8.2. La influencia del positivismo

Las tesis racistas de Gobineau, Lapouge o Chamberlain no habrían encontrado tanto eco en los ámbitos intelectuales, sin el sustrato filosófico materialista que el positivismo de Auguste Comte (1789-1857) había engendrado a principios del s. XIX. Esta doctrina filosófica, típicamente ilustrada, reducía todo el conocimiento humano y toda ciencia a una mera acumulación de datos y hechos positivos. A partir de estos hechos se obtendrían tesis y leyes que adquirirían valor universal.

La antropología se reduce así en una disciplina cuyo propósito es obtener datos mensurables de las personas, para luego clasificarlos asignándoles etiquetas según su raza. De la correlación de los datos obtenidos de un grupo de individuos se obtendrían principios y leyes que se aplicarán al resto de inviduos de ese grupo. Elías de Tejada escribía a este respecto:

“Fomentando la tesis racista o, mejor dicho, allanándole el camino, hay toda una escuela filosófica que en el siglo XIX va a investigar los problemas humanos teniendo en cuenta las diferencias entre las ramas de la especie humana; es el positivismo, cuyas perspectivas filosóficas se acomodan fácilmente al punto de vista racial. En efecto; es el positivismo la posición filosófica que sólo se atiene a los hechos, a los données, para ir sacando de ellos, por el camino de la inducción, tesis de validez general y leyes cuya aplicación sea más amplia que el hecho mismo. Ajustándose únicamente a los datos y prescindiendo de toda visión previa de amplitudes universales, tomando como punto de partida los hechos concretos, bien podrá ser la raza uno de estos en la fundamentación de una nueva filosofía de la historia. El positivismo vino a proporcionar al racismo una fundamentación filosófica y un asidero ante los ataques, porque era una filosofía que prescindía de la vieja metafísica para vivir únicamente de los planteamientos y teoremas reales”.[1]

Por varias veces, autores del positivismo materialista como Comte y Saint Simon realizaron diversas comparaciones entre las leyes de la naturaleza y las leyes sociales, tratando de encontrar en la historia humana una prolongación de la historia natural. Para Comte el progreso humano está presidido por una ley histórica de valor universal. Según esta ley la humanidad iría pasando por una serie de etapas progresivas: el estado teológico sería la infancia, el estado metafísico sería la juventud y por fin el estado positivo correspondería a la etapa de madurez. Pero al analizar a la humanidad, Comte concluye que no todos los pueblos participan en igual medida de la historia. Tan solo la raza blanca occidental ha logrado alcanzar la etapa positiva. Es por ello que corresponde a la raza blanca europea ejercer una verdadera dirección histórica pues son sus condiciones biológicas las que la hacen superior a las demás.

            Auguste Comte se formula la pregunta de porqué la raza blanca se encontraba en una posición tan predominante en la civilización.

“El padre de la escuela positivista, A. Comte, no incide en cuestiones raciales, pero tampoco escapan a su aguda visión de las cosas. En la lección 52 de su Curso de Filosofía Positiva compuesta mucho antes de que apareciera la obra de Gobineau, nota ya las especialisimas aptitudes de la raza blanca para el desarrollo político, sin adentrarse en la cuestión, pero dejando abierta una pregunta a la que el propio Gobineau contestará posteriormente y en la que también se fijaran sus discípulos. ‘¿Por qué posee la raza blanca —se plantea— de una manera tan pronunciada el privilegio efectivo del principal desarrollo social, y por qué ha sido Europa el lugar esencial de esta preponderante civilización? Este doble objeto de correlativas meditaciones ha debido estimular sin duda más de una vez la inteligente curiosidad de filósofos (…) Sin duda, se percibe en seguida, al primer respecto, en la organización característica de la raza blanca, y sobre todo en el aparato cerebral, algunos gérmenes positivos de su superioridad real, aunque todavía están muy lejos los naturalistas de coincidir unánimemente en este punto’ (…) La tesis de Comte, mejor dicho, su indicación, no se ciñe estrictamente a la posición racista (…) Pero marca una dirección en la que progresarán sus discípulos, partiendo de esta intima relación entre los hechos físicos y los fenómenos políticos, tan de acuerdo con la filosofía positivista y en la que el propio Comte insiste muchas veces”.[2]

            El fundador de la sociología moderna, creía en la superioridad de la raza blanca y en la perpetua infancia de la mujer. Para él el ciudadano era el varón blanco con posibilidad de tener propiedad y poder para dominar al resto de los hombres condenados a las posiciones subalternas. En este sentido apunta Eduardo Galeano lo siguiente:

