7.2. Georges Vacher de Lapouge y la antroposociología

            Unos años después de la publicación del Ensayo sobre la desigualdad de las razas, otro francés fusionará los principios darwinistas de la “selección de las especies”, con las teorías racistas de Gobineau. Georges Vacher de Lapouge (1854-1936), conde aristócrata y fundador con Jules Guesde del partido socialista francés, escribe en 1887 “Las selecciones sociales y los arios”. En este texto divide a los europeos en tres razas: el Homo europeus, dolicocéfalo y rubio; el Homo alpinus, braquicéfalo (celta o eslavo); y el Homo mediterraneus, dolicocéfalo y moreno. Lapouge establece una jerarquía particular de estas tres razas: el Homo europeus, es decir, los nórdicos ocuparían el primer lugar en cualquier territorio en el que se encontrasen; el Homo alpinus, el segundo, y el Homo mediterraneus, el tercero.

Este noble francés hablará de la existencia en Europa Central de una lucha entre los dolicocéfalos (nórdicos) y los braquicéfalos (alpinos). Según él los franceses podían dividirse en dos tipos humanos: los endémicos (nórdicos, altos, rubios, de ojos azules y cráneo alargado) y los inmigrantes (alpinos, bajos de estatura, cabellos y ojos castaños u oscuros y cráneo redondeado). Al primer grupo le asigna una racialidad superior y entre ellos ubicará a los franceses más eminentes. Estos además debían ser de religión protestante, ya que para Lapouge incluso los rasgos culturales se transmiten por vía de herencia. Comparado con los españoles, árabes o hindúes, decía Lapouge que el nórdico tiene un pensamiento “más frío, justo y tenaz”, puede mantenerse y perseverar en sus ideas, mientras que el resto de los grupos europeos tienen muchas y variadas ideas, pero estas son desordenadas y carecen de continuidad. Los individuos dolicocéfalos pertenecerían a la raza aria y serían responsables del progreso y de todos los mejores elementos culturales. Por el contrario los braquicéfalos no solo serían un elemento de corrosión sino de decadencia.

“El braquicéfalo es frugal, laborioso y ahorrativo… Sus ambiciones son muy limitadas… Es el hombre de la tradición: el progreso no le parece necesario; más bien desconfía de él, quiere mantenerse igual a todos. Adora la uniformidad. En religión es católico; en política, sólo desea una cosa: la protección del Estado, y sólo tiene una tendencia: nivelar todo lo que lo supere, pero sin sentir la necesidad de elevarse a sí mismo. (…) La fuerza del braquicéfalo reside en su mediocridad (…) oscuro, bajo y pesado, el braquicéfalo reina actualmente, del Atlántico al mar Negro. Al igual que la moneda de baja calidad desplaza a la buena, su raza ha suplantado a la raza mejor. Es inerte, es mediocre y se multiplica”.

“El dolicocéfalo tiene grandes necesidades y trabaja sin cesar. Le interesa más ganar que conservar sus riquezas; las acumula y las pierde con facilidad. Aventurero por temperamento, y osado, su audacia le procura incomparables triunfos. Lucha por luchar, pero nunca con segundas intenciones, o con el propósito de obtener un beneficio. Toda la tierra es suya y el muno entero es su patria. No hay nada qie no se atreva a pensar, y querer para él significa pasar a la acción. El progreso es su mayor necesidad. En religión es protestante; en política no pide al Estado más que el respeto de su actividad y antes busca elevarse que rebajar a los demás (…) Mientras los dolicocéfalos han llevado su lucha sólo en los campos de batalla, los braquicéfalos no han hecho más que esperar pasivamente a ser exterminados”.[1]

Fruto de su determinismo biológico, Lapouge fundará la antroposociología como ciencia antropológica que permite establecer una relación directa entre la situación social de los individuos o grupos humanos y sus caracteres anatómico-fisiológicos. Creará para ello la Escuela de Antroposociología de París, según la cual todo debía de apoyarse en datos científicos mensurables. Entre estos datos llega a conclusiones curiosas, como por ejemplo que los habitantes de las ciudades tienen la cabeza más alargada, y por lo tanto son más dolicocéfalos que los habitantes de los campos.

Vacher de Lapouge considera que el hombre rubio dolicocéfalo, el Homo europeus, es el elemento superior en los países del viejo continente, y llega a hacer una estadística un tanto arbitraria, de los individuos que quedan en Europa de esa variedad. A España no le queda, en su opinión, más que medio millón de Homos europeus. Este homo sería un hombre audaz, genial, individualista, alejado del Estado, atrevido y protestante de religión. En cambio, el Homo alpinus, sería braquicéfalo moreno, y correspondería al hombre vulgar, rutinario, burócrata, oficinista, de concepciones mezquinas y de religión católica.

            En 1899 publica otro libro polémico titulado “L´aryen et son role social” (El ario y su función social). Lapouge se inspira en el principio darwinista de la lucha por la supervivencia, de las especies, y en la dicotomía hegeliana del amo y el esclavo. Según este autor, la raza se definiría por la morfología física de los individuos que la componen. De este modo, la raza aria, la de los señores, se caracteriza por una estatura alta, pelo rubio y un cráneo dolicocéfalo, mientras que los bajos, morenos y braquicéfalos formarían la raza de los esclavos. Este argumento permitirá a Lapouge justificar y defender la esclavitud racial ya que, a su parecer, no es “más anormal que la domesticación del caballo o del toro”.

“El mundo humano es como el animal: sobrevive el más fuerte”.

