tierra”. Otras, como la amarilla, parda o roja, la reemplazarán borrando su recuerdo para siempre. Los seres humanos “no habrán desaparecido pero habrán denegerado por completo… privados de fuerza, belleza e inteligencia”. Augura también que “las naciones, o mejor, los rebaños humanos vivirán en adelante entumecidos en unidad, como los búfalos rumiantes en los charcos de las marismas pónticas”… “Tal vez ese temor, reservado para nuestros descendientes, nos dejaría fríos si no sintiéramos, con secreto horror, que las manos del destino ya están sobre nosotros”.

            Lo que en realidad Gobineau estaba reflejando en su obra no era otra cosa que la decadencia de su casta nobiliaria, que en la Francia de entonces estaba perdiendo fuerza e influencia. De esta manera identificará la decadencia de casta con la que sufre su propio país, después con la de la civilización occidental y más tarde, con la de toda la Humanidad. Su finalidad fue por tanto preservar una élite que sustituyera a los príncipes en la política. Esta “raza de príncipes arios”, auténticos “hijos supervivientes de los merovingios” podrían correr el peligro de ser avasallados por las clases inferiores no arias a través de la democracia.

            Para Gobineau la Revolución Francesa no era otra cosa que la sublevación de la mezcla racial celtorromana que había vivido siempre en dependencia espiritual y económica, contra la casta dominadora franconormanda. Es en esta raza donde sitúa Gobineau a los descendientes de aquellos conquistadores nórdicos que habían invadido un día el país sometiendo a su dominio a la población celtorromana. Una raza de ojos claros, de cabello rubio y de alta talla, que, en opinión de Gobineau, constituía la encarnación de toda perfección espiritual y física, y cuya inteligencia sobresaliente y su gran fuerza de voluntad les habían permitido realizar el papel que la historia les habría reservado. Como ya hemos comentado anteriormente esta idea ya la había propuesto hacía casi dos siglos Henri de Boulainvilliers, en esa ocasión para justificar los privilegios especiales de la nobleza francesa.

            Respecto a la civilización germánica, también afirmará Gobineau que se encuentra en decadencia debido a la influencia romana. En su opinión cuando las naciones europeas pierdan por completo su predominio germánico y se romanicen, les llegará la decadencia. Para Gobineau su tiempo se caracterizaba justamente por esa lucha entre el mundo ario y la confusión romana. Si esta llegaba sería la ruina del baluarte germánico y el caos étnico.    

            Otro concepto clave en el pensamiento del conde de Gobineau es el de degeneración. Un término que es continuador de una profunda tradición pesimista respecto a la condición humana y que se remonta a las teologías protestantes de Lutero y Calvino. Describía Gobineau esta decadencia como la ruina tras un naufragio:

“Ya no hay clases, ya no hay pueblos, sólo individuos que flotan en la corriente como restos de un naufragio”. A. Gobineau.

A su parecer no es el fanatismo, el lujo, las malas costumbres o la irreligión, ni los malos gobiernos, ni las derrotas o las catástrofes naturales, lo que inexorablemente determina el ocaso de las sociedades y la desaparición de los pueblos que fueron nobles artífices de hechos históricos. Es la mezcla de sangres la causa que origina el descenso miserable de los hombres y la decadencia y ruina de las civilizaciones.

 “…las naciones perecen cuando se componen de elementos degenerados […]. Pienso que la palabra degenerado, cuando se aplica a un pueblo, debe significar y significa que este pueblo no posee ya el valor intrínseco que antiguamente poseía, porque no circula ya por sus venas la misma sangre, gradualmente depauperada con las sucesivas aleaciones.

O sea, que no ha conservado la misma raza que sus fundadores; que el hombre de la decadencia, el que llamamos “degenerado”, es un producto diferente desde el punto de vista étnico, del héroe de las grandes épocas”.[7]

            En su obra subrayaba el potencial de degeneración al que estaban expuestas las razas humanas, tras fusionarse con grupos raciales indeseados. Las diferencias entre el hombre caucásico, el hombre amarillo, el hombre negroide… eran en opinión de Gobineau un claro exponente de la desigualdad de las razas, no solo física, sino espiritual. Por este motivo, Arthur de Gobineau sostuvo categóricamente que:

           “… debe conservarse esa sangre pura, libre de toda contaminación por el contacto con castas inferiores, pues d elo contrario, la raza corre el peligro de degenerar y de perder su supremacía […]

