8.1. Naturaleza vs Cultura

            La ideología racista surge cuando las ciencias de la naturaleza traspasan sus competencias, tratando de explicar con sus leyes y métodos de laboratorio, la historia humana. Este positivismo, que impregnará el conocimiento del siglo XIX, aplica las leyes que se emplean en la biología, para explicar el comportamiento de los individuos y a la historia de los pueblos. De un determinismo biológico se pasa a un determinismo cultural. De tal manera que todo el ingenio, el arte, el pensamiento, la espiritualidad de un individuo, pueblo o nación, no son más que simples procesos biológicos dirigidos por fuerzas de acción y reacción. Esta corriente de pensamiento se denominará Naturphilosophie.

            La Naturphilosophie será el intento realizado por los filósofos alemanes de principios de s. XIX de elaborar una imagen de la naturaleza conforme a los principios del idealismo filosófico. Estos principios habían sido enunciados por Kant en la obra Principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza (1796). Para Kant la mecánica cartesiana no podía explicar los fenómenos del mundo biológico, ya que esta no se regiría por el principio de causalidad. Los seguidores de la Naturphilosophie formularán la hipótesis de existe una fuerza única que controla todos los fenómenos físico-químicos, orgánicos y espirituales. Una fuerza que se expresa de forma dinámica a través de la polaridad de fuerzas opuestas. La vida se desarrollaría por tanto como una lucha dialéctica de opuestos. Schelling será el filósofo más comprometido con el movimiento de la naturphilosophie.

            Un importante predecesor de las teorías racistas biológico-culturales lo encontramos en Victor Courtet de I´Isle (1813-1867). Originario de la Provenza, fue uno de los discípulos de Saint-Simon. En La ciencia política fundada sobre la ciencia del hombre, o Estudio de las razas humanas bajo las relaciones filosóficas, históricas y sociales, obra compuesta a la edad de 25 años, pretende aplicar a los pueblos los principios de la fisiología y de la anatomía comparadas: “Es necesario – escribe – hacer entrar la historia en el dominio de las ciencias naturales”. Las desigualdades sociales, según él, corresponden a los “estratos étnicos”. Para asegurar la justicia social mediante la circulación de las élites, es necesario que los componentes biológicos de la población sean constantemente mezcladas. Conclusión optimista, muy diferente de la de Gobineau.

          Más allá de Saint-Simon y de Courtet, podemos remontarnos aún más atrás, hasta alcanzar el pensamiento de Voltaire y de los filósofos “libertinos” precursores de la Revolución Francesa.

            Augustin Thierry cree que la Revolución Francesa cierra una lucha centenaria entre dos razas o pueblos, los galos y los francos. La mayoría gala vence al fin, liberándose de sus opresores francos en los dramáticos acontecimientos de 1789. Para Thierry, la historia racial es el triunfo de la libertad y la igualdad.

            El “prejuicio de raza” de los gentilhombres franceses del antiguo régimen, por ejemplo, encuentra sus raíces en la clara conciencia de los orígenes germánicos de la nobleza franca. Antes de Taine y Augustin Thierry, una formulación teórica sobre el tema ya había sido propuesta por el conde de Boulainvilliers. El historiador André Devyver, en La sangre pura (1973), muestra que el sentimiento “germánico” de la nobleza francesa influenciará los espíritus a lo largo de todo el siglo XVIII, lo que explica, en parte al menos, el odio profesado por los revolucionarios de 1789 a los “emigrados de Coblenza”, así como ciertos antagonismos que se manifestaron bajo la Restauración con ocasión de la guerra franco-prusiana de 1870.

            El etnógrafo Gustav Klemm publicó entre 1846 y 1852, diez volúmenes de su Historia cultural general de la humanidad. En ella Klemm argumenta que todos los desarrollos culturales de la historia consistían en la difusión y desarrollo de distintos tipos raciales. Para él, la diferencia crucial entre razas, no era el color de la piel, sino lo que llamaba rasgos “activos” o “masculinos” y rasgos “pasivos” o “femeninos”. Un tipo racial activo demuestra en sus etapas iniciales (lo que Klemm denominaba el salvajismo del hombre) una fuerza y voluntad interiores que le permitían superar los obstáculos materiales y conquistar a otras razas más pasivas y por lo tanto inferiores. La guerra y la conquista acarrean inevitablemente la mezcla, cuando los conquistadores se asientan y pierden su independencia y voluntad. De esta manera el grupo original desaparece y se forma un nuevo tipo racial seguido por un nuevo estadio de civilización.

