2. DEL ESCLAVISMO AL RACISMO

            La esclavitud constituyó la base económica de la antigüedad. Prácticamente todos los pueblos sufrieron o hicieron esclavos a otros humanos. La guerra y la rapiña eran el método común para conseguir esclavos, librándoles de la muerte. La esclavitud era como un favor otorgado por el vencedor al vencido, a quien se le conmutaba la pena de muerte que el derecho de guerra estipulaba para todo enemigo prisionero.

            Los tratantes de esclavos árabes distinguían las piezas de su comercio en base a aspectos corporales y a sus procedencias geográficas. Esto permitía añadir valor al “producto” que vendían. Los mercaderos orientales clasificaban a sus esclavos según su procedencia empleando el término “ras” que significa “cabeza u origen”. Esa capacidad de identificar el lugar de nacimiento por la fisionomía se denomina en árabe en la actualidad “filarasa”.

            El término “raza” terminó por convertirse en una expresión corriente para referirse a los esclavos, mientras que el término “linaje” sólo se aplicaba para indicar la nobleza de un origen.

            Así como durante la Edad Media la identidad del europeo era su fe cristiana y su sentido de pertenencia común lo era hacia la Cristiandad, en los comienzos de la Edad Moderna, con el Cisma protestante, empiezan a surgir términos como “raza”, “herencia”, “linaje”, “origen” o “sangre”, en cuyos significados se solapaban lo biológico, lo político y lo cultural.

            A partir de Lutero y de Calvino se difundió una mentalidad teológicamente segregacionista en el campo de la salvación, sostenida con habilidad por los defensores de la trata de esclavos y que se encuentra unida al nacimiento del capitalismo moderno. Esta corriente teológica calvinista ayudó a la elaboración de una teoría racista sobre la superioridad de los blancos, bendecidos por Dios, y sobre la inferioridad de los negros, maldecidos por Dios y por la naturaleza.

20 mercado de esclavos de Gustave Boulanger

Mercado de esclavos por Gustave Boulanger, 1888

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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