9.3. Nietzsche y el superhombre

Friedrich Wilhelm Nietzsche (1845-1900), filósofo y filólogo alemán, es uno de los autores de gran relevancia en el pensamiento de la segunda mitad del s. XIX, y que va a influir en muchas de las corrientes ideológicas del s. XX. Su postura filosófica se denominará vitalismo, por ser la vida (entendida como pura biología) y la voluntad de poder la base de su pensamiento. Su reflexión sobre el proceso de secularización que sufre occidente desde la Ilustración, le llega a afirmar que “Dios ha muerto”, pues la ciencia y la tecnología han ocupado su lugar. Pero lo característico de Nietzsche no son los temas sobre los que reflexiona sino su agresivo estilo de filosofar: “a golpes como el martillo” como gustaba describirlo él.

La teoría de la selección natural de Darwin ejercerá una gran influencia en Nietzsche. Para este pensador alemán el ser humano común es demasiado humano, es decir, demasiado imperfecto como para ser la cima de la evolución. Por ello, el hombre no es un fin sino un medio, un eslabón más de la cadena evolutiva que conduce hacia el “Superhombre” que ha de venir. El progreso sería aquello que dirige a la biología en esa dirección, lo contrario sería retroceso, involución y vuelta a la animalidad. Por lo tanto sólo queda como salida la lucha por la supervivencia, que sería la clave del progreso. Los débiles caen en esta lucha, sólo los espíritus fuertes prevalecen y son capaces de superarse. La muerte y el sufrimiento adquieren así un sentido ecológico, ya que la eliminación de los débiles y enfermos contribuye a mejorar la raza humana y preparar el advenimiento del “Superhombre”. El futuro y el progreso es lo importante, no el pasado.

Desde joven Nietzsche ya se siente poseído por una misión vital cuyo objetivo es la producción de una raza superior de hombres (no mujeres, aunque con su colaboración) fuertes, dominadores, genios, prepotentes, sin escrúpulos, que eliminen a los infrahombres inferiores débiles deficientes y que los tengan esclavizados a su servicio.

Algunos autores se resisten a considerar a Nietzsche como un pensador racista, pero su forma de entender la historia y el destino de los hombres como un mero proceso biológico que apunta a una culminación evolutiva en el tiempo, acerca su pensamiento a la forma de pensar de los ideólogos del racismo. De hecho Nietzsche será influido por estos, e influirá en los posteriores.

Odio y desprecio por la raza humana

Nietzsche es en realidad el superracista por excelencia en cuanto odia a la raza humana por humana. Odia al hombre, odio al varón y aún más a la mujer: “Hay días en que me invade un sentimiento más negro que la melancolía más negra: el desprecio de los hombres”. En su búsqueda del superhombre bestializa todas las facultades y sentimientos específicamente humanos.

“Nietzsche  es superracista. Así se declara él en sus textos. Odia la raza humana por ser humana, demasiado humana, y más las razas degeneradas. Está poseído desde joven por una obsesión maniática de supervaloración de sí mismo como genio único sobrenatural, de una antropofobia visceral, que le lleva a hacer ostentación de inhumanismo, a pretender transformar al hombre por una parte en un dios mítico, y por otra, en un bárbaro, un animal irracional, un monstruo. Nietzsche bestializa todas las facultades y sentimientos específicamente humanos: la inteligencia, el amor, la solidaridad y las sustituye por instinto, saña, rapiña”.[1]

Las más de 5.000 menciones que hace Nietzsche de “hombre” (Mensch, human), reniega de la condición humana con todos sus elementos específicos. Para él el ser humano no es sino un tránsito entre el animal y el superhombre (superbestia) que llegará en un próximo futuro si se promueve la reprodución o cría de una raza humana fuerte, superior, nueva: “El hombre es una soga extendida entre el animal y el superhombre: una soga suspendida sobre un abismo”. Para conseguirlo, Nietzsche no duda en utilizar medios criminales: despreciando y sometiendo o aniquilando a los infrahombres, a las razas inferiores, contrariando la evolución natural que no es selectiva, por medio de la desintegración de la familia y mediante una selección dirigida artificial hacia los más fuertes para que con su voluntad de poder dominen sobre los más débiles. Nietzsche propone, en virtud de la economía de la vida, la aniquilación de muchas especies de hombres, la amputación de las partes “dañadas” del organismo social y la eliminación de la “mataria inútil” para la sociedad: “El hombre es algo que hay que vencer y superar. ¡Yo alzo aquí el martillo que puede con él!”.

