8.4. Ernst Renan y la raza semítica

El escritor y orientalista francés Ernest Renan (1823-1892) tratará de realizar con las lenguas semíticas, lo que Franz Bopp había hecho con las lenguas indoeuropeas. Su hipótesis inicial era que la raza determinaba el pensamiento y este a su vez el idioma. Para ello se marcó como objetivo estudiar la gramática de las lenguas semíticas y así descubrir lo que hacía distinto a los judíos.

            Publica en 1855 su “Histoire Generale et Systéme comparé des Langues semitiques”, donde sostiene la existencia, no de razas físicas, sino razas lingüísticas. Para él la lengua tenía un papel principal en la formación de una cultura.

A la religión judía la asociará el paisaje del Oriente Próximo: “El desierto es monoteísta” dirá. Un desierto que en su inmensidad revela al hombre la idea del infinito. Pero este infinito estará carente de vida creadora, a diferencia de otras razas en que una naturaleza más fecunda las inspiraría una religión más “viva”.

Para Renan la naturaleza de las “razas inferiores” es trabajar y no rebelarse:

            “La regeneración de las razas inferiores o envilecidas por las razas superiores está dentro del orden providencial de la humanidad. El hombre del pueblo es casi siempre, entre nosotros, un noble desclasado; su pesada mano está mucho más hecha a manejar la espada que un útil servil. En vez de trabajar, prefiere combatir, es decir, que vuelve a su estado primigenio. Regere imperio populos (regir a los pueblos por la fuerza), ésta es nuestra vocación. Aplicad esta devoradora actividad sobre países que, como China, llaman a la conquista extranjera. De los aventureros que perturban a la sociedad europea, haced un ver sacrum, que se esparzan por el mundo como los francos, los longobardos, los normandos, cada uno de ellos cumplirá su papel. La naturaleza ha hecho una raza de obreros: es la raza china, cuya destreza de manos es maravillosa sin casi ningún sentimiento de honor; gobernadla con justicia, tomando de ella, para el bien de tal gobierno, unos grandes bienes en beneficio de la raza conquistadora, y ella estará satisfecha; una raza de trabajadores de la tierra, es el negro; sed para él buenos y humanos, y todo estará en orden; una raza de amos y de soldados, es la raza europea. Reducida esta noble raza a trabajar en la ergástula como negros o chinos, se rebelará. Todo rebelde es, entre nosotros, más o menos, un soldado que no ha acertado en su vocación, un ser hecho para la vida heroica, y que usted dedica a una tarea contraria a su raza; mal obrero, demasiado buen soldado. Ahora bien, la vida que hace rebelde a nuestros trabajadores, haría feliz a un chino, a un felláh, seres que no son en absoluto militares. Que cada uno haga aquello para lo que está hecho, y todo irá bien”.[1]

Introducido en la Academia Francesa por Augustin Thierry, Renan elogia la obra de Gobineau y le escribe para felicitarle por su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas:

“Con él, ha hecho usted un libro de los más notables, lleno de vigor y de originalidad de espíritu. (…) un fuerza, una altura, una lógica, ¡qué no vacilo en calificar de admirables! Sus últimas páginas son verdaderamente sorprendentes por su vigor y su entusiasmo: las voy a citar… Una obra que solamente podrá ser bien comprendida o mal comprendida”.[2]

Renan se convence al leer la obra del diplomático francés de que las razas son desiguales y así lo declara en una carta a M. Strauss: “Rechazamos como un error, de hecho fundamental, la afirmación de que hay igualdad entre los individuos humanos y entre las razas; las partes elevadas de la humanidad deben determinar a las partes bajas”.[3]

            Desde su cátedra de hebreo llega a considerar que las lenguas semíticas han visto su desarrollo interrumpido, mientras que las indoeuropeas han seguido evolucionando sin cesar. Para ello tratará de probar que el semítico no es una lengua viva, y que por tanto, los semitas tampoco son seres vivos.

            Su opinión ante el resto de razas la manifiesta en el siguiente texto.

