22.1. La falacia de la clasificación racial o la imposibilidad de clasificar a los seres humanos en razas definidas

Inutilidad científica del concepto de raza

            Ya hemos visto como el racismo científico tuvieron serios problemas en ponerse de acuerdo en el número de razas que existían. Si para Linneo eran cuatro, para Blumenbach eran cinco y para Buffón seis. Peschel hablaba de siete y para D´Agassiz este número era de ocho. Haeckel defendió la existencia de doce razas, para Desmoulins eran deciseis, Morton las clasificó en veintidós y para Crawford este número llegó a ser de sesenta. Cuando después se encontraron más marcadores, este número empezó a multiplicarse tanto que las diferencias entre una y otra eran tan sutiles que empezaron a dejar de ser operativas y concluyentes.

            Según el científico Alberto Piazza, “el estudio de la diversidad genética nos enseña sobre todo la historia de la geografía de las poblaciones” (1997, p.64), lo que hace de la raza “un concepto sin fundamento biológico”.

            Alberto Piazza, colaborador en algunos trabajos de Cavalli-Sforza, realizó un estudio filogenético basado en la frecuencia de 120 genes, en 42 poblaciones, que iban desde los bantús, los pigmeos y los bereberes hasta los ingleses, pasando por los vascos y japoneses. Piazza afirma que:

“El estudio confirma que el nivel en el que hay que detener la clasificación es completamente arbitrario. (…) Todas las poblaciones o grupos de poblaciones se solapan cuando se estudia la distribución de genes individuales. Además, aunque con distintas Además, aunque con distintas frecuencias, todos los alelos están presentes en todas las poblaciones, salvo algunas raras excepciones como ciertos genes mitocondriales que han desaparecido en los europeos pero persisten en los africanos. Por consiguiente, ningún gen individual basta para clasificar las poblaciones humanas en categorías sistemáticas”[1]

            Ahora bien, ¿qué interes tiene seguir manteniendo un concepto como el de raza que se demuestra inútil a nivel científico? La respuesta es que se trata de un concepto más ideológico que científico, y es que la raza “se hereda según leyes no científicas, de acuerdo con un sistema cultural basado en el sentido común o popular. La herencia racial es cualitativa – todo o nada – mientras que la herencia biológica es cuantitativa y puede fraccionarse” (Marks, 1997: 1049).

            Ashley Montagu apunta a que existen términos alternativos al de raza que pueden usar los biólogos y que expresan con mayor precisión el objeto de estudio como son el de población, el de clina y el de etnicidad:

“La idea de población, esencial para los cálculos genéticos, puede sustiuirse por la de raza, sin tener que cargar con consecuencias problemáticas. Esto es así porque el concepto de población no se refiere a un taxón biológico que requiere una definición distintiva. Más bien se refiere a cualquier población reproductora, y estas pueden tener diferente grado de cohesión. El segundo concepto alternativo es el de clina, que se refiere al cambio de la frecuencia de los rasgos biológicos en un gradiente geográfico. El tercer concepto alternativo es el de etnicidad, que ha llegado a ser ampliamente usado para referirse a la autodefinición de cualquier unidad social humana, basada en la definición social de la comunidad religiosa, nacionalidad o supuesta pertenencia racial”.[2]

Clinas y demes

            Hacía 1962, el investigador Frank B. Livingstone observó que las diferencias biológicas entre poblaciones adyacentes no se producían a saltos, como cabría esperar de la existencia de razas perfectamente determinadas por la genética. Al contrario, las variaciones se observan que son graduales y continuas. Algo similar a lo que sucede con el espectro de colores del arco iris, que no pasa bruscamente del rojo al amarillo y de este al azul, sino que gradualmente va pasando por miles de pequeños gradaciones en la coloración, de tal manera que no se puede concluir con precisión donde acaba un color y donde empieza el siguiente.

