9.1. Chamberlain y la raza teutónica

En la Europa de la segunda mitad del siglo XIX aparecerá uno de los teóricos más importantes del racismo, ya que será quien promueva y divulgue las ideas de Gobineau. Su obra “Los fundamentos del siglo XIX” publicada en 1899, pronto se convertirá en una referencia principal para el movimiento pan-germanista de principios de los años 20, y más tarde de la filosofía racial nazi desarrollada por Adolf Hitler y Alfred Rosenberg.

Houston Stewart Chamberlain nació el 9 de septiembre de 1855 en Jouthsen (Inglaterra). Prácticamente toda su educación la recibe en el extranjero en un Liceo en Versalles. Graves problemas de salud le obligaron a viajar por distintos balnearios de Europa acompañado por un tutor prusiano llamado Herr Otto Kuntze, quien le enseñó alemán y le formó en la historia y cultura alemana.

Los estudios universitarios los realizó en Ginebra, donde estudió botánica, geología, astronomía, anatomía y fisiología del cuerpo humano. Fue en Ginebra donde tuvo como profesor al biólogo darwinista Karl Voght (1817-1895), claro representante del materialismo científico (Lecciones sobre el hombre, 1808) y gran defensor de la tipología racial.

Posteriormente vivió en Dresde donde se sumergirá en los escritos filosóficos de Kant, Nietzsche y Wagner. Estos tendrán una gran influencia en Chamberlain convirtiéndole en un voelkish (autor del pueblo).

En 1889 se traslada a Austria. Será en este país donde sus ideas sobre la raza comenzaron a tomar forma. Influido por la obra de Arthur Gobineau y Richard Wagner postulará la idea de la supremacía de la raza teutónica.

En su estancia en Dresde se casará con la prusiana Anna Host de quien se divorció en 1905, para tres años después casarse con Eva Wagner, hija del famoso compositor alemán Richard Wagner y su esposa Cosima. El matrimonio Wagner tendrá una influencia decisiva sobre Chamberlain, ya que será quien le introduzca en los escritos del francés Arthur de Gobineau. La admiración de Chamberlain por Wagner le llevó a escribir varias artículos basados en sus óperas, “Notas sobre el Lohengrin” (1892), un análisis sobre el drama en Wagner (1892) y una biografía (1895), además de la numerosoa correspondencia que entre ellos mantuvieron. En 1909 se traslada a Alemania y se convierte en un importante miembro del “Círculo de Bayreuth” formado por intelectuales nacionalistas alemanes, y del que participará también el joven Adolf Hitler.

Dos años después del estallido de la Primera Guerra Mundial, Chamberlain adquiere la ciudadanía alemana. Trabajará para el gobierno creando propaganda para el régimen del Kaiser. Será precisamente, de manos de este de quien recibirá la Cruz de Hierro por los servicios prestados durante la contienda como propagandista.

En 1923, poco antes de escribir “Mein Kampf”, Adolf Hitler visita a Chamberlain quien sostiene que “hay una fuerza que viene del caos y lleva al caos, pero también hay una que está destinada a crear un nuevo mundo”. Esta fuerza renovadora, según Chamberlain le correspondería al mismo Hitler.

Su salud empeoró después de la guerra, dejándole parcialmente paralizado hasta su muerte en 1927 en la localidad de Bayreuth.

En el campo de las ciencias naturales, Chamberlain realizó investigaciones sobre la transpiración de las plantas, en las que decía que existe una “fuerza vital” que permite el transporte de los fluidos a través de las plantas.

Profundo defensor de la Welteislehre de Hans Hörbiger, según la cual los planetas de nuestro sistema solar se encontrarían cubiertos de hielo. La influencia de Chamberlain en este aspecto es tan grande que la doctrina del “eterno hielo” se convirtió en el dogma cosmológico oficial durante el Tercer Reich.