            “La muerte de un francés es un suceso de orden moral. La de un cosaco es un hecho fisiológico. En cuanto a la muerte de un salvaje, no es un hecho más considerable en el conjunto de las cosas que suceden en el correr de un minutero; y cuando de la muerte de un salvaje resulta una consecuencia, es siempre porque excita el pensamiento y la actividad de los hombres civilizados”. E. Renan

La clasificación de las razas en Renan

            Para Renan la raza inferior está constituida por los negros del África, los indígenas de Australia y los indios de América. Renan cree al principio que estas razas cubrían la Tierra, pero que fueron progresivamente eliminadas por miembros de otras razas superiores: “En efecto, por todas partes los arios y los semitas se encuentran a su paso, al llegar a establecerse a un país, razas medio salvajes, a las que exterminan “[4]

Lo característico de estas razas no es sólo el hecho de ser primitivas, sino que son incivilizables, ni capaces de progresar. “Por lo demás, no se tiene ni un solo ejemplo de una tribu salvaje que se haya elevado a la civilización”.

            En el siguiente escalón, Renan sitúa a las “razas intermedias”, es decir a la amarilla: chinos, japoneses, tártaros y mongoles. De ellas afirma que son susceptibles de ser civilizadas, pero sólo hasta cierto punto. Son poco productivas y potencialmente peligrosas: “Las razas tártaras (…) no se han comportado más que como plagas naturales para destruir la obra de los otros”.

            Por fin en el escalón superior de esta clasificación, Renán coloca a la “raza blanca” compuesta a su vez por las razas aria y la semítica, que “tienen en común el rasgo soberano de la belleza”. En su opinión estas dos razas jamás han conocido un estado salvaje y poseen la civilización en su sangre. “Estas dos razas nos aparecen por todos los lados con un cierto grado de cultura. (…) En consecuencia, debemos suponer que las razas civilizadas jamás han pasado por el estado salvaje y han traído en sí mismas, desde el comienzo, el germen de los progresos futuros”.[5] Para Renan únicamente estas dos razas han contribuido a la edificación de la civilización mundial.

            “Unos tras otros, los judíos, los sirios, los árabes han entrado en la obra de la civilización general y han desempeñado en ella su papel, como parte integrante de la gran raza tártara, ni siquiera de la china, que se ha creado una civilización aparte”.[6]

            El papel del resto de razas es meramente instrumental, pues para él la raza blanca es la única que está provista de la dignidad humana:

            “Puesto que la raza aria y la raza semítica (…) están destinadas a conquistar el mundo y a llevar de nuevo a la raza humana a la unidad, las otras razas o cuentan más que en calidad de ensayo, de obstáculo o de auxiliar”.[7]

            “La naturaleza ha hecho una raza de obreros, que es la raza china (…); una raza de trabajadores de la tierra, que es la negra (…); una raza de amos y soldados, que es la europea”.[8]

            La guerra se convierte en un instrumento de depuración de las razas. Para Renan las guerras de expansión son perfectamente legítimas, siempre y cuando no se desencadene entre “arios”, sino que permitan la conquista de los pueblos obreros y campesinos. En otras palabras, la guerra perfecta es la guerra colonial.

            “La conquista de un país de raza inferior hecha por uno de raza superior que se establece en él para gobernarlo, nada tiene de chocante”.[9]

            “La experiencia demuestra que todo pueblo inferior que queda en presencia de un pueblo superior, está condenado fatlamente a desaparecer bien pronto”.[10]

             “De la misma manera que es preciso condenar las conquistas entre razas iguales [Alemania hizo mal en vencer a Francia], en esa misma forma la regeneración de las razas inferiores o envilecidas, hecha por las razas superiores está dentro del orden providencial de la humanidad”.[11]

La ciencia como nueva religión

            Renan se va a convertir en un prosélito de la nueva religión de la ciencia. Para él es el rasgo más elevado de la humanidad, su mayor título de gloria.

            “El progreso de la investigación positiva es la más clara adquisición de la humanidad. (…) Un mundo sin ciencia significa la esclavitud, es el hombre dándole vueltas a la muela, sujeto a la materia, asimilado a la bestia de carga”.[12]

            En su obra “Origen del cristianismo” (1863-1881) afirma categóricamente que Dios no existe, niega el fundamento divino del cristianismo y da cuenta de la amenaza que representa el fenómeno de masas emergentes. En su opinión es la ciencia y sólo la ciencia la que puede revelar la verdad. Ahora bien, para que la ciencia pueda desempeñar su labor, la moral no debe de interponerse en su camino.

            “La ciencia para ser independiente, requiere no ser entorpecida por ningún dogma, al igual que es esencial que las creencias morales y religiosas se sientan al abrigo de los resultados a los que la ciencia puede ser llevada por sus deducciones”.[13]

            Defiende una autonomía para cada disciplina: ciencia y ética. Ahora bien esta autonomía es unidireccional, pues al final es la moral la que está supeditada al conocimiento científico que es el que en última instancia la que determina lo que es bueno y malo.