“Nunca han faltado pensadores capaces de elevar a categoría científica los prejuicios de la clase dominante, pero el siglo XIX fue pródigo en Europa. El filósofo Augusto Comte, uno de los fundadores de la sociología moderna, creía en la superioridad de la raza blanca y en la perpetua infancia de la mujer. Como casi todos sus colegas, Comte no tenía dudas sobre este principio esencial: blancos son los hombres aptos para ejercer el mando sobre los condenados a las posiciones sociales subalternas”.[3]

   El positivismo proporcionó una cosmovisión materialista que influyó en el discurso de sociólogos, políticos, antropólogos, criminólogos y médicos-higienistas. Todos ellos justificarían las bases de sus disciplinas en un saber supuestamente objetivo, verificable, y experimental llamado “ciencia”. El evolucionismo, el positivismo y el darwinismo social, otorgaron una base científica al proceso de dominación de la “raza europea” que coincidió con el proceso del imperialismo colonial de finales del siglo XIX. Herbert Spencer (1820-1903) creía, al igual que Comte, que las naciones más capaces de progreso serían las que produjeran una cuota mayor de individuos “superiores”. Las “razas inferiores”, aunque difícilmente compatibles con el ideario civilizador, podían ser instruidas para labores manuales siempre y cuando fueran mantenidas a distancia del alcohol y otros vicios.

Si no hubiera existido el positivismo como filosofía de la ciencia ampliamente aceptadas en la Europa del s. XIX, es más que probable que las fabulaciones racistas de Gobineau o de Chamberlain, personajes de escasísima altura intelectual, no hubieran prosperado de la manera que lo hicieron.

Ludwig von Gumplowicz y la lucha de razas

            El mejor ejemplo que explica la interconexión entre racismo y positivismo lo encontramos en el sociólogo austríaco de origen judío Ludwig von Gumplowicz (1836-1909). Para Gumplowicz el individuo es fruto del pensamiento colectivo. El tema racial inspirará gran parte de sus obras: Die sociologische Staatsidee (1892), Grundis der Sociologie (1892), Der Rassenkampf (1883).

Según Gumplowicz la evolución social y cultural es fruto de la lucha entre grupos sociales. Sólo el grupo es importante, porque el individuo es un producto del grupo; es la comunidad la que piensa. Profundamente pesimista en lo que se refiere al progreso, no podía aceptar la idea de la evolución de la humanidad como un todo, porque para él no existía esa cosa única llamada humanidad. Creía que la evolución de cada grupo había sido esporádica e interrumpida por retrocesos. En todo Estado ha tenido lugar una evolución y un progreso parcial; pero siempre ha habido bárbaros que esperan la señal de empezar la obra de destrucción.

En 1883, con la obra Der Rassenkampf: Soziologusche Untersuchungen (La lucha de razas: estudios sociológicos) traslada la lucha de razas al ámbito sociológico. En ella tratará de interpretar los conflictos nacionales y sociales en base al principio general de la lucha racial. La pertenencia a una raza dominante se convierte para Gumplowicz en una vinculación colectiva que obliga a una lucha dinámica combativa en todos los órdenes sociales.

Basándose en las ideas del alemán Rudolf von Ihering, expondrá su teoría política en la que sostiene que el Estado es una organización que se apoya en la fuerza, y que su función principal es la de aplastar las pretensiones de las clases dominadas y conseguir la dominación de las razas inferiores. Para él el Derecho es “universalmente lo contrario de la libertad y la igualdad y tiene que serlo así naturalmente”. El Derecho es el dominio de los fuertes y los pocos sobre los débiles y los muchos, y, como tal, es –necesariamente- expresión de desigualdad y diferenciación social. En su libro “La lucha de las razas” (1909) postula que el motor de la historia son las relaciones entre las razas y que estas relaciones son las que dirigen y aceleran todo el progreso de la historia humana, constituyendo el movimiento eterno de la evolución de la humanidad. Para Gumplowicz todas las tensiones sociales son fruto del enfrentamiento entre tribus y razas antagónicas, por ello la lucha por la dominación social, es el factor determinante de la evolución social, así como la violencia y la conquista que son los elementos que configuran y desarrollan la historia. El crecimiento de la población obliga a una nación a luchar por el ensanchamiento de sus fronteras declarando la guerra a otros pueblos inferiores. El sometimiento de estos contribuye al establecimiento de las razas superiores.