Los fundamentos del racismo en Chamberlain

            En 1899 Houston S. Chamberlain escribe su obra más importante y más conocida, “Los fundamentos del siglo XIX” (Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts). Este trabajo, escrito en alemán, defiende la controvertida idea de que la civilización occidental está profundamente marcada por la influencia de los pueblos teutónicos. Chamberlain agrupará a todos los pueblos europeos, no solo alemanes, sino celtas, eslavos, griegos y latinos en la “raza aria”, una raza originada en la antigua cultura Proto-Indoeuropea. A la cabeza de esta super-raza, se encontrarían los pueblos nórdicos o teutónicos.

“Algunos antropólogos enseñan que todas las razas están igualmente dotadas; pero la historia responde que esto es una gran mentira. Las razas humanas son claramente diferentes en su naturaleza y también en la medida de sus dones, perteneciendo las razas germánicas a las más dotadas del grupo ario… Física y mentalmente los arios predominan en todos los pueblos por lo que son, y por derecho son… los amos del mundo”. H.S. Chamberlain. Los fundamentos del siglo XIX.

            El libro de Chamberlain se centró en la idea de que los pueblos teutónicos fueron los herederos de Grecia y Roma, pero que estas civilizaciones cayeron por mezclarse con razas semitas. Cuando las tribus germánicas destruyeron el imperio romano, dominado entonces no por europeos sino por los judíos, no hicieron otra cosa que liberar a la civilización occidental de la dominación semita.

Los escritos de Arthur Gobineau influirán mucho en la obra de Chamberlain, para quien el concepto de raza aria no era simplemente un término étnico-lingüístico, sino que era un ideal abstracto que agrupaba a una élite racial. La raza aria o noble, en su superioridad habría ido históricamente suplantando a los pueblos inferiores en la lucha por la supervivencia evolutiva.

            Para Chamberlain lo que define a la raza no son ni los caracteres externos, como la forma craneana, el color de la piel o el cabello, etc. ni tampoco el idioma. Lo que a su modo de ver es más decisivo es el sentimiento instintivo de solidaridad que se anuncia por la voz de la sangre.

            Sobre los postulados de Gobineau y de Georges Vacher de Lapouge, Chamberlain elaborará una teoría relativamente compleja de los orígenes raciales basada en características físicas y rasgos culturales. Para él no existe en la actualidad razas puras, y por tanto todas las existentes son producto de mestizajes.

Houston S. Chamberlian adoptó una argumentación acientífica similar a la de Gobineau:

“¿Por qué hemos de entrar en largas investigaciones científicas para determinar si existen diferentes razas y si el origen racial tiene valor, cómo es eso posible, etc.? Invirtiendo la cuestión decimos: es evidente que hay diferencias raciales; es un hecho de experiencia inmediata que la genealogía de una raza es de importancia decisiva; todo lo que hay que hacer es investigar cómo se produjeron esas diferencias y por qué están allí. No debemos negar los hechos para proteger nuestra ignorancia”.[1]

            La ausencia de método científico en Chamberlain se revela al reconocer, en una carta a Cósima Wagner, haberse valido de una treta diplomática [einen diplomatischen Schachzug] para probar sus puntos de vistas (22 de mayo de 1899).

La higiene racial como medio de evolución de la raza aria

Como haría Gobineau, Chamberlain también manipula la historia y realiza una lectura parcial favorable a sus intereses. En todo período cultural ve el resultado del espíritu germánico que daría vida a todas las grandes civilizaciones, pues están provistos por la naturaleza misma de las cualidades espirituales y psicológicas que les destinan a ser los amos del mundo. En Los fundamentos explica como los germanos han jugado un papel preponderante como casta dirigente en pueblos no germánicos como los franceses, italianos, españoles, rusos, etc. Incluso las grandes culturas del Oriente deben su esplendor a la influencia de la sangre germánica, hasta el momento en que entraron en decadencia debido a su mezcla con razas inferiores, cediendo la tensión espiritual y la voluntad de poder. Para Chamberlain los pueblos germanos entran en la historia alrededor del año 1200, suponiendo el “ascenso de un nuevo mundo” a la civilización europea. Ese proceso histórico, aún en marcha, consiste en el “ascenso gradual de un mundo teutónico” en el que “los elementos extraños no teutónicos serán hundidos como si fueran barcos piratas”.

En sus escritos encontramos una grave preocupación por la mezcla racial y la importancia de una crianza pura, sin cruzamientos.