            Es precisamente en este tema donde ve Renan que puede haber confrontación. La filosofía, la moral y la religión postulan la unidad del género humano, así como su igualdad en derecho, pero la ciencia (su ciencia) le ha “demostrado” la desigualdad de las razas. Renan concluye rehuyendo este debate y se refugia en el mismo argumento que los iluminados ilustrados: ¡fuera dogmas!, ¡fuera religión!

            “Es evidente que esta fe en la unidad religiosa y moral de la especie humana, esta creencia en que todos los hombres son hijos de Dios y hermanos, nada tiene que ver con la cuestión científica que aquí nos ocupa”.[14]

            La defensa de la ciencia como soberana del conocimiento le permite afirmar a Renan que ésta es la máxima expresión de la razón y sobre todo de la razón política. Por ello un buen gobierno ha de ser “científico”:

            “El dogma que es preciso mantener a toda costa, es que la razón tiene como misión la de reformar a la sociedad conforme a sus principios”.

            “Yo sigo creyendo que la razón, es decir, la ciencia, logrará de nuevo crear la fuerza, esto es, el gobierno, en la humanidad”.

            “La ciencia es el alma de una sociedad, ya que la ciencia es la razón. Es ella la que crea la superioridad militar y la superioridad industrial. Algún día creará la superioridad social; es decir un estado de sociedad en el que se procurará la cantidad de justicia que sea compatible con la esencia del universo. La ciencia coloca a la fuerza al servicio de la razón”. [15]

Razas lingüisticas vs. Razas físicas

            Cuando Renan quiere ponerse en serio a estudiar las diferentes razas, siempre sigue el mismo procedimiento, eliminar de su análisis a más de la mitad de la humanidad. Así por ejemplo dice “colocando aparte a las razas decididamente inferiores, cuya intromisión en las grandes razas no haría más que envenenar a la especie humana”.[16] O bien cuando realiza el estudio de las religiones: “El mundo entero, si se exceptúa la India, la China, Japón y los pueblos decididamente salvajes, ha adoptado las religiones semíticas. El mundo civilizado no cuenta más que con judíos, cristianos o musulmanes”. Como se ve, los pueblos civilizados forman una “especie aparte”.

            Reconoce Renan que hay un error en atribuir a la raza aquello que pertenece propiamente a la nación. También diferencia la raza física, de lo que es cultura con la lengua como elemento definidor de esta. Algunos racialistas de la época confundían estos términos pero Renan les avisa del error.

            “No se puede sacar casi ninguna consecuencia de la ciencia del lenguaje para la ciencia de las razas antropológicas: hay razas lingüísticas, perdónenme este expresión, pero éstas nada tienen que ver con las razas antropológicas”. [17]

            Por lo tanto, cuando Renan habla de raza semítica y de raza aria, no quiere referirse a las razas físicas, sino a las lingüísticas.

            “La división de los semitas y los indoeuropeos, por ejemplo, fue creada por la filología, y no por la fisiología”.[18]

            “Puesto que la individualidad de la raza semítica no nos ha sido revelada más que mediante el análisis del lenguaje, análisis singularmente confirmado, cierto es, por el estudio de las costumbres, las literaturas, las religiones (pero no, señalémoslo, mediante el de la sangre o el de los cráneos), y puesto que esta raza, en cierta forma, fue creada por la filología, realmente no hay más que un criterio para reconocer a los semitas: y éste es la lengua”.[19]

En su opinión son cinco los pilares que definen una nación:

            “Desde el punto de vista de las ciencias históricas, hay cinco cosas que constituyen el patrimonio esencial de una raza, y dan derecho a hablar de ello como de una individualidad dentro de la especie humana. Esos cinco documentos, que demuestran que una raza vive de su pasado, son: una lengua aparte, una literatura caracterizada por una fisonomía particular, una religión, una historia, una civilización”.[20]

Pero de todas ellas la más importante es sin lugar a dudas la lengua, que es la que hace el espíritu de una nación.

            “El espíritu de cada pueblo y su lengua se encuentran en el más estrecho vínculo: el espíritu hace a la lengua, y ésta, a su vez sirve de fórmula y de límite al espíritu”.[21]

            Es aquí cuando Renan empieza a contradecirse, pues lo que en un principio había negado, más tarde declarará que entre la raza y la lengua existen nexos de unión muy fuertes.