La raza blanca tenía originariamente el monopolio de la belleza, la inteligencia y la fuerza. Por su unión con otras variedades han surgido híbridos que o bien son bellos, pero carecen de fuerza, o son fuertes y no poseen inteligencia, o bien si son inteligentes, son débiles y feos”.[8]

Para este diplomático francés, el ascenso y la decadencia de las sociedades se debe al factor racial, de modo que un pueblo decae cuando su raza se mezcla con otra. Gobineau considera más importante la pureza racial como factor de superioridad. Para él una raza pura es inmortal, aunque si, además esa raza es una de las superiores, su potencialidad es indefinida. Las razas superiores son capaces de progreso, pero su capacidad de avance depende de su pureza. La razón de la desigualdad de las razas se debe a que las existentes, según él, proceden de troncos diversos: blanca, amarilla y negra. La más perfecta es la blanca y, dentro de ella, la subraza aria. Los blancos habrían creado seis civilizaciones importantes y, mezclados con otras razas, formaron otras cuatro más. Pero al perder la pureza de sangre, estas civilizaciones se habrían ido corrompiendo y desapareciendo.

            En opinión de Gobineau la democracia es perjudicial para la pureza de la sangre ya que, al igualar a los hombres, acelera el proceso de degeneración y descomposición de una civilización. El darwinismo social apoyaría estas ideas racistas dando unas supuestas bases científicas que justificarían las desigualdades raciales y que explicarían la superioridad de unos grupos sobre otros.

               “La historia nos enseña que toda civilización dimana de la raza blanca, que ninguna de las demás puede existir sin la cooperación de esta raza y que una sociedad será grande y brillante sólo en la proporción en que sabrá conservar por un período prolongado al grupo noble que la creó.”[9]

Atribuye este autor a la “mezcla de razas” los cambios en la historia, las revoluciones, el desarrollo social. Por ello dirá que la democracia es un producto degenerado de esa mezcla lamentando la importancia que esta estaba teniendo en la Europa de su tiempo:

“La falta de homogeneidad de la sangre crea discrepancias en las concepciones; a consecuencia de la mezcla de razas, se produce la degeneración, la confusión, el estancamiento morboso”. “Se manifiesta el espíritu de frivolidad, el mezquino carácter voluble”. [10]

Para evitar la depravación biológica Gobineau justificará la imposición de regímenes dictatoriales. Y es que la exaltación de los valores arios llevó a Gobineau a considerar a la raza germánica como grupo anatómico especial, y por ello proponer que los hombres de linaje ario estaban en la antípoda de cualquier otro grupo humano.

El racismo era en Gobineau la base fundamental de su filosofía política, y la biología su gran arma antidemocrática. Es por ello que con Gobineau reaparecieran en el centro de la vida social los héroes y las razas heróicas, convertidos por obra de su pluma en salvadores públicos.

En lo que se refiere al concepto de Patria, Gobineau lo detesta. En este punto se distancia considerablemente de todos los racistas posteriores quienes la defendieron de una u otra forma por considerarla la cuna de la raza. Para Gobineau la patria es una monstruosidad cananita, que la raza aria había recibido, contra su voluntad, de los semitas. Mientras que el helenismo era ario, la idea de patria fue totalmente extraña a los griegos. Pero cuando prosperó la mezcla de sangre con los semitas, la monarquía tuvo que ceder el puesto a la república. Para Gobineau la nación ideal es aquella que se compone solo y exclusivamente por elementos de una raza pura sin mezclar.

Gobineau era enemigo de los derechos humanos y de la igualdad del género humano que propone el cristianismo católico. En su opinión la revolución no era sino una profanación del orden establecido por Dios. Toda su ideología racial era sólo el resultado de un profundo deseo: infundir a los hombres la fe en la inmutabilidad de la desigualdad social. Si Malthus afirmó que la mesa de la vida no se servía para el superfluo, quiso Gobineau probar al mundo que la servidumbre de las grandes masas era fatal y que es ley de la naturaleza el desprenderse de ellos. La fe en la igualdad es simplemente el resultado del instinto de la mezcla racial inferior que empieza a actuar en la sangre de la casta dirigente. Gobineau denuncia que esta fe no era más que una ilusión y que lo único a lo que conducía era a la descomposición completa de todo orden social.