            Este hecho le llevó a concluir que “no existen razas, sino clinas”. Las clinas son patrones de cambio gradual entre poblaciones de un rasgo biológico. Esta graduación se puede dar, bien por el contacto entre dos poblaciones con características iniciales diferentes, o bien por adaptación a unas condiciones climáticas geográficamente estructuradas. Si representáramos gráficamente las clinas, se parecerían a las isobaras de un mapa de tiempo atmosférico. El término clina empezó a ser empleado a partir de los trabajos del antropólogo C. Loring Brace, para quien las variaciones, en tanto están afectadas por la selección natural, la migración, o la deriva genética, se encuentran distribuidas en gradaciones geográficas llamadas “clines”. (Brace, 1964). El genetista francés Albert Jacquard abunda en esta idea:

“El laboratorio de genética biológica de la Universidad de Ginebra ha demostrado que podemos pasar de manera continua de una población muy oscura, como los sars de Chad, a una población clara, como los belgas, mediando tan sólo dos poblaciones: los bushmen y los chaoias de Argelia. Existe un gran número de chaoia que son de piel más clara que muchos belgas, y también hay gran cantidad de chaoias más oscuros que muchos bushmen. La dispersión de esta característica proviene tanto de las diferencias entre individuos de un mismo grupo como de las que existen entre la media de los grupos”. A. Jacquard. Los hombres y sus genes, 1996:84.

Un descubrimiento importante fue el realizado por el antropólogo C. Loring Brace sobre las variaciones genotípicas y fenotípicas. Brace descubrió que dichas variaciones en cuanto están afectadas por la selección natural, la migración, o la deriva genética, se encuentran distribuidas en gradaciones geográficas que denominó “clinas”. La propagación de genes entre poblaciones adyacentes genera un cambio gradual en la frecuencia de genes con la distancia. El color de la piel, por ejemplo, presenta un modelo clinal desde las latitudes bajas a las más altas relacionado con la intensidad gradualmente cambiante de los rayos solares. Clasificar una raza en base a descripciones externas como la textura del pelo o el color de la piel es poco científico, ya que podrían elegirse otros cientos de parámetros no externos aún más importantes como por ejemplo el tipo de sangre.

Se ha comprobado que la variabilidad natural entre seres humanos se distribuye como si fuese una nube de puntos, impidiendo poder agrupar o realizar clasificaciones de varios rasgos. Por otra parte, el nivel de migración existente en la actualidad es realmente elevado; a su vez, cada vez se producen más uniones entre personas de diferentes zonas del planeta, lo que implica una cada vez mayor homogenización de nuestro patrimonio genético y la disminución de las pequeñas variaciones existentes.

Si el término clina se refiere a la variedad genotípica, hay un término que emplean los científicos para asignar la diversidad fenotípica dentro de una misma especie, esto es de rasgos visibles, y es la palabra deme (pueblo). Con ella, se hace referencia a la existencia de una determinada frecuencia de caracteres fenotípicos en diversas zonas geográficas. El color de la piel, de los cabellos o los ojos, el tamaño de la nariz, la estatura, etc. son algunos ejemplos de demes, que indican la variabilidad adaptativa de la especie humana al medio.

Más de 6.000 millones de razas

A finales del s. XX genetistas como el italiano Cavalli-Sforza comprobaron que no existían argumentos biomoleculares para establecer la categoría “raza” como un criterio fiable para ordenar la diversidad humana.

“Si estudiamos cualquier sistema genético, siempre encontramos un grado elevado de polimorfismo, es decir de variedad genética: significa esto que un gen presenta distintas formas. Esto ocurre tanto en una población muy pequeña como en el conjunto de la población europea, tanto en toda una nación como en una ciudad o en un simple pueblo. Por ejemplo, las proporciones de genes A, B y O varían de unos pueblos a otros, de unas ciudades a otras, de unas naciones a otras, pero no demasiado: en cada microcosmos encontramos una composición genética comparable a la del conjunto, aunque algo distinta (…) Podemos estudiar la clase rica o la pobre, a los blancos o a los negros: siempre hallaremos el mismo fenómeno [de polimorfismo]. La pureza genética es inexistente, simplemente no se encuentra en las poblaciones humanas”. Cavalli-Sforza, 2000.