            “Es, efectivamente, en la diversidad de las razas, donde debemos buscar las causas más eficaces de la diversidad de los idiomas”.

            “Todos los procedimientos gramaticales provienen directamente de la forma en que cada raza trató el pensamiento”.[22]

             “Puesto que para una raza la lengua es la forma misma del pensamiento, el uso de una misma lengua, si se continúa durante siglos, se convierte, para la familia que se encierra en ella, en un molde, un corsé, en cierta forma”.[23]

            De estas afirmaciones se concluye que lo que Renan defiende es un determinismo lingüístico, y por lo tanto cultural, en el que la raza determina la lengua, y esta a su vez la cultura de un pueblo. Este determinismo es tan radical que “si se es miembro de una raza jamás se puede escapar a su influencia; la educación no sirve de gran cosa”. Si se quiere mantener la civilización Renan hablará de que “la conservación y la propagación de la lengua francesa son importantes para el orden general de la civilización”.

            Precisamente es con la obra de Renan cuando los términos “ario” y “semita” dejan de designar exclusivamente a familias de lenguas, para ser aplicados a las “razas”, es decir, a los seres humanos. De esta manera se trasponen al plano de la cultura los prejuicios que vulgarmente se asociaban a la raza.

La cuestión de la raza semítica

            Renan siempre va a contraponer la raza semítica a la raza indoeuropea o aria. Mientras esta última representa el razonamiento, la verdad, la ciencia y la filosofía, la raza semítica representa la fe, la revelación y la religión. Aspectos todos ellos menores para el filólogo.

            “La búsqueda reflexionada, independiente, severa, valiente, filosófica, en una palabra, de la verdad, parece haber sido lo que le tocó en suerte a esta raza indoeuropea”.[24]

Esta superioridad aria se encuentra encerrada implícitamente en su lengua:

            “La lengua aria poseía una gran superioridad, sobre todo en lo que toca a la conjugación del verbo. Este maravilloso instrumento, creado por el instinto de los hombres primitivos, contenía en germen, toda la metafísica que debían desarrollar más tarde el genio hindú, el genio griego, el genio alemán. La lengua semítica, por el contrario, tiene, en lo que concierne al verbo, un punto de partida defectuoso. El mayor error que ha cometido esta raza (ay que fue el más irreparable) ha sido el de adoptar, como forma de tratar el verbo, un mecanismo tan mezquino que, para ella, la expresión de los tiempos y de los modos ha sido siempre imperfecta y farragosa. Todavía hoy, el árabe lucha en vano contra el pecado lingüistico que cometieron sus ancestros, hace diez o quince mil años”.[25]

            Como se puede ver aquí, la importancia que da Renan al determinismo cultural es tan grande que llega a absurdos de creer que los responsables del progreso o la miseria de un pueblo son los creadores de su lengua.

En cambio los semitas constituyen la que “es por excelencia la raza de las religiones, destinada a darles nacimiento y a propagarlas”.

            “Así, a la raza semítica se la reconoce casi únicamente por sus rasgos negativos: no tiene ni mitología, ni epopeya, ni ciencia, ni filosofía, ni ficción, ni artes plásticas, ni vida civil; en todo, ausencia completa de matices, sentimientos, exclusivos de la unidad”.[26]

            De tal manera que la única contribución importante del pueblo hebreo a la historia de las civilizaciones será la introducción del monoteísmo.

            “Desde el día en que transmitieron la Biblia hebráica a la ciencia europea (…), ninguna otra cosa esencial han realizado. (…) Una vez cumplida esta misión, la raza semítica decáe rápidamente y deja que la raza aria marche sola a la cabeza de los predestinados del género humano”.[27]

            Esta profecía se va a convertir en Renan en una amenaza: “En esta hora, la condición esencial para que la civilización europea se extienda, es la destrucción de la cosa semítica por excelencia”.

            Al cristianismo, como heredero del judaísmo, solo le caben dos alternativas: desprenderse de sus raíces hebreas…

            “El perfeccionamiento sucesivo del cristianismo, debe consistir en alejarse cada vez más del judaísmo, para hacer predominar en su seno el genio de la raza indoeuropea”.[28]

            … o bien perecer, siguiendo el programa de eliminación de la religión que los ilustrados de las Luces habían planteado un siglo antes.