Acusará al cristianismo de la bancarrota que sufría Occidente, ya que en vez de valorar la fuerza, el valor y el autosacrificio, como los antiguos, la moral cristiana “ha declarado expresamente su preferencia por los débiles y los ruines por encima de los fuertes”. Este hecho habría permitido que cierta flaqueza de espíritu penetrara la corriente cultural Europa, dejando una estela de mediocridad. Por ello dira que “el hombre no desciende el mono, va hacia él”.

Gobineau relacionará, de una manera muy forzada, la palabra ario con la griega aristos (el mejor) como origen de la palabra aristocracia. En su opinión desde las civilizaciones helénicas, tronco de la cultura occidental, parece claro que había una raza superior a las demás, y que esta raza estaba destinada a ser portaestandarte de las formas más avanzadas de civilización, y en definitiva, destinada a dominar el mundo. Los arios son altos, fuertes, rubios, de ojos azules y braquicéfalos: sus características serían su capacidad para la abstracción, el orden mental, la curiosidad por conocer los motivos de las cosas, la iniciativa y el sentido de lo práctico. Existirían otras subrazas blancas, también capaces de grandes realizaciones, como las mediterráneas o las eslavas, pero las sucesivas mezclas que han sufrido con el tiempo, les han ido restando operatividad histórica. Así, los griegos, paradigma de la época clásica de la equilibrada e inteligente razón aria, habrían ido decayendo por la inmigración de otros pueblos del Mediterráneo oriental (finalmente por la invasión turca) que los han hecho degenerar. Un proceso similar les habría sucedido a los españoles a quienes las invasiones magrevíes los habrían hecho perder su pureza original.

También, por parecidas razones, los italianos del norte serían más activos, más capaces del logro práctico e inteligente, de la organización útil, que los italianos del sur. En definitiva, la raza blanca sería por naturaleza, que no por razón del decurso histórico de una cultura adquirida, superior a las demás etnias del mundo; y, dentro de la raza blanca, la más pura, la aria, que tendría una evidente superioridad sobre las demás.

“La raza amarilla carece de imaginación. La raza negra de inteligencia y la raza aria posee el amor a la libertad, el honor y cultiva la espiritualidad”.[11]

Según eso, no es difícil imaginar lo que Gobineau piensa de las colonizaciones europeas en América en general y de los pueblos hispanoportugueses en particular. Para él son estados corrompidos y agonizantes. “Los gobiernos de la América del Sur no son sino comparables con el Imperio de Haití”. Respecto a los colonos de Sudamérica, en ellos tan solo verá un miserable pueblo “medio blanco, militar por acaso y mulato medio indígena” que vaga por las selvas en busca de oro.

No mantendrá una opinión favorable tampoco respecto a las corrientes de inmigración del siglo XIX en dirección a América.

“Ni un solo elemento fecundo puede sacarse de ahí, y aun cuando los productos resultantes fueran combinaciones entre alemanes, irlandeses, italianos, franceses y anglo-sajones vayan por añadidura a reunirse y a amalgamarse en el Sur del continente con la sangre compuesta de esencia india, negra española y portuguesa que allí radica, no hay manera de imaginarse que de tan horrible confusión pueda resultar algo que no sea la yuxtaposición incoherente de los seres más degradados”.[12]

La historia no es sino el campo de batalla donde se libran las luchas entre razas.

            El comportamiento de los hombres, según Gobineau, queda completamente determinado por la raza a la que pertenece, esencia que se transmite por la sangre. Para cambiar este destino, la voluntad individuo no puede hacer nada al respecto. El individuo cree que actúa él cuando, en realidad, es sobre él que actúan fuerzas que lo rebasan.

            “Imaginemos al más poderoso de los hombres, al más esclarecido, al más enérgico: el alcance de su brazo sigue siendo poca cosa. (…) A los ojos de sus contemporáneos es mucho; pero, para la historia, lo más frecuente es que no sea más que de efectos imperceptibles”.[13]

Para Gobineau no hay diferencia entre el mundo natural y el mundo humano. En toda su obra se observan varias metáforas orgánicas: las civilizaciones son masculinas o femeninas, tienen un nacimiento, una vida y una muerte, tienen gérmenes, poseen raíces y pueden ser injertados. “Para poder comprender mi pensamiento de una manera más clara y susceptible de ser captada, comienzo por comparar una nación, toda una nación con el cuerpo humano”. El objetivo final es el de la nathurphilosophen: “Se trata de hacer entrar la historia en la familia de las ciencias naturales”.

            Las cualidades morales del individuo están totalmente determinadas por sus disposiciones físicas, así que toda esperanza en la labor educativa como transformadora de la persona es vana. Gobineau se opone efectivamente a las teorías del progreso como la de Condorcet; “La humanidad no es perfectible hasta el infinito”.