El concepto de raza entra en crisis a mediados del s. XX, cuando los científicos reconsideran su definición. El antropólogo William Boyd redefinió raza como “una población que difiere significativamente de otras poblaciones respecto a la frecuencia de uno o más genes que posee”. El número de genes loci que hay que escoger para considerar una “constelación” significativa es totalmente arbitrario. ¿Por qué fijarse sólo en el color de la piel? Si las poblaciones humanas presentan variaciones para unos veinticinco mil pares de genes. ¿Por qué tener en cuenta sólo los cuatro pares que determinan el grado de pigmentación cutáneo? De hecho, el estudio de los genes que controlan los grupos sanguíneos ABO, ha revelado que un europeo puede ser muy diferente de su vecino de al lado, y en cambio tener más parecido a un africano o a un habitante de Siberia.

Es por ello que L. Lieberman y F. L. Jackson (1994) han apuntado que “la debilidad de este argumento es que si un gen puede distinguir razas, entonces el número de razas es tan numeroso como el número de parejas humanas reproduciéndose”. Además, el antropólogo Stephen Molnar ha apuntado que la discordancia de los clines provoca una multiplicación en el número de razas que inutiliza la utilidad del concepto (Molnar, 1992).

Para Kattman la genética tiene una respuesta simple para el número de razas existente en la actualidad en la Tierra y esa es 6.000 millones: la misma cantidad de personas que habitan la Tierra.

La teoría de la Eva mitocondrial

El estudio de marcadores clásicos, como el color de piel u ojos, grupo sanguíneo, etc. fueron abnadonados definitivamente en los años 80 debido a las nulas aplicaciones que estaban dando a nivel científico. En su lugar, el estudio del ADN se vio más práctico ya que analizar el genotipo permitía obtener conclusiones claras acerca del al antigüedad absoluta de la variación del genoma.

El ADN mitocondrial es un ejemplo de esto. En 1987, Allan C. Wilson, Rebecca Cann y Mark Stoneking, realizaron un profundo estudio sobre la variación existente en el genoma de las mitocondrias. Estas son unos orgánulos con material genético propio que existen en todas las células, y que son responsables de la respiración celular. Las ventajas del ADN mitocondrial es que es una sóla molécula haploide, que procede genéticamente por herencia tan solo de la madre. Además es una molécula que no se recombina, por lo que se transmite intacta a la siguiente generación. La única vía de variación del ADN mitocondrial es mediante la mutación. Si dos secuencias de ADN mitocondrial difieren en una sola mutación, están más próximas generacionalmente que otras dos secuencias que presenten mayor número de diferencias. De esta manera se pueden realizar árboles genéticos a partir de los ADN mitocondriales de la humanidad actual y deducir su historia evolutiva.

Pues bien, el equipo del doctor Wilson, tras estudiar una muestra de 147 ADN mitocondriales de diferentes grupos humanos, llegó a las siguientes conclusiones:[3]

  1. Toda la variación del ADN mitocondrial actual puede trazarse hacia el pasado hasta un único antepasado inicial. Como la herencia mitocondrial depende exclusivamente de la madre, a este estudio se le ha denominado teoría de la “Eva mitocondrial”.
  2. Este antepasado vivió probablemente en Áfric, pues es precisamente aquí donde se observa que las poblaciones actuales poseen mayor diversidad genética.
  3. Este antepasado común vivió hace unos 100.000 y 200.000 años. Esto se deduce suponiendo que la tasa de mutaciones se ha mantenido constante durante todo este tiempo (modelo del reloj molecular) y que se habrían ido acumulando progresivamente para dar origen a la diversidad genética que se observa hoy en día.

La consecuencia principal de la teoría de la Eva mitocondrial, es que establece que nuestra especie es de origen reciente, y que toda la humanidad surge de una población africana que se expandió por Eurasia y América, reemplazando a las diferentes poblaciones arcaicas que existían en los continentes habitados. El paleontólogo del Museo de Historia Natural de Londres, Cris Stringer afirma, no sin razón, que “todos somos africanos bajo la piel”.