            “El judaísmo y el cristianismo van a desaparecer. La obra judía va a tener su fin; por el contrario, la obra griega, es decir; la ciencia, la civilización racional, experimental, sin charlatanería, fundada en la razón y en la libertad, proseguirá sin final, y si este planeta llega a faltar a sus deberes, se encontrarán otros para empujar a ultranza el programa de toda vida: luz, razón, verdad”.[29]

            Para Renán la victoria final está en que “la gran raza indoeuropea llegue a asimilar a todas las demás”; sólo así “la raza aria se habrá convertido, tras miles de años de esfuerzos, en dueña del planeta que habita”.

Los principios del estado totalitario

            Uno de los textos más reveladores, y a la vez menos conocidos de Ernest Renán es el tercer Diálogo filosófico (1871). El personaje principal de la obra llamado Théoctiste expone allí, los principios del futuro Estado Totalitario. El filósofo e historiador Todorov realiza un estudio completo de esta visión de Renan:

“En primer lugar, los fines últimos de la sociedad no se deducen de las exigencias de los seres individuales, sino de las de toda la especie, incluso de la naturaleza viva en su conjunto. Ahora bien, la gran ley de la vida no es sino el «deseo de existir», más poderoso que todas las leyes y convenciones humanas; la ley de la vida es el reinado de los más fuertes, la derrota y la sumisión de los más débiles. En esta óptica, el destino de los individuos no tiene importancia, éstos pueden ser inmolados al servicio de un designio superior. «El sacrificio de un ser vivo a un fin deseado por la naturaleza es legítimo». Puesto que es preciso seguir en todo las leyes de la naturaleza, se impone un trabajo preliminar: el de conocer esas leyes. Ésta será pues la tarea de los sabios. Dominando el saber, a éstos les será naturalmente atribuido el poder”.[30]

            Enemigo de la democracia Renan plantéa que la política ha de someterse a la voluntad general, entendida esta, no como la opinión de la mayoría, sino como el sometimiento a la razón.

“Puesto que la finalidad de todo gobierno debe ser el mayor bien de la humanidad, de ahí se sigue que la opinión de la mayoría realmente no tiene el derecho a imponerse, más que cuando esta mayoría representa la razón y la opinión más esclarecida. […] El único soberano por derecho divino es la razón; la mayoría no tiene poder, más que cuando se supone que representa a la razón”

“El dogma que es preciso mantener a toda costa, es que la razón tiene como misión la de reformar a la sociedad conforme a sus principios”.[31]

Lo que Renan plantea es la sumisión del individuo a la colectividad y a la supervivencia de la especie. Supervivencia que a su vez sería responsabilidad de una élite de sabios “positivistas” que, conocedores de los secretos del universo, tienen el grave deber de prolongar el trabajo de la naturaleza mejorando la especie.

“La élite de los seres inteligentes, dueña de los más importantes secretos de la realidad, dominaría el mundo por medio de los potentes medios de acción que estarían en su poder, y haría reinar en él el máximo de razón posible”.[32]

La finalidad de esta ciencia sería perfeccionar la especie creando un nuevo hombre provisto de capacidades intelectuales y físicas superiores, eliminando si es necesario todos los ejemplares defectuosos de la humanidad. A fin de cuentas su labor sería “encargarse de la obra en el punto donde la ha dejado la naturaleza”.

“Una aplicación importante de los descubrimientos de la fisiología y del principio de selección, podría llevar a la creación de una raza superior que tuviera derecho de gobernar, no solamente un virtud de su ciencia, sino en la de la superioridad misma de su sangre, de su cerebro y de sus nervios”.[33]

Un estado que persiga estos objetivos no puede ni debe ser democrático, pues no se trata de dar el poder a todos, sino reservarlo para los mejores; no cultivar la igualdad, sino favorecer el desarrollo de los superhombres. “La gran obra se realizará por la ciencia, no por la democracia”.

Pero para que el nuevo Estado cientifista pueda funcionar bien, habrá de proveerse de una herramienta muy eficaz y esta es el terror. Las antiguas tiranías crearon su propio terror basado en la amenaza del infierno. Pero para Renan esta amenaza es demasiado frágil, máxime cuando los hombres han dejado de creer en el diablo y en el infierno, y por ello creen que todo les está permitido. Propone por tanto “no un infierno quimérico, de cuya existencia no se tengan pruebas, sino un infierno real”.