Desde su perspectiva, la historia no es sino una serie de sombrías luchas, en la que el “odio racial”, el asesinato en masa y las tentativas de dominación violenta aseguran la coherencia de las diferentes épocas. Para Gumplowicz, lo que está en juego en la historia humana no es la mera supervivencia del más apto, sino la dominación y la explotación de la raza más débil por la más fuerte, un proceso que, según Gumplowicz, está en el origen de toda civilización:

“El objetivo de todas las guerras es siempre el mismo, sean cuales fueren las diferentes formas en que se busca y alcanza ese objetivo: servirse del enemigo como de un medio para satisfacer las propias necesidades”. Ludwig von Gumplowicz. 1833

Gumplowicz ve en la lucha de razas como un proceso permanente que pone en cuestión sin cesar las dominaciones existentes. La masa de las gentes reacciona violentamente ante las diferencias raciales en un deseo homicida. Tan solo en el Estadi, “sólo con vistas a la división político-económica del trabajo ha sido necesario organizar la dominación por la fuerza”. El sistema ideado por Gumplowicz tenía muchos atractivos para quienes querían revestir con la sgalas de la ciencia la violencia de las explotaciones coloniales. También legitimaba ciertas “desapariciones” con sus descripción fría y distanciada del proceso asesino necesario que se desarrolla en el corazón de la historia humana. Par él, la política era una ciencia aplicada.

En otra de sus obras, “Teoría del Estado” (1905) afirmará que los vencedores forman la clase gobernante mientras que los vencidos constituyen la clase sojuzgada. El Estado surgirá como consecuencia de la violencia y la conquista, por ello la esencia del Estado consiste en ser “una organización de dominación surgida de modo natural y predestinada para la salvaguardia de un determinado orden legal”.

Nadie ha de sorprenderse de que pasajes enteros de la Lucha de las razas se recojan en Mein Kampf. El filósofo húngaro George Lukacs describió a Gumplowicz como un típico representante del social-darwinismo en el área germanófona, que hizo escuela”. En el asalto a la razón (1954) Lukacs confirma como son las tesis del sociólogo austriaco el escalón intermedio entre el racismo de Gobineau y la teoría racial “moderna” que se desarrolló bajo Hitler.

John Beddoe (1826-1911), quien fue el presidente de la Sociedad de Antropología de Londres de 1889 a 1891, escribió en 1862 el libro The Races of Britain: A Contribution to the Anthropology of Western Europe. En él afirma que los irlandeses y galeses estaban cercanamente relacionados con los hombres de Cromañon, los cuales estaban directamente emparentados con los africanos. Esta obra tuvo una gran influencia e hizo que los irlandeses fueran mal considerados en los Estados Unidos y en el resto de Europa, hasta el punto de ser apartados de la sociedad. De hecho, en Scotland Yard había un cuerpo de policía especial, denominado “Special Irish Branch” dedicado exclusivamente a los “delitos irlandeses”.

Henry Thomas Buckle y la ley positiva de la historia

            El positivismo de Comte y Spencer también influyó en varios historiadores que trataron de demostrar “científicamente” que la historia cumplía una serie de leyes del progreso y que estas se habían ido cumpliendo en todas las civilizaciones. Herbet Spencer ya había dicho que la “evolución de lo simple hacia lo complejo” era la ley universal de la “sociedad, el gobierno, las manufacturas, el comercio, el lenguaje, la literatura, la ciencia y el arte”.

            Henry Thomas Buckle (1821-1862) fue un filósofo inglés discípulo de Comte que defendió el determinismo geográfico. Esta filosofía postula que la historia sigue una serie de leyes de progreso regulares, fijas e incuestionables determinadas por las relaciones de poder sobre el medio natural. En 1857 Buckle publica su Historia de la civilización en Inglaterra. En esta obra argumentaba que “el progreso que ha creado Europa desde la barbarie hacia la civilización” se debía enteramente al crecimiento del conocimiento humano y al dominio de la naturaleza con la ayuda de la ciencia y la tecnología. Para Buckel el progreso es sobretodo imposición del control racional del hombre sobre su entorno natural.