            Una visión tan determinista de la historia, evidentemente no deja mucho lugar a la moral. “La sociedad es, quizás amoral, pero su conocimiento no lo es; el bien proviene de lo verdadero, y la ciencia es portadora de una ética a la cual todos deben someterse”

            Gobineau modeló su sistema basándose en la filosofía de la historia de Hegel. Si el alemán hablaba del Espíritu como motor del movimiento histórico, el francés sustituirá este por un término más biológico: la Sangre.

“Si se hubiesen mantenido rigurosamente separados los tres grandes tipos de fundamentales de razas, sin haber llegado a mezclarse nunca, no cabe duda de que habrían afirmado su superioridad las ramas más hermosas de la raza blanca y de que los tipos raciales negro y amarillo habrían sucumbido para siempre bajo las naciones más inferiores de aquella raza. Esto habría sido una especie de estado ideal, que la historia jamás nos muestra. Y sólo podemos formarnos una idea de él fijándonos en la indiscutible superioridad de aquellos grupos de nuestra raza que han permanecido menos mezclados…”[14]

            Esta formulación de la historia como el escenario de la lucha entre las razas, tendrá influencia en Karl Marx quien declararía que la historia también es lucha, pero una “lucha de clases”. También para el modelo capitalista liberal la historia es una lucha, que en este caso se lleva a cbo entre los individuos y las empresas, que compiten entre sí dentro del medio natural del “libre mercado”.

            “La historia de la sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, nobles y siervos, maestros artesanos y jornaleros; en una palabra, opresores y oprimidos en lucha constante… La sociedad se divide en dos grandes campos opuestos, en dos clases directamente enemigas: la burguesía y el proletariado”.[15]

            El marxismo creará un racismo biológico-social. Un racismo que como bien denunció Michael Foucault sustituía la amenaza de la raza exterior, por la de la clase que amenaza desde el interior:

            “Se fundó sobre la idea (…) según la cual la otra raza no es la que llegó de afuera, no es la que por determinado tiempo a triunfado y dominado, sino aquella que en forma permanente, incesante, se infiltra en el cuerpo social (o mejor dicho, se reproduce ininterrumpidamente dentro y a partir del tejido social)”. Michael Foucault

            Para Gobineau la raza original se desdobla en dos: una super-raza destinada a detentar el poder y una sub-raza que no haría otra cosa que destruir el tejido social que la primera crea. Aquí es donde encuentran eco los discursos biológico-racistas sobre la degeneración que esta sub-raza estaría causando, y como todas las instituciones, dentro del cuerpo social, emplearán el discurso de la lucha de razas como principio de segregación, eliminación y normalización de la sociedad. El planteamiento cambia sutilmente. Ya no será tanto el defenderse contra la sociedad que decían los ilustrados, sino que habrá que “defender la sociedad” contra los peligros biológicos de esta sub-raza. Surgirá pues un racismo interno que será uno de los principales instrumentos del Estado para la normalización social.

Consecuencias de la ideología racista de Gobineau

            El racismo es, en definitiva, una forma de ver el mundo, con lentes distorsionadas que tuercen la mirada y traducen la realidad en un prejuicio peligroso. Las teorías de Gobineau se inscriben en la herencia intelectual de la Ilustración. Gobineau trata, como todos los grandes herederos de la Ilustración, de crear una gran teoría racional para explicar un fenómeno, en este caso la história política y cultural de la humanidad, sin recurrir a las revelaciones proféticas ni a la acción de la providencia divina.

La obra de Gobineau no posee aún una clara intencionalidad político-imperialista, sino que trata simplemente de ser un estudio “científico”, aunque por la limitación de los conocimientos de su autor y en ocasiones por sus excesos imaginativos, llega en muchos casos a afirmaciones que en la actualidad son del todo inadmisibles. Pero lo significativo es que esta obra no tuvo repercusión en su tiempo, y no se hizo famosa sino por los años ochenta, cuando fue objeto de docenas de ediciones y traducida a todos los idiomas del mundo civilizado. No hace falta decir que fueron los “arios puros” quienes la leyeron con más fruición. Curiosamente, un inglés, y miembro de una de las familias más patriotas de la islas británicas (pariente de dos famosos políticos imperialistas), Houston Stewart Chamberlain, acabó concluyendo que el núcleo más puro de la raza aria se encontraba en Alemania, y por eso tomó la resolución extrema de nacionalizarse alemán.