La creación de ese lugar—de ese campo de la muerte que haría nacer el espanto en todos los corazones y produciría la sumisión incondicional de todos—se justifica, pues serviría para el bien de la especie. «El ser en posesión de la ciencia pondría un terror ilimitado al servicio de la verdad». Para establecer esta política de terror, el gobierno científico tendrá a su disposición un cuerpo especial de individuos bien entrenados, «máquinas obedientes liberadas de repugnancias morales y dispuestas a todas las ferocidades». Encontraremos de nuevo esta exigencia, cincuenta años más tarde, en Dzerzhinski, el fundador de la policía política soviética, la Cheka, que describió a sus subordinados como «camaradas decididos, duros, sólidos, sin estados de ánimo».[34]

Gran parte de este terror se conseguiría con la invención del “arma absoluta”. Un arma que asegure la destrucción inmediata de gran parte de la población enemiga. Esa sería la forma de asegurarse la dominación universal:

«Mediante la aplicación, cada vez más generalizada, de la ciencia al armamentismo será posible un dominio universal, y este dominio quedará garantizado, en manos de quienes dispongan de este armamento.

En efecto, el día en que algunos privilegiados de la razón poseyeran el medio de destruir el planeta, su soberanía estaría creada; estos privilegiados reinarían por el poder absoluto, puesto que tendrían en sus manos la existencia de todos».[35]

El propio Renan augura que el germen donde se desatará esta guerra por el gobierno mundial se encuentra en Alemania pues “muestra poca preocupación por la igualdad y por la dignidad” humana.

“El gobierno del mundo mediante la razón, si debe tener lugar, parece más apropiado para el genio de Alemania, que muestra poca preocupación por la igualdad e, incluso, por la dignidad de los individuos, y que tiene por finalidad, ante todo, la de aumentar las fuerzas intelectuales de la especie”.[36]

Como dice Todorov el utopismo cientifista está en el corazón del proyecto totalitario, y así lo vemos tristemente en el desarrollo de los grandes totalitarismos del s. XX, donde su eficacia política se basó en el control del terror y el desarrollo de potentes estructuras asesinas: campos de extreminio, gulags, bomba atómica, ingeniería genética, control de la reproducción, etc.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Ernest Renan. La reforme intellectuelle et morale, 1871. cit. por Aime Cesaire, Discurso sobre el colonialismo. P. 8 y 9.
[2] Renan. Lettre a Gobineau. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 136
[3] E. Renan. Nouvelle lettre a M. Strauss, p. 455). Idem.
[4] Renan. Histoire générale, p. 585. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 133
[5] Idem. p.134
[6] E. Renan. Cit. Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 135
[7] E. Renan. El porvenir de la ciencia, 1890. Idem. p. 137
[8] E. Renan. La reforma intelectual y moral de Francia. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 137
[9] E. Renan. Cit. Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 138
[10] Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 133
[11] E. Renan. Cit. Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 138
[12] E. Renan. L´instruction superievre en France. Idem. p. 144
[13] E. Renan. Histoire génerale et sistema comparé des langues sémitiques. Idem. p. 145
[14] E. Renan. Historia general, p. 563. Cit. Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 138
[15] E. Renan. Cit. Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 148
[16] E. Renan. Lettre a Gobineau. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 168
[17] E, Renan. Des services rendus…, p. 1224. Idem. p. 170
[18] E. Renan. El origen del lenguaje. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 170
[19] E. Renan. Histoire générale, p. 180. Idem. p. 170
[20] E. Renan. La sociedad bárbara. Idem. 171
[21] E. Renan. Idem.
[22] E. Renan. El porvenir de la ciencia. Idem. p. 172
[23] E. Renan. Historia del pueblo de Israel. Idem
[24] E. Renan. L´origine du langage, p. 98. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 174
[25] E. Renan. Idem. p. 175
[26] E. Renan. Idem. p. 176
[27] E. Renan. L`avenir religieux…”, p. 242. Idem. p. 176
[28] E. Renan. L´avenir religieux…”, p. 240. Idem. p. 176
[29] E. Renan. Historia del pueblo de Israel. Idem.
[30] Tzvetan Todorov. Memoria del Mal, Tentación del Bien. Indagación sobre el Siglo XX. Barcelona.
[31] E. Renan. L´avenir de la science, p. 1001. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 148
[32] E. Renan. Historia general, p. 563. Cit. Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 192
[33] E. Renan. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 194
[34] Tzvetan Todorov. Memoria del Mal, Tentación del Bien. Indagación sobre el Siglo XX. Barcelona.
[35] E. Renan. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 194
[36] E. Reanan. Idem. p. 195
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