            Al igual que postuló Comte, para Buckle la historia se divide en etapas. En las etapas primitivas de las sociedades nómadas o agrícolas, el hombre se somete a los factores externos como el clima y la geografía a los cuales se ha de adaptar. Tan solo por el conocimiento intelectual de la ciencia y la técnica, el hombre puede tomar el poder sobre la naturaleza. En este sentido la civilización occidental estaría más evolucionada ya que con su actividad racional ha adquirido más cotas de poder que el resto de pueblos “salvajes”.

            Declarado anticristiano, Buckle se opondrá a una interpretación teológica de la historia de autores como S. Agustín o J.B. Bousset y por lo tanto negará la existencia de un progreso moral que guíe a los pueblos.

Hyppolite Taine y el materialismo inhumanista

            Historiador francés y principal teórico del naturalismo Hyppolite Taine (1823-1893) llevará con radicalidad los postulados del positivismo al campo de la historia. Para Taine los acontecimientos históricos del siglo XIX revelaban la existencia de un proceso de degeneración fisiológica que estaba erosionando la salud política y cultural de Francia. En su opinión los “gérmenes” (término decimonónico que venía a referirse a los genes) destructivos habían entrado en la corriente sanguínea francesa a través de las turbas revolucionarias de 1789, “causando fiebre, delirio y convulsiones revolucionarias”.

Preocupado por querer comprender la mecánica de la historia, Taine postulaba que todos los hechos históricos están absolutamente determinados por fuerzas naturales. A cada efecto corresponde una causa perfectamente identificable.

            “Aquí, como en todas partes, no hay más que un problema de mecánica: el efecto total es un compuesto determinado en su totalidad por la magnitud y la dirección de las fuerzas que lo producen”.

            “Aquí [en la psicología] como en otras partes, la búsqueda de las causas debe venir después de haberse reunido los hechos. Que los hechos sean físicos o morales, poco importa: siempre tienen causas; las tienen la ambición, la valentía, la veracidad, al igual la digestión, el movimiento muscular, el calor animal. El vicio y la virtud son productos, como lo son el vitriolo y el azucar, y todo dato complejo nace del encuentro con otros más simples, de los que depende”.[4]

            Su intención sería poder encontrar un conjunto de leyes que, al igual que en el mundo físico, pudieran prever los acontecimientos históricos y modificarlos. De esta manera las ciencias de la naturaleza y las ciencias humanas se hacen una sola. La ciencia se erige en guía de la actividad ética, política y social de la humanidad.

            “Las ciencias morales tienen abierta una trayectoria semejante a las de las ciencias naturales; […] la historia, que ha sido la última en llegar, puede descubrir leyes en la misma forma que lo hacen sus hermanas mayores; […] puede, como aquellas lo hacen en sus dominios, gobernar los conceptos y guiar los esfuerzos de los hombres”.[5]

Taine se presenta como materialista al igual que los ilustrados Helvecio y Diderot, pero lo que no comparte con ellos es el universalismo. Rechaza la unidad esencial de la especie humana y la igualdad como ideal político. Es por ello que se le puede considerar como un materialista antihumanista.

            En su opinión los factores que gobiernan el comportamiento humano son tres: la raza, el medio y, lo que él llama, el “momento”, y que se refiere a lo que el hombre aporta por sí mismo, lo que le impone el ambiente exterior y, los resultados de la interacción de estas dos fuerzas.

            La raza entendida por Taine, es una raza cultural. Los factores biológicos que configuran una raza, son los que determinan las producciones espirituales de esta: lengua, literatura, religión, filosofía, etc.

            “Una raza como el antiguo pueblo ario, esparcida desde el Ganges hasta las Hébridas, establecida bajo todos los climas, escalonada a todos los grados de la civilización, transformada gracias a treinta siglos de revoluciones, manifiesta, sin embargo, en sus lenguas, en sus religiones, en sus literaturas y en sus filosofías, la comunidad de sangre y de espíritu que vinculan aún hoy a todos sus retoños”.[6]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Elías de Tejada. Cit. Carlos Caballero Jurado. El racismo. Génesis y desarrollo de una ideología de la Modernidad. Revista Arbil. Nº 100
[2] Elías de Tejada. Cit. Carlos Caballero Jurado. El racismo. Génesis y desarrollo de una ideología de la Modernidad. Revista Arbil. Nº 100
[3] Eduardo Galeano. Patas arriba. La escuela del mundo al revés, 1998. P. 34
[4] Taine. Histoire de la litterature anglaise. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 140
[5] Idem. p. 142
[6] Hyppolite Taine. Histoire de la litterature anglaise. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 183
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