La obra de Gobineau no llegó a interesar a los franceses, pero sí a entusiasmar a un buen número de intelectuales alemanes. En 1870, Gobineau es descubierto por Richard Wagner y sus discípulos, y desde entonces es “adoptado” por Alemania. Fue en casa del compositor alemán donde conoció a quien sería su biógrafo y traductor alemán: Ludwing Schemann. En 1898, germanófilos como Schemann, Von Euleuberg y Von Wolzogen llevan a cabo la fundación de la “Gobineau Vereinigung” (Sociedad Gobineau). Por entonces la obra del filósofo Nietzsche exalta al hombre de acción, que junto con la idealización gobiniana del hombre ario, permitirá que surja en el horizonte intelectual de Alemania, la silueta del superhombre.

Hacia 1880, las teorías racistas estaban en todo su auge. ¿Qué es lo que había cambiado desde los tiempos de Gobineau? Un factor, sobre todo, parece que hay que tener en cuenta, y es la proliferación del darwinismo, extendido, más que por iniciativa de Darwin, por sus seguidores entusiastas y dogmáticos, a la manera de Spencer, Gramham Summer y E. Haeckel. La teoría de la selección de las especies, de la supervivencia de los más aptos y del progreso imparable y necesario por obra del predominio “natural” de los mejores y más preparados, se convirtieron por los años 80 en verdaderos dogmas, que explicaban el avance no sólo necesario, sino conveniente, de la humanidad. El progreso no puede tener lugar sin este prevalecimiento de los mejores establecido por las propias leyes de la naturaleza que lo explican y lo justifican todo. Y al mismo tiempo, ha triunfado el afán de extenderse por tierras extrañas, de dominar los continentes y los mares, de llevar la lengua, la civilización, los logros de la ciencia y las banderas de la patria hasta los más remotos rincones del planeta. El racismo, en el sentido de conciencia clara de la superioridad de una estirpe, y con ella de sus derechos y hasta de sus deberes civilizadores, se impuso también como un dogma. “¿Qué es el imperio sino el predominio de una raza?”, preguntaba lord Rosebery en una alocución a los alumnos de la Universidad de Glasgow. Esta nueva creencia, escribe James Joll, no podía ser sino un incentivo más para la aventura colonial, para la conquista del mundo por el hombre de occidente.

La fundación de la Sociedad Gobineau en 1894 tuvo como principal meta respaldar la traducción del Ensayo sobre la desigualdad de las razas al alemán y prolongar la labor documental del Archivo de Gobineau, que llegó a reunir más de 6.000 libros de teoría racial. Tuvo una influencia mucho mayor que la de su número de socios podría hacer esperar y fue decisiva en la reelaboración nacionalista y antisemítica del racialismo de Gobineau, operación teórica en la que fue clave la figura y el lenguaje populista de Houston Stewart Chamberlain. Su combinación de doctrina supremacista y exposición victimista sería claramente heredada por Hitler en Mi lucha (1925-1926). En esta obra se combina además una teoría del espacio vital y una peculiar versión darwinista de la política como expresión del sentido de la lucha por la existencia, aspectos todos ellos que darán origen al núcleo de la doctrina racial del partido Nazi.

Autores críticos con la doctrina Gobineana

Gobineau envió un ejemplar de su obra a su mentor, el historiador Alexis Tocqueville (1805-1859) esperando su aprobación, pero fue precisamente en él donde encontró precisamente al primer y más importante crítico de su obra. Tocqueville repudió la perspectiva racial de Gobineau por considerarla que iba en contra de la igualdad esencial de todos los hombres ante Dios. Con cierto toque de amargo humor Tocqueville dirá que el ensayo le recordaba la revista Revue des haras, una publicación de la época dedicada a los criaderos de caballos.