“Mi visión global. Principio primero: el hombre como especie no está progresando. Los tipos superiores se consiguen pero no permanecen. El nivel de la especie no sube. Principio segundo: el hombre como especie no establece un adelanto respecto a los demás animales”.[2]

A la gente común los denominará infrahombres, a los que dedica un gran número de términos despectivos: masa, multitud, plebe, pueblo, rebaño, chusma, mongoles, pobres, enfermos, humildes, siervos, esclavos, vagos, parásitos, inñutiles, deficientes, desgraciados, descastados, degenerados, malogrados, malos (de calidad), débiles, incluido el sexo débil.

Nietzsche manifiesta una obsesión enfermiza por los que él denomina “tipo inferior de hombre” (infrahombres), a los que desearía ver exterminados. En “El origen de la tragedia” (1872) declara que es necesaria “la purificación de la raza”, una higiene racial. “La especie necesita la extinción de los discapacitados, débiles y degenerados”.

“El auténtico amor a los hombres exige sacrificio por el bien de la especie, es duro, requiere abnegación, porque exige víctimas humanas. Y la pseudo-humanidad, llamada cristianismo, quiere mantener el que nadie sea sacrificado. Las propiedades específicas de la vida están en el hombre grande: injusticia, mentira, explotación, al máximo. Aunque han actuado con prepotencia violenta se les ha dado una interpretación bondadosa, como ha hecho Carlyle”.[3]

En la obra “Ecce homo” (1888) Nietzsche afirma que “El ocaso de los ídolos” es un anticipo de lo que vendrá. En ella auncia proféticamente la barbarie racista que acontecerá en el s. XX.

“Un nuevo partido de la vida, asume en sus manos como máximo objetivo la suprema cría de la humanidad, incluyendo la aniquilación despiadada de todos los impedidos y parásitos, hará que ese exceso de vida se haga posible de nuevo sobre la tierra, y sobre el que surgirá de nuevo la situación dionisiaca. Vaticino una época trágica: renecerá el arte supremo en afirmar la vida, la tragedia, cuando la humanidad deje tras de sí la conciencia de las guerras más duras y necesarias sin sufrir por ello”.[4]

El cultivo de la superbestia

Nietzsche cree en una raza de superhombres (superbestias) y en otra de esclavos (infrahombres). La primera estaría compuesta por una aristocracia de hombres selectos (alemanes en su mayoría), una casta de hombres superiores destinada a gobernar con su voluntad de poder las naciones de la Tierra. Nietzsche llamaba arios a estos hombres capaces, que se convertían en la clase dominante de la nueva sociedad. “La casta noble es siempre la casta bárbara”, escribió Nietzsche, porque literalmente son “seres humanos más vivos y más completos” que los refinados enclenques que conquistaban.

Otro punto en común con la ideología racista es su consideración biológica de la historia humana. Para el filósofo alemán es la raza y no la moral la que determina la historia de las naciones y las personas. Acusa al judeo-cristianismo y al marxismo de defender el principio de igualdad de todos los seres humanos y actuar así contra el principio aristocrático de la vida. Al actuar en beneficio de lo inferior, lo degenerado y lo decadente, actuarían en beneficio del mal. Llamará al cristianismo una “moral de esclavos” por ayudar con su caridad al desfavorecido y de esta manera impedir la selección natural de los más fuertes: “lo oportuno es exterminar los restos de vida religiosa porque son débiles, estériles e impiden la entrega a un verdadero objetivo: ¡Muerte al débil!”. También lo acusará de ser demasiado pacífico, ya que para Nietzsche la guerra es el mejor medio para depurar a la humanidad.

En su obra Nietzsche tratará de imponer una nueva moral: la del superhombre. Un ser humano movido por el único móvil de la voluntad de poder. Por ello hablará de dos naturalezas morales; la del noble vitalista y la del débil resentido. Esto se traduce en dos tipos psicológicos contrapuestos: el tipo noble que es activo, confiado, espontáneo, instintivo y cuya felicidad consiste en obrar bien. En el extremo estaría el resentido caracterizado por la pasividad, dependiente, cobarde, mísero, con una autocomplacencia basada en la narcosis, el aturdimiento la quietud y la impotencia.

“La debilidad la transforma en mérito, la sumisión en obediencia, la cobardía en paciencia, el no poder vengarse en perdón… Viven en la fe y esperanza de que triunfará Dios y les vengará”.[5]

Nietzsche encuadra estos arquetipos en personas concretas y en la historia de las civilizaciones, de tal modo que la lucha entre el noble y el resentido estaría representada por la contraposición entre Roma y Judea. Para el filósofo alemán, la Europa de su tiempo estaría dominada por el resentimiento judeo-cristiano lo que estaría llevando a la cultura a un estado de decadencia.