Con los datos de la arqueología se puede ir calculando las fechas de poblamiento del hombre. A Australia llegaría hace unos 70.000 años, a Europa hace aproximadamente 40.000, a Siberia hace unos 35.000 años y a América entre 15 y 30.000 años.

            No obstante, la uniformidad genética del ser humano, no nos permite asignar una estructura geográfica a esta pequeña diversidad genética. Lo reciente del génesis humano, y los constantes flujos migratorios de personas, impiden poder asignar un linaje genético a una zona específica, como no sea en áreas tan grandes como por ejemplo un continente.

La teoría del Adán nuclear

            Estudiando el cromosoma Y, que es transmitido únicamente por vía parental, se puede establecer la contrapartida masculina del ADN mitocondrial. Pues bien, analizando la variación genética del cromosoma Y, se puede retroceder en el tiempo hasta un antepasado masculino de todos los cromosomas Y actuales. Un antepasado que habría vivido hace unos 75.000 años. Esta teoría se la ha denominado del “Adán nuclear”, y sus conclusiones han confirmado las principales consecuencias obtenidas en el estudio del ADN mitocondrial.

            Recientemente se han realizado estudios con los cromosomas no sexuales. Más en concreto en los autosomas. Estos pueden aportar evidencias sobre la historia genética humana, y han corroborado lo concluido en las teorías de la Eva mitocondrial y del Adán nuclear.

            Con los datos disponibles en la actualidad, no se observan grandes divisiones en el género humano que pieden considerarse importantes desde un punto de vista taxonómico. Con ello se desmorona la pretensión del racismo de pretender clasificar a los hombres en razas perfectamente definidas.

            Otra consecuencia que se puede obtener al estudiar los árboles genéticos, es que todas las poblaciones humanas han evolucionado por igual y durante el mismo período de tiempo. Por tanto, es absurdo emplear expresiones como “grupos primitivos”, o “grupos más o menos evolucionados”, ya que ningún grupo humano está genéticamente más o menos evolucionado que otro.

            Tampoco se puede esperar que la genética pueda ayudar a clasificar las razas. Al estudiar el genoma humano se descubrió que no existían genes que fueran particulares de una u otra población, y que toda la especie humana mostraba una notable uniformidad genética, a pesar de su enorme dispersión por el planeta.

El genetista Richard Lewotin observó que el 85% de las variaciones humanas ocurren dentro de una misma población, y no entre poblaciones, mientras que el 8% se da entre poblaciones diferentes y sólo el 7% restante corresponde a diferencias genéticas entre grandes grupos, por ejemplo, europeos, asiáticos y africanos. De esta manera concluyó que ni “raza” ni “subespecie” son términos apropiados o útiles para describir o clasificar una población humana. Por todo ello, los antropólogos físicos prefieren usar ahora los conceptos de población y de cline para referirse a los grupos con elementos biológicos comunes, mientras que los antropólogos culturales emplean el término étnia, para referirse a grupos con elementos culturales comunes.

El estudio del genoma humano ha permitido descubrir, que no existen genes que sean específicos de una determinada raza. Al contrario se observa que todo el género humano muestra una notable uniformidad genética, a pesar de su enorme dispersión por el planeta. Se ha estimado que el 85% de la variación genética total tiene lugar entre individuos de una misma población, mientras que el 8% se da entre poblaciones diferentes y sólo el 7% restante corresponde a diferencias genéticas entre grandes grupos, por ejemplo, europeos, asiáticos y africanos.