            Klemm describirá a los europeos como “activos” siendo sus características mentales la fuerza de voluntad, el firme deseo de dominio, la independencia y la libertad; actividad, inquietud, ansias de expansión y de viajes; progreso en toda dirección, una inclinación instintiva a la investigación y al experimento, resistencia obstinada y duda. También pertenecerían a este grupo las civilizaciones persa, árabe, griega, romana, los pueblos germánicos y también los turcos, tártaros, cherqueses, los incas del Perú y los polinesios. Esta raza activa tendría su origen en el Himalaya diseminándose gradualmente por el mundo entero convirtiéndose en la raza dominante dondequiera que iba.

            En la parte “pasiva” de la humanidad incluirá a los mongoles, negros, papúes, malayos e indios americanos, basándose en consideraciones estéticas como la pigmentación oscura de la piel, la forma del craneo, y lo que para él era lo más importante de todo: “la pasividad de la mente”. Para Klemm la mitad pasiva de la humanidad se habría extendido por todo el globo en tiempos remotos y constituiría la parte más conservadora de las poblaciones de Europa.

Otro importante representante de la Naturphilosophie es Carl Gustav Carus (1789-1869), quien reconoce que la división de Klemm es esencialmente cultural. Este pintor, naturalista y fisiólogo alemán expondrá sus propios puntos de vista en su Sistema de Fisiología (1838). Para Gustav Carus cada forma viviente es el resultado de las condiciones ambientales del planeta. Si el planeta tiene día y noche, amanecer y crepúsculo, así habrá animales y plantas activos o diurnos, otros de noche y otros de amanecer y de crepúsculo. Lo mismo sucedería con el hombre. Para Klemm solo pueden existir cuatro razas: una diurna representada por los europeos y asiáticos occidentales, otra nocturna constituida por los negros, una raza del amanecer donde estarían los mongoles, y por fin una raza del crepúsculo formada por los indios americanos. Siguiendo a Morton dirá que el cerebro de la raza diurna es grande, el de la nocturna pequeño, y los de las razas del amanecer y el crepúsculo intermedios. Respecto a la forma facial del negro, afirmará que es similar a la de los animales.

            Respecto a las características culturales de las razas humanas, Carus asegura que la indostánica es la creadora de la verdad, la egipcia la creadora de la belleza y la judía creadora del amor humano, y que el deber de la humanidad es desarrollar al máximo en cada raza sus características innatas.

            Carl Gustav Garus influyó mucho en quien sería el principal exponente del racismo: Arthur Gobineau. Decía que los europeos se aproximaban al ideal clásico de belleza física más que los no europeos, lo cual era indicio de una superioridad predestinada sobre los pueblos más feos. Los europeos blancos eran la “gente diurna” y la claridad de su tez reflejaba la luz vital del sol. Por el contrario, los pueblos negroides eran la “gente nocturna”, cuya tez de ébano revelaba una naturaleza caótica y oscura. Carus, como otros teóricos de su época, convenía que los blancos poseían ventajas mentales y físicas innatas sobre los pardos y amarillos.

            Para Klemm y Carus, la historia es inevitablemente una historia de mestizaje. Pero este mestizaje no era malo, al contrario, siguiendo la perspectiva iluminista del progreso cultural universal, Klemm creía que el avance del europeo, desde el salvajismo hacia la libertad, se podía atribuir a sucesivos niveles de mezcla racial. En todo caso la historia la determinaba el progreso del varón blanco en su forma europea.

            Por ello el principal estímulo del racismo en el siglo diecinueve era su mensaje políticamente progresista, incluso liberal. La propuesta de que la historia natural del hombre, en cuanto especie biológica, también había producido la historia cultural de los hombres como seres sociales y creativos era bastante atractiva. Parecía como que la ideología racista desentrañaba los procesos civilizadores al explicar por qué algunas sociedades habían llegado a un nivel de progreso superior respecto a otras.

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