“…Quien quiera recorra la corta distancia de Calais a Dover siente como si hubiera llegado a un nuevo planeta, tal es la diferencia entre franceses e ingleses a pesar de los muchos lazos que los unen. Al mismo tiempo el observador puede ver en este ejemplo el valor de una crianza más pura, sin cruzamientos. Por su posición insular Inglaterra está prácticamente aislada y allí se ha forjado la raza que en este momento es innegablemente la más fuerte de Europa”.[2]

Esta crianza de los “puros” habría de llevarse a cabo de la siguiente manera:

“Es una ley fundamental que el desarrollo de una gran civilización requiere antes que nada una estirpe excelente, luego crianza sin cruzamientos de razas, con adecuada selección y finalmente una antigua mezcla de linajes distintos pero estrechamente emparentados y de gran calidad, a lo que debe seguir no obstante un período de aislamiento.”[3]

            A diferencia de Gobineau, para Chamberlain el cruce de razas no es perjudicial, al contrario puede ser beneficioso, siempre que este se realice entre razas afines; pues una raza noble se gesta tan sólo poco a poco por la mezcla con razas más o menos equivalentes. En este sentido Chamberlain se acerca más a las teorías darwinistas, pues no considera a la raza como el punto de partida que veía Gobineau, sino como el resultado de la evolución. La raza en Chamberlain aparece por selección natural en la lucha por la existencia, que extirpa a los ineptos y sólo deja en pie a los fuertes, a los individuos más capacitados para la reproducción de la especie. Por eso la raza es el resultado final de un proceso continuo de lucha en la que los débiles perecen y los fuertes sobreviven.

            Si la raza no es el punto de partida, sino el punto de llegada, entonces la aparición de las razas nobles está garantizada por el progreso, siempre que esta raza superior dominante comprenda las lecciones de la historia y eluda el caos racial que le amenaza y lleve a cabo una eficaz política de higiene racial. En este punto Chamberlain menciona las experiencias del ganadero y muestra cómo se produce una raza noble de caballos, de perros o de cerdos.

            Para Gobineau el principio es la raza, por ello los conceptos de nación o de patria no significaban para él nada. Chamberlain que creía en la posibilidad de crear una raza noble, quería educar a la nación para la pureza racial. Por eso vió a la nación alemana como la más apropiada para este fin, pues por ella todavía circulaba en sus venas la sangre germánica.

            Ahora bien si los nobles germanos poseen todas las excelencias físicas, espirituales y psicológicas imaginables, ¿qué les quedaba al resto de los pueblos de la Tierra? Absolutamente nada, tan solo la posibilidad de someterse incondicionalmente a la orgullosa raza soberana.

La raza semita como antítesis de la raza aria

   Para Chamberlain la “raza aria” era lo opuesto a la “raza semita” o “raza judía”, la cual constituiría una “infusión de veneno en el cuerpo político europeo”.

Según este autor, el judío moderno (Homo judaico) mezcla algunas características de los hititas (Homo syriaca) en particular la “nariz judía”, la barbilla, su astucia y la gran afición por la usura, con las características de los beduinos árabes (Homo arábicus), como su cráneo dolicocéfalo, su cuerpo grueso y una tendencia antiintelectual destructora. La enorme diferencia entre estas dos razas comprometería el mestizaje.

“Históricamente todas las grandes razas y naciones se han producido por la mezcla, pero siempre que la diferencia es demasiado grande para servir de puente, se producen mestizos. Este es el caso del cruce entre beduinos y sirios, el cual fue – desde un punto de vista anatómico – probablemente peor que entre el español y el indio de América del Sur”. H.S. Chamberlain. Los fundamentos del siglo XIX.

El judío, término que en Chamberlain engloba a todo lo semítico, sería el factor degenerador de la cultura occidental teutónica.

“…los arios cometieron el fatal error de proteger a los judíos (bajo el rey persa Ciro) y así permitieron que el germen de la intolerancia semítica esparciera su veneno por la Tierra durante milenios, una maldición contra todo lo que es noble y una vergüenza para el cristianismo”. H.S. Chamberlain (Los fundamentos del siglo XIX)

Su tesis fundamental será mantener la pureza racial germánica luchando contra los elementos extraños al germanismo: el espíritu católico y el judaísmo.