            “Se ha descubierto que los seres humanos, considerados en conjunto, son notablemente uniformes desde el punto de vista genético; no hay genes específicos de poblaciones y prácticamente en cada población están representadas todas las variantes genéticas (llamadas alelos) donde es posible localizar un gen. El 99,9% del material genético de dos individuos elegidos al azar es idéntico, y las diferencias se encuentran mayoritariamente en zonas del genoma que no son codificadadoras; además, la escasa variación genética existente la encontramos entre individuos de una misma población más que entre individuos de poblaciones diferentes. No hay, consecuentemente, una correspondencia entre divisiones genéticas y clasificaciones raciales tradicionales. […] La biología molecular, por tanto, lejos de reforzar la existencia de razas, constituye el principal adversario de esta hipótesis, por eso, como dice el genetistas, Jaume Bertranpetit, de la Universidad Pompeau Fabra, la ciencia es un arma contra el racismo”. Carlos Lalueza.

Tal es la uniformidad que, según el biólogo Richard Lewotin, si hubiera una hecatombe mundial y pereciera toda la humanidad excepto un pequeño grupo de individuos, se preservaría alrededor del 80% de toda la diversidad genética de la humanidad.

La unidad de la especie humana es mucho más profunda de lo que hasta ahora se pensaba.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Piazza, 1997: 1054-1055. Citado por Eduardo Teillet Roldán. Raza identidad y ética. Ed. Serbal. 2000. p. 54
[2] Ashley Montagu. Idem. pág. 65.
[3] Carles Lalueza. Razas, racismo y diversidad. Ed. Algar. 2002. Pág. 135
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21.7. El movimiento ecuménico

“El racismo implica una negación de Dios, porque no hay Dios si no es el Padre de todos”. P. Yves Congar.

El ecumenismo es un fenómeno eclesial que se inicia a principios del s. XX y que supone el esfuerzo de las distintas confesiones religiosas cristianas por buscar la unidad salvando las diferencias históricas y buscando la colaboración común frente a los abusos que se estaban produciendo en las colonias contra los indígenas. A la hora de evangelizar en las misiones muchos contestaban: “Antes de hablarnos a nosotros de Cristo, pónganse de acuerdo entre ustedes”. Así las palabras de Cristo: “Qué todos sean una sola cosa… para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21) adquirían un significado crucial. Entre los personajes relevantes en el ecumenismo debemos destacar a Yves Congar, al Hermano Roger Schutz, Atenágoras de Atenas, Pablo VI y Juan Pablo II.

También ha habido encuentros de diálogo y cooperación entre diferentes religiones como el judaísmo, el islamismo, etc. Esto es lo que se denomina: diálogo interreligioso.

El Movimiento Ecuménico se ocupa, no sólo de la vida de las Iglesias como tales, sino también del mensaje de la Iglesia al mundo. Y como la cuestión de la raza es crucial para la Iglesia misma, y de la máxima importancia para la vida del mundo, es natural que esta aventura cooperativa entre las Iglesias, se relacione con ella.

            Entre los años 1841 y 1846 unos sesenta ministros anglicanos piden el ingreso en la Iglesia Católica tras un proceso de estudio y reflexión. En 1847 el investigador y pastor anglicano John Henry Newman (1801-1890) se convierte el catolicismo y con él unos 22 ministros y 11 profesores de las universidades de Oxford y Cambridge, como el Padre S.W. Faber y el arzobispo anglicano de Westminster Henry Edward Manning. Este flujo de ministros anglicanos al catolicismo no se ha interrumpido desde entonces. Se calcula que desde la muerte del cardenal John Henry Newman hasta 1935 pasaron al catolicismo unos 900 eclesiásticos anglicanos. En los últimos años, más de 12 mil anglicanos han pedido el paso a la Iglesia católica. Entre ellos se puede recordar a los escritores Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) y Sigrid Undset (1882-1949), premio Nobel de literatura (1928).

Primera etapa (1908-1937)

            Tras esta etapa de conversiones, empezó a formarse conciencia de ecumenismo entre las iglesias cristianas. Hacia 1908 el Padre Watson, un protestante convertido al catolicismo, propuso la creación del “Octavario por la Unión de los Cristianos”. Esta iniciativa consiste en dedicar ocho días de oración y estudio al año (18 al 25 de enero), en favor de la unión de los cristianos. La iniciativa tuvo éxito y en la actualidad ha adquirido dimensiones mundiales.