Tocqueville estaba convencido que la creencia en la superioridad racial era el resultado y no la causa de unas circunstancias específicas:

“Estoy seguro de que Julio César, si hubiera tenido tiempo, habría escrito un libro para demostrar que los salvajes que encontró en las islas británicas no pertenecían a la misma raza que los romanos, y que los segundos estaban destinados por naturaleza a dominar el mundo, mientras que los primeros estaban destinados a vegetar en uno de sus rincones”.[16]

Otro aspecto en el que Tocqueville estaba en desacuerdo era el profundo pesimismo de la obra de Gobineau. Temía que la desesperanza acerca del futuro de la civilización, sobre todo después de la catástrofe de 1848, se convirtiera en profecía autopredictiva. Tocqueville admitía que el siglo anterior había tenido excesiva fe en el progreso, pero que los fracasos de la Revolución Francesa y la revolución de 1848 nos “han conducido al extremo opuesto… Después de un exceso de orgullo hemos caído en un exceso de autocompasión; creíamos que podíamos hacerlo todo, y ahora creemos que no podemos hacer nada”. El pesimismo es “la gran enfermedad de nuestro tiempo”, advertía. Tocqueville creía que Gobineau, al proclamar que la decadencia europea estaba racialmente predestinada, alentaba un fatalismo que agotaba la energía, la confianza y la voluntad de triunfar.

El tercer aspecto que Tocqueville criticó es que el determinismo racial abolía la libertad humana. En el Ensayo los individuos son intrascendentes, en comparación con las “leyes inmutables” de la historia racial y la brutal naturaleza que los guiaba “como esclavos ciegos” dictando sus decisiones.

“Yo creo, igual que usted, que nuestros contemporáneos han sido educados bastante deficientemente, lo cual es la causa primordial de sus miserias y de su debilidad; pero creo que no está permitido renunciar a una empresa tal. (…) Según yo lo veo, las sociedades humanas, al igual que los individuos, no son algo, más que si hacen uso de la libertad”.[17]

 “¿Qué interés puede haber en persuadir a los pueblos cobardes que viven en la barbarie, en la molicie o en la servidumbre, de que, como así son a causa de la naturaleza de su raza, nada se puede hacer por mejorar su condición, por cambiar sus costumbres o por modificar su gobierno? Una obra que trata de demostrarnos, que aquí abajo, el hombre obedece a su constitución, y casi nada puede hacer respecto a su destino mediante su voluntad, es como el opio que se le da a un enfermo, cuya sangre se detiene sola”.[18] Tocqueville. Carta a Gobineau.

La obra de Gobineau alcanzó gran éxito cuando se la traduce en Estados Unidos. Allí será enormemente aceptada por los segregacionistas y por los antiabolicionistas. Tocqueville tomará nota de este hecho.

“Los norteamericanos de los que usted me habla y que han traducido su libro, me son muy conocidos como jefes muy ardientes del partido antiabolicionista. Han traducido la parte de la obra de usted en la que encuentran lugar sus pasiones, aquella que tendía a demostrar que los negros pertenecen a una raza diferente e inferior”.[19]

En 1885 el antropólogo haitiano Antenor Firmin (1850-1911) publicó una respuesta contundente al ensayo de Gobineau y a la idelogía racista. Este trabajo se tituló “De la igualdad de las razas humanas”, en clara referencia al texto del francés. En él denunciaba:

“A toda esa falange altanera que proclama que el hombre negro está destinado a servir de estribo a la potencia del hombre blanco, a esta antropología mentirosa, yo tendré derecho a decirle: ¡No, no eres una ciencia!”.[20]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Conde de Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1854). Editorial Apolo, Barcelona, 1937 (p. 117, 119, 149)
[2] Thomas Carlyle. Los heroes 1841.
[3] Max van Gruber. Pueblo y raza. 1927
[4] A. Gobineau. Cit. Alain de Benoist. Arthur de Gobineau. 2006
[5] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854. Hannah Arendt Los orígenes del totalitarismo. Ed. Taurus, 1998. p. 153.
[6] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854. Cit. La idea de raza en su historia. Textos fundamentales. Alfonso García Martínez y EduardoBello Reguera. Universidad de Muricia, 2007. P. 198.
[7] A. Gobineau. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 164
[8] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854. cit. Laura Suárez y López Guazo. Eugenesia y racismo en México. UNAM, 2005. p. 63
[9] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854.
[10] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854.
[11] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854.
[12] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854.
[13] A. Gobineau. Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1854.
[14] A. Gobineau. Citado por Historia universal Salvat. Ed. Salvat, 1999. P. 208
[15] Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesta comunista, 1848.
[16] A. Tocqueville. Cit.Arthur Hermann. La idea de decadencia en la historia occidental. Ed. Andrés Bello, 1998. P. 73.
[17] Tocqueville. Carta a Gobineau. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 153
[18] Idem.
[19] Idem. p. 154
[20] Antenor Firmin. Cit. Poumier, Maria (trad. Juan Vivanco) (2006). «De la igualdad de las razas humanas (Capítulo XVII)»
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