Para Chamberlain no existe algo que se llame `humanidad´, ya que no todos los elementos humanos han contribuido al progreso de la civilización, aspecto que tan solo se reserva a la raza teutónica.

“Tan pronto como hablamos de la humanidad en general, tan pronto como creemos ver en la historia un desarrollo, un progreso, una educación de la `humanidad´, abandonamos el terreno firme de los hechos, para movernos en vacuas abstracciones. Esa humanidad sobre la que tanto se ha especulado filosóficamente adolece, en efecto, de un mal bastante grave y es que, sencillamente, no existe… Hay que arrancarla cuidadosamente como la mala hierba…, para poder proclamar con cierta esperanza de ser escuchados esta evidente verdad: nuestra civilización y cultura actuales son específicamente germánicas, son exclusivamente la obra del germanismo”.[4]

Su odio hacia los judíos le llevó a afirmar que un niño germánico, cuyos sentidos no hayan sido corrompidos, y que no esté perturbado por los prejuicios de los adultos, era capaz de detectar instintivamente la presencia de un judío.

Pero no todos los judíos son malos para Chamberlain. En su opinión los judíos españoles, los llamados sefarditas eran buenos, al contrario de los aschkenasim, judíos de los países nórdicos a los cuales profería un absoluto desprecio. Pero ¿por qué esta preferencia por los sefarditas? Pues porque en ellos veía a godos que se habían convertido en gran número al judaísmo… Este tipo de afirmaciones absurdas es fácil encontrarlas en la obra de Chamberlain sobre las razas.

Nazismo y “neocristianismo ario”

            Según Chamberlain, la historia moderna es la lucha entre romanos y germanos. Según él el mundo romano acabó siendo un gran caos étnico que sucumbió al comprometerse con la Iglesia Católica lo que le llevó a su decadencia y final. Por eso el Cisma protestante se convierte en la gran gesta de la cultura germánica, por la cual el cristianismo recibe su verdadero contenido y cometido. Un único aspecto quedaría por solucionar en todo este edificio especulativo y es el hecho de que los cristianos tengan a Jesús el judío, como abanderado de su religión.

Con el propósito de crear un cristianismo ario, limpio de toda contaminación semita, Chamberlain llegó a sostener la absurda idea de que Jesús de Nazaret, no fue judío de raza, sino que fue un ario de ojos azules y cabellos rubios. Para ello empleará un burdo argumento según el cual Galilea haría referencia a un término ario-céltico, en donde se habrían asentado en tiempos de Jesús, una comunidad helénica de raza aria, separada del resto de Israel. La misma denominación Galilea significaría “Tierra de Gentiles”, esto es, de “no judíos”. Más adelante algunos “teólogos” pro-nazi desarrollarían esta idea del Jesús ario.

“No es aceptable dejar al margen la raza como dato desdeñable; menos lo es proclamar cualquier afirmación falsa sobre la raza y permitir que la mentira histórica cristalice en un dogma incuestionable. Quien declare que Cristo era judío es ignorante o insincero; ignorante cuando confunde la raza con la religión, e insincero cuando conoce la historia de Galilea y en parte oculta y tergiversa los hechos para favorecer sus propios prejuicios religiosos o para congraciarse con los judíos. La probabilidad de que Cristo no fuese judío, de que no tuviese ni una gota de sangre puramente judía en las venas es tan grande que casi equivale a una certeza. ¿A qué raza pertenecía? Ésta es una cuestión para la que no existe respuesta”.

Para Chamberlain Jesús era un producto superior de la raza aria, “Cristo […] fue el Dios de los jóvenes y vigorosos indoeuropeos”. Richard Wagner solía creer las historias sobre los elementos raciales arios de Jesús. Su ópera Parsifal contiene imágenes del joven caballero Parsifal como Cristo pagano y redentor. Esta historia narra las visicitudes de una orden santa de caballeros cuyo principal cometido era salvaguardar el Santo Grial. Este cáliz que contenía la sangre de Cristo era un poderoso símbolo Völkisch. El recipiente sagrado de la sangre aria pura.