En 1910 se celebró la I Conferencia Misionera Mundial en Edimburgo, que es considerada como el punto de partida oficial de movimiento ecuménico. Esta conferencia, con carácter plenamente misionero, planteaba hacer un frente unido evangelizador en los países colonizados. De aquí surgiría el Consejo Misionero Internacional. El obispo episcopaliano Charles Henry Brent propuso la creación del movimiento Fe y Constitución, con Robert Gardiner como secretario. La idea original de Brent era intentar unificar la doctrina cristiana.

            En 1918 el obispo luterano Nathan Söderblom se reune en Upsala con sacerdotes católicos para hablar de paz y unidad. Será el propio Söderblom, quien sugerirá la creación de un Consejo Ecuménico de las Iglesias. Su enfoque no iba tanto a unificar la doctrina sino en colaborar en aspectos prácticos como camino para la unidad. En el Congreso de Estocolmo de 1925 fundó el Movimiento Vida y Acción.

            Un tercer inspirador del ecumenismo será el metodista Juan Mott. Su lema fue: “Mediante la acción unida de todos, demos muestra de que el ecumenismo es una realidad, dejando a la Providencia manifestarnos el camino a seguir”. Por sus acciones en busca de la paz, Mott recibió el Premio Nobel en 1946 y fue nombrado presidente vitalicio del Consejo Ecuménico.

            En 1925 se organizaron una serie de encuentros denominados “Diálogos de Malinas”, entre el cardenal Mercier, arzobispo de Malinas y primado de Bélgica y los anglicanos. Esta iniciativa constituyó el primer diálogo oficial y sirvió para despetar entre los católicos el interés práctico por la unidad de los cristianos.

            En 1928 el papa Pío XI publica la carta Mortalium Animos en la que se expone como ha de fomentarse la verdadera unidad religiosa de los cristianos. También denuncia un falso ecumenismo consistente en crear una nueva doctrina que sea amalgama de las existentes, ya que la fe cristiana no admite transacciones.

            Con el libro de Max Pribilla Um kirchliche einheit (1929) se realiza una primera evaluación seria del trabajo ecuménico por los católicos.

            En 1930, el padre José Metzger fundó la asociación “Una Sancta”, con el objeto de fomentar el ecumenismo.

Segunda etapa (1938 – )

            En 1938 se crea en Utrech el “Consejo Mundial de Iglesias” (CMI). El estatuto de la organización fijado en esta ocasión tuvo que esperar por causa de la Segunda Guerra Mundial. El Movimiento Ecuménico adquiere forma definida en 1948, cuando delegados de 150 Iglesias de más de 40 países se reúnen en Ámsterdam para crear el Consejo Mundial de Iglesias. El consejo no quiso definirse como una “super iglesia” o como una “Iglesia mundial”, sino como una “comunidad de Iglesias que reconocen a Cristo como Dios y Salvador”. Desde su fundación se han celebrado 7 asambleas generales: Ámsterdam (1948); Evanston (1954); Nueva Delhi (1961); Upsala (1968); Nairobi (1968); Vancouver (1983) y Canberra (1991). El consejo tiene dos campos de trabajo y estudio:

  1. Fe y Constitución: se dedica a los estudios teológicos.
  2. Vida y acción: dedicada a las misiones y a la propagación del Evangelio.

En 1940 el teólogo suizo Roger Schutz (conocido como Hermano Roger) funda en la localidad francesa de Taizé, una comunidad monástica cristiana ecuménica. Taizé se ha convertido hoy en día en lugar de peregrinación y encuentro para jóvenes del mundo entero donde poder celebrar la reconciliación de los cristianos y tener un lugar de encuentro con Dios. Hasta Taizé han peregrinado los papas Juan XXIII y Juan Pablo II, tres arzobispos de Canterbury, metropolitas ortodoxos, catorce obispos luteranos de Suecia y numerosos pastores, sacerdotes