“Una raza es superior a otra porque está más preparada biológicamente. La raza inferior desaparecerá porque debe sobrevivir el más apto”.[2]

Como antropólogo darwinista Vacher de Lapouge sugirió en su obra “Race et… Essais d’Anthroposociologie” (París 1909) que las clases no blancas eran descendientes de otras salvajes que no habían sido civilizadas, o también podían ser las representantes bastardas de clases que habían mezclado su sangre. A esa conclusión llegó midiendo los cráneos de gentes de las clases altas y bajas en los cementerios de París, ya que esas medidas determinarían si las personas tienen propensión a ser ricas, seguras de sí mismas y libres, o si, por el contrario, la propensión era la de ser atrasada, contentarse con poco y la de tener las cualidades de un buen sirviente. Al ser las clases el producto de la selección social, las clases altas corresponderían a las razas superiores, y el grado de riqueza estaría en proporción al índice o medida del cráneo. Más adelante Lapouge hizo una profecía: “Opino que en un futuro próximo las personas se asesinarán entre sí porque sus cabezas son redondeadas o puntiagudas“, lo cual desgraciadamente terminó cumpliéndose, en el siglo XX con la formación de los estados totalitarios y las terribles masacres llevadas a cabo por razones racistas. Él mismo llegó a exigir más guillotina para purificar la raza. Creía que todo el genio provenía de Alemania y estaba convencido que sólo la guillotina podía corregir los errores de la selección natural y detener la alarmante proliferación de ineptos y criminales.

            Lapouge se convirtió en uno de los primeros difusores en Francia de las teorías eugenésicas que planteaba el inglés Francis Galton (1822-1911). La eugenesia buscaba, a través de la política, formar una raza fuerte y saludable favoreciendo “matrimonios saludables” que dieran “buenos hijos” y evitar las “malas uniones” que originarían individuos “defectuosos”, que supusieran un coste para la sociedad e hicieran degenerar la raza. Según Lapouge la “selección social” que se da en las democracias y en el liberalismo con sus políticas de “caridad” y asistencia, no hacen más que favorecer a los individuos más débiles, llevando a la sociedad a una pendiente de decadencia que sólo podría ser superada recurriendo a la fuerza formidable de la herencia. Sugerirá sustituir la divisa “libertad, igualdad, fraternidad” por el eslogan “determinismo, desigualdad, selección”. En sus obras defenderá un socialismo selectivo basado en la hegemonía de la raza aria que llevaría implícita una moral anticristiana. Convierte de esta manera a la Iglesia Católica en la principal enemiga del progreso, por sus ideas de igualdad para todos los hombres, por aferrarse al concepto de dignidad de la persona y por fomentar la caridad entre los más desfavorecidos. Más aún, anuncia que la eugenesia se ha de convertir en la nueva religión de la humanidad.

            “… la divulgación de la importancia nacional de la eugenesia. Habrá de atravesar por tres estadios. Primeramente debe hacerse familiar como cuestión académica, hasta que haya sido comprendida y aceptada como un hecho su exacta importancia; segundo, debe reconocerse como una materia cuyo desarrollo práctico merece una serie consideración; tercero, debe ser introducida en la conciencia nacional como una nueva religión. Hay, ciertamente, fuertes demandas para que se convierta en el futuro en una meta religiosa ortodoxa, puesto que la eugenesia coopera con los trabajos de la naturaleza asegurando que la humanidad estará representada por sus razas más aptas. Lo que la naturaleza hace ciega, lenta y burdamente, el hombre debe hacerlo previsora, rápida y suavemente…

No veo ninguna imposibilidad en que la eugenesia se convierta en un dogma religioso de la humanidad, pero sus detalles deben ser primero puestos en marcha, diligéntemente, en el estudio”. Galton, 1869

            La institución del matrimonio constituye para Lapouge un instrumento al servicio del Estado, a fin de llevar a cabo estas políticas eugenésicas. Según Lapouge, la función reproductiva debería ser reservada “como privilegio exclusivo” para los individuos superiormente inteligentes de una raza superior; los arios dolicocéfalos rubios. No obstante reconocerá los problemas que la implantación de esta zootecnia conlleva en la práctica ya que el pueblo llano se rebelaría…

            “Es indudable que en Francia cualquier tentativa hecha para tomar en cuenta a una clase de hombres con méritos hereditarios fracasaría ante la oposición interesada de lo que Galton llama las masas serviles”.[3]

            Con estas premisas no solo promoverá entre sus estudiantes la competencia entre razas, por encima de la competencia entre individuos, sino que divulgará la necesidad de fomentar la extinción de pueblos enteros en caso de que el gobierno no impusiera límites a la reproducción.

            Lapouge fue el primer autor en demonizar a los judíos, al modo racista en Francia. En ellos verá un grupo competidor y peligroso para los arios, pues aunque inteligentes, en su opinión también son…

            “Incapaces del trabajo productivo. El judío es un cortesano, un especulador, no es ni un trabajador ni un agricultor… Un depredador, simplemente un depredador, un burgués; no es ni quiere ser otra cosa que un burgués”.[4]

            Su antisemitismo agresivo se ve reflejado en sus libros y artículos para revistas. En ellos afirmará que los judíos estarían condenados a ser vencidos debido a su “incapacidad para el trabajo productivo” y por estar desprovistos de sentido político y de espíritu militar. (cf. Taguieff. 1997). Hitler dirá de Lapouge que fue el hombre más valioso que había dado Francia, aunque sus compatriotas no supieran apreciarlo.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Vacher de lapouge. Cit. Por Ruffié, 1976. De la biología a la cultura. Muchnik, Barcelona, 1982: 347-348.
[2] Vacher de Lapouge, 1899. Cit. Amnistía Internacional. Una postal, una vida. Marzo 2009.
[3] Georges Vacher de Lapouge , Revue d’anthropologie, 1887, p.517.
[4] G. V. Lapouge. Citado por Carles Lalueza. Razas, racismo y diversidad. Ed. Algar. 2002. Pág. 79
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