El cristianismo que Chamberlain imagina sería la expresión suprema del espíritu ario, una fe religiosa en la que se revela el alma germánica, siempre y cuando se elimine todo tipo de influencia semítica posterior.

Ideas similares encontramos en diversos autores contemporáneos. Albrecht Wirth ve en el cristianismo una consecuencia del espíritu judiohelénico, que maduró cuando “los despreciados judíos salieron de la miseria del mundo externo para construirse un mundo interior más alto” (Alberche Wirth. Das auf und ab der volver, pag.84. Leipzig, 1920). Eugen Dühring, rechazará el cristianismo, ya que por su culpa se judaizó el espíritu ario (Eugen Dühring, Die judenfrage als frage der rassenschädlichkeit für exislens sitie und kultur der völker). Ludwig Neuner acusa a los reyes francos de haber privado a los antepasados arios la “propia fe, surgida de la consideración ingenua de la naturaleza, destruyéndola de raíz”, habiéndoles impuesto, en cambio, “un sistema religioso rígido de carácter manifiestamente internacional”. Erich Mahlmeister repetirá en su Für deutsche Geistesfreiheit ideas de Nietzsche, cuando dice que el cristianismo es una religión de esclavos: “El cristianismo no es viril, es de esencia servil, opuesto directamente a la esencia alemana”. Sobre la persona de Cristo, este autor se pronuncia de la siguiente manera: “El repudiado traidor al país de una raza odiada, es el dios ante el cual debe arrodillarse el alemán”.

En estos autores como en Günther, Hauser y Clauss se percibe el deseo de adoptar el cristianismo protestante como movimiento espiritual de la raza nórdica. Lapouge reconocería que el protestantismo sería un ensayo para adaptar el cristianismo a las características propias de la raza aria.

Chamberlain se declara enemigo decidido de la Iglesia Católica y señala, en sus Fundamentos, el origen semita del papado. Para él el catolicismo representa las antípodas del espíritu germánico, que no reconoce ninguna casta sacerdotal organizada y está sentimentalmente lejos de la idea de una jerarquía mundial. Para Chamberlain el Cisma protestante es la rebelión del hombre nórdico contra el cesarismo semita de Roma y, en general, uno de las grandes gestas espirituales del germanismo.

Houston S. Chamberlain aplica su análisis racial a la raza vasca, descargando todo su odio hacia la Iglesia Católica en la figura de S. Ignacio de Loyola, vasco de nacimiento y fundador de la Compañía de Jesús.

“Toda la constitución espiritual de este vasco nos lleva a lejanos pasados milenios…: sus antepasados han vivido separados desde hace muchísimo tiempo de estos arroyos que confluían en la gran corriente de lo ario, orgullosos de sus características y orgánicamente incapaces de aprender interiormente algo de cualquier otra raza. La excepcional significación de Ignacio radica en la sobresaliente grandeza de su carácter: por eso vemos en él, lo no germano y lo por necesidad antigermano, clara y magramente es decir en forma significativa. Casi se podría afirmar que la extraña raza vasca cazada, expulsada, perseguida por los indoeuropeos en su avance se ha querido vengar por medio de Ignacio de sus vencedores.”[5]

La arbitrariedad de estos planteamientos se muestra claramente porque precisamente otros autores llegan a las conclusiones contrarias siguiendo un mismo razonamiento racial. Por ejemplo Ludwing Woltmann dirá que el papado es un producto genuino del germanismo y para ello intentará por todos los medios demostrar que la mayoría de los Papas tuvieron un origen germánico. De entre todos destacará a Hildebrant (Gregorio VII), quien para Woltmann fue el verdadero fundador del poder mundial del papado. Otto Hauser explica esta aparente contradicción como sigue:

“Está en el hambre de poderío del hombre nórdico, en su aspiración a actuar con todas sus energías, algo que le induce a valerse de cualquier medio. Se sabe cuán frívolamente juzgaron algunos Papas el papado y el cristianismo. Así, el papado está representado, periódicamente, en una línea casi ininterrumpida, por germanos, pero, sin embargo, como una ídea no germánica, no nórdica”.[6]

La influencia de Chamberlain en la construcción del racismo

            Los fundamentos del siglo XIX, fueron un claro éxito de ventas. En los diez primeros años se realizaron ocho ediciones y se vendieron más de 60.000 ejemplares. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial se vendieron unas 100.000 copias y para 1938 ya se habían realizado 24 ediciones, con casi medio millón de libros vendidos.