Para cultivar a la superbestia, Nietzsche declara que la selección natural biológica no es suficiente, y propone una selección artificial no solo cultural, sino programada políticamente, con el objetivo de conseguir hombres superiores que ocuparían instituciones creadas a propósito. Una selección que iría dirigida exclusivamente para preservar a los fuertes: “El gran error de los biólogos precedentes: lo importante no es la especie sino los individuos fuertes eficientes”.

            Cuando Nietzsche habla de los hombres fuertes, se refiere exclusivamente a los varones con cierto poder político o económico, pues en su opinión “Las mujeres solo tienen sentido y atractivo para los macizos mozos carniceros. Lo que no pasa entre los animales”. Para Nietzsche la mujer tan sólo asume un papel selectivo en la producción mejorada de la raza. Ella sería la controladora inmediata de la selección eligiendo los más aptos, fuertes, guapos y sanos, y desechando a los inpetos.

            “Para la mejora del mundo. Si se impidiera la procreación a los descontentos, biliosos y malhumorados, la tierra se podría convertir en un jardín de la felicidad. En una filosofía práctica esa expresión pertenece al sexo femenino”.

            “El gran hombre superior impulsado por la fe pagana inmoral del instinto, es para sí mismo no para los demás, o para elevar a la clase baja”.

            “Conseguir esa terrible energía de grandeza, para, por medio de la cría reproductiva, o de otro modo, por el exterminio de millones de degenerador, configurar el hombre futuro y no sucumbir al dolor, que se causa y no había nada semejante hasta entonces”.[6]

            Se referirá a una supuesta “economía de la vida” que consiste en ahorrar energía vital eliminando la vida deficiente.

            “La sociedad tiene que someterse en numerosos casos a la reproducción: sin reparos de procedencia, rango o inteligencia, tiene que estar dispuesta a las más duras medidas coercitivas, privación de libertad y en determinadas circunstancias a la castración. La prohibición bíblica “no matarás” es una ingenuidad en comparación con la prohibición de la vida a los decadentes: “no engendraréis””.[7]

            Esta obsesión por la generación de la superraza, constituida por superbestias, le lleva a criticar al cristianismo por su defensa de la igualdad en dignidad de todo ser humano. Para él la única religión posible es la pagana que invoca a Dionisios-Baco.

            “La igualdad de los individuos pone en riesgo la especie, así se favorece una praxis que promueve la ruina de la especie: el cristianismo es el antiprincipio contra la selección”.[8]

            Una selección que conducirá a la postre al superhombre-superbestia.

            “La necesidad de demostrar que se precisa un contramovimiento para un uso más económico del hombre y de la humanidad, para una maquinaria de intereses y logros que se devora cada vez más. Yo lo llamo terminar con un lujo.exceso de humanidad: en él tiene que surgir y salir a la luz una especie más fuerte, un tipo superior que tiene unas condiciones de origen y supervivencia distintas a las de la medianía humana. Mi conceptro, mi modelo para ese tipo, como se sabe es la palabra “Superhombre””.[9]

            Este proyecto incluye la eugenesia y la eutanasia (buena génesis para los deseados, y buena muerte para los indeseados): “La inmensa mayoría de los hombres no tienen derecho a vivir, son una desgracia para los hombres superiores”, “La extinción de muchas especies de hombres es tan deseable como cualquier otra reproducción”.

            “Crear una nueva responsabilidad, la del médico, en todo caso, donde el máximo interés de la vida, de la vida ascendente, exige la aniquilación y el exterminio de la vida degenerada, por ejemplo en el derecho a engendrar, en en el derecho a ser nacido, en el derecho a vivir, a una orgullosa forma de morir cuando ya no es posible vivir de forma orgullosa”. [10]

            Para ello propondrá una acción política encaminada a la “creación de asociaciones sexuales internacionales que tengan como objetivo la producción y cría de una raza de dominadores, los futuros dueños de la Tierra”, los arios europeos.

            El pensamiento de Nietzsche ayudará a sentar las bases del nazismo. En un estudio crítico, el historiador estadounidense Crane Brinton explica la influencia que la filosofía nietzscheriana tuvo sobre la barbarie nazi.