            La obra de Chamberlain se leyó ampliamente en Europa, especialmente en Alemania cuya unificación se había realizado recientemente en 1870 y se estaba convirtiendo en una gran potencia mundial. Las teorías racistas de Chamberlain resultaban extraordinariamente halagadoras a los oídos alemanes, principalmente entre las élites conservadoras quienes la acogieron favorablemente. El propio Guillermo II, tenía a Chamberlain entre sus favoritos, por ello se aseguró que su obra encontrara una difusión lo más amplia posible. Se creó un fondo especial con sus obras que fue protegido por el emperador en persona. Él se encargó de que se distribuyeran copias entre el ejército alemán, entre las bibliotecas del país además de incluirlo como libro de texto en los programas escolares de todo su Imperio. El exkaiser escribió en sus memorias:

            “El germanismo, en toda su magnificencia, ha sido tan sólo explicado y predicado al asombrado pueblo alemán por Chamberlain, en sus Fundamentos del siglo XIX. Pero sín éxito, como demuestra el derrumbamiento del pueblo alemán”.[7]

Chamberlain vivió lo suficiente para ver que sus ideas comenzaron a dar su fruto en el nacionalismo alemán como ideología marco del nacionalsocialismo. Adolf Hitler le visitó en varias ocasiones en 1923 y en 1926 junto con Joseph Goebbels. En Los Fundamentos del s. XIX encontramos el germen del racismo nacionalsocialista que fundamentará la política de la Alemania nazi de Adolf Hitler. Ambos se profesarían mutuas muestras de admiración, que quedan recogidas en la prolífica correspondencia que mantuvieron entre si:

“Mi fe en la causa alemana no había decaído jamás, aunque sí debo reconocer que mi esperanza había sufrido una depresión profunda. Mi estado de ánimo se siente ahora renacer, gracias a usted. El hecho de que Alemania haya podido engendrar, en la hora de máximo peligro, un Hitler, es una prueba de su vitalidad…”[8]

            Chamberlain se sumó al partido nazi y contribuyó en sus publicaciones. La revista del partido Völkischer Beobachter publicó cinco columnas alabándole por su 70 cumpleaños. En ellas reconocían la obra de Los fundamentos como la “Biblia del movimiento nazi”. El mismo Hitler asistirá en 1927 a su funeral, junto con varios altos cargos del partido nazi.

            El principal ideólogo del racismo nazi, Alfred Rosenberg, reconoció que quedó gratamente cautivado por la lectura de “Los fundamentos del siglo XIX”. En 1930 Rosenberg publicó “El mito del siglo XX” donde realiza un homenaje a la obra de Chamberlain.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] H.S. Chamberlain. Cit. Franz Boas. Cuestiones fundamentales de Antropología cultural, 1964. P. 39
[2] H.S. Chamberlain. Idem. p. 39
[3] H.S. Chamberlain. Cit. Boas Franz – Cuestiones Fundamentales De Antropologia Cultural, 1964.
[4] H.S. Chamberlain. Citado por Historia universal Salvat. Ed. Salvat, 1999. P. 208
[5] H. S. Chamberlain. Los fundamentos del s. XIX. Cit. J. Garate. Chamberlain y los vascos. Revista Internacional de los Estudios Vascos; Nº 4 – Octubre-Diciembre – 1927
[6] Otto Hauser: Die Germanen in Europa. Cit. Rudolf Rocker. Nacionalismo y cultura. Edición cibernética, marzo del 2007.
[7] Guillermo II. Cit. Rudolf Rocker. Nacionalismo y cultura. Edición cibernética, marzo del 2007.
[8] Carta de Chamberlain a Hitler, 1923. Citado por Historia universal Salvat. Ed. Salvat, 1999. P. 208
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