            “Punto por punto predicó […] la mayoría de los principales artículos del credo nazi: la dislocación de todos los valores, el carácter sagrado de la voluntad de poder, el derecho y el deber de los fuertes a dominar, el derecho que sólo tienen los grandes estados a existir, una renovación, un renacimiento de Alemania, y por tanto de la sociedad europea […] que la élite nazi está haciendo para una parte incómodamente grande el mundo”.[11]

            Brinton escribió esto en los albores de la Segunda Guerra Mundial, y la historia, tristemente le daría la razón. Aunque Nietzsche no hubiera creído en el nazismo, está claro que el nazismo creía en él. Las ideas pueden ser más mortales que sus propios creadores.

Su admiración por el racista Código Manú

En 1888 Nietzsche leyó el “Código Manú” o “Ley de Manú” causando una honda impresión en él. Este tratado, en parte todavía vigente, es el más antiguo de la India y en él se indican las distintas prescripciones religiosas que justifican y reglamentan la división en castas de esta sociedad. En una carta escrita a su amigo Peter Cast en 1888, Nietzsche habla de lo importante que es garantizar la pureza racial, e impedir la amenaza del mestizaje.

“Querido amigo… A estas últimas semanas les debo una enseñanza esencial: he encontrado el “Código Manú” en una traducción francesa, realizada en la India bajo rigurosísimo control de los más altos sacerdotes y doctos de allí. Este producto absolutamente ario, un código sacerdotal de la moral, basado en los “Vedas”, en la idea de casta y en una ascendencia antiquísima, no pesimista, aun cuando sí sacerdotal, completa de la manera más notable mis ideas sobre la religión. Confieso mi impresión de que todas las otras grandes legislaciones morales que poseemos me parecen un remedo e incluso una caricatura de esta: ante todo el “egipticismo”, pero incluso Platón me parece en todos los puntos cardinales, sencillamente bien instruido por un bramán. Los judíos aparecen en este aspecto como una raza de chandalas, la cual aprende de sus señores los principios en que se basan los sacerdotes para alcanzar luego el dominio y organizar un pueblo… También los chinos parecen haber producido su Confucio y su Lao-Tse bajo la impresión de este antiquísimo Código clásico. La organización medioeval ofrece el aspecto de un extraño tanteo destinado a recuperar todas las ideas sobre las que reposaba la antiquísima sociedad ario-india, pero con valores pesimistas, que proceden del terreno de la “decadence racial”. Los judíos parecen también aquí simples intermediarios, no inventan nada”.

En el “Crepúsculo de los dioses” Nietzsche elogia las leyes raciales de la India y las contrapone con las leyes del amor y la bondad del Evangelio cristiano. En su parecer las “leyes del Manú” recojen la verdadera política racial que llevará a la consecución del superhombre.

Nietzsche contrapone dos formas de perfeccionamiento humano. Por una parte estaría el mejoramiento a través de la doma. Este sería la forma en que la moral cristiana actuaría debilitando la voluntad: “En los lugares donde se doma a animales salvajes… se les debilita, se les hace menos dañinos, se les convierte en unos animales enfermizos, a base de deprimirles mediante el miedo, el dolor, las heridas y el hambre”. La otra forma de mejoramiento estaría en la cría de una raza, que para Nietsche es la forma de moral suprema. Esta moral de la cría supondría la selección de los mejores especimenes dentro de cada clase o casta social, a la manera que presentaría el código del hinduismo o Código Manú.

            “Tomemos el otro caso de la llamada moral, el caso de la cría de una determinada raza y especie. El ejemplo más grandioso de esto nos lo ofrece la moral india, sancionada como religión en la “Ley de Manú”. La tarea aquí planteada consiste en criar nada menos que cuatro razas: una sacerdotal, otra guerrera, una de comerciantes y agricultores, y finalmente una raza de sirvientes, los sudras. Es evidente que aquí no nos encontramos ya entre domadores de animales: una especie cien veces más suave y racional de hombres es el presupuesto para concebir siquiera el plan de tal cría. Viniendo del aire cristiano, que es un aire de enfermos y de cárcel, uno respira aliviado al entrar en este mundo más sano, más elevado, más amplio. ¡Qué miserable es el “Nuevo Testamento” comparado con Manú, qué mal huele! Pero también esta organización tenía necesidad de ser “terrible”, esta vez no en lucha con la bestia, sino con su concepto antitético, con el hombre “no-de-cria”, el “hombre-mestizo”, el “chandala”. Y, de nuevo, para hacerlo inocuo, para hacerlo débil, esa organización no tenía ningún otro medio que ponerlo enfermo, era la lucha con el “gran número”. Acaso nada contradiga más a nuestro sentimiento que esas medidas preservativas de la moral india. El tercer edicto, por ejemplo (Avadana-Sastra I), el de “las legumbres impuras”, prescribe que el único alimento permitido a los chandalas sean los ajos y las cebollas, en atención a que la Escritura sagrada prohíbe darles grano o frutos que tengan granos, darles agua o fuego. Este mismo edicto establece que el agua que necesiten no la tomen ni de los ríos ni de las fuentes ni de los estanques, sino únicamente de los accesos a los charcos y de los agujeros hechos por las pisadas de los animales. Asimismo se les prohibe lavar sus ropas y lavarse a sí mismos, puesto que el agua que graciosamente se les concede sólo es lícito utilizarla para aplacar la sed. Finalmente, se prohíbe a las mujeres sudras asistir en el parto a las mujeres chandalas, y asimismo se prohíbe a estas últimas asistirse entre sí en este caso… El éxito de tal política sanitaria no tardó en llegar: epidemias mortíferas, enfermedades sexuales horribles, y, a consecuencia de ello, de nuevo, la “ley del cuchillo”, que prescribe la castración para los niños, la amputación de los labios menores de la vulva para las niñas. Manú mismo dice: “los chandalas (los mestizos o hijos del caos y la confusión racial) son fruto de adulterio, incesto y crimen (esta es la consecuencia necesaria del concepto de cría). Como vestidos tendrán sólo andrajos de los cadáveres, como vajilla, cacharros rotos, como adorno, hierro viejo, como culto, sólo espíritus malignos; vagarán sin descanso de un lado para otro. Les está prohibido escribir de izquierda a derecha y servirse de la mano derecha para escribir: el empleo de la mano derecha y de la escritura de izquierda a derecha está reservado a los virtuosos, a la gente de raza”. Así dice el Código de Manú”.

“Estas disposiciones son bastante instructivas: en ellas tenemos, por un lado, la humanidad aria, totalmente pura, totalmente originaria, aprendemos que el concepto “sangre pura” es la antítesis de un concepto banal. Por otra parte, se hace claro cuál es el pueblo en el que el odio, el odio de los chandalas contra esa “humanidad”, se ha perpetuado, dónde se ha convertido en “religión”, dónde se ha convertido en “genio”… Desde este punto de vista los Evangelios son documento de primer rango; y lo es el “Libro de Enoch”. El cristianismo, brotado de la raíz judía y sólo comprensible como planta propia de ese terreno, representa el “movimiento opuesto” a toda moral de cría, de la raza, del privilegio: es la “religión anti-aria par excellence”: el cristianismo, transvaloración de todos los valores arios, victoria de los valores chandalas, el evangelio predicado a los pobres, a los inferiores, rebelión completa de los pisoteados, miserables, malogrados, fracasados, contra “la raza”, venganza inmortal de los chandalas disfrazada como “religión de amor”…”[12]

            Precisamente este plan para obtener la super-raza y la super-bestia, será la causa de su odio hacia el Cristianismo. Para Nietzsche, su mayor objetivo será la aniquilación del Cristianismo, por oponerse a su plan de sacrificar, aniquilar y matar a millones de hombres. Odiará al Cristianismo por no ser racista y oponerse al de crear una super-raza (Über-rasse) aria y paneslava, una especie superior al hombre: “Una raza de dominadores, los futuros dueños de la Tierra”. Porque el Cristianismo se atiene al mandamiento de “no matarás”, protege a los débiles, degenerados y enfermos con su altruismo y su amor deseinteresado por la humanidad, cuando para Nietzsche, el “amor” a los hombres sería ayudarles a perecer, y por “la muerte súbita” (eutanasia, eugenesia).

Alexandre Tille (1866-1912) se encargó de la tradución de varias obras de Nietzsche al inglés. Será Tille precisamente quien relacione la moral nietzscheana del superhombre con el darwinismo social que imperaba en los países de habla inglesa. Una peligrosa ideología que veremos en detalle en el siguiente capítulo.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Bernardo Alonso Alonso. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html#_edn39
[2] F. Nietzsche. Cit. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html
[3] Idem
[4] Nietzsche. Ecce homo. 1888. Cit. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html
[5] Nietzsche. Genealogía de la Moral. Tratado 1, 14, 1887.
[6] Nietzsche. Cit. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html
[7] Nietzsche. Manuscritos, 734. Cit. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html
[8] Nietzsche. Manuscritos, DB31 S. 9440. Cit. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html
[9] Nietzsche. Manuscritos, 866. Cit. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html
[10] Nietzsche. El ocaso de los ídolos, 1889. Cit. http://www.alonsofia.com/fn/nietzsche-racista.html
[11] Crane Brinton. Nietzsche, Harper and Row, Nueva York, 1965.
[12] F. Nietzsche. El crepúsculo de los ídolos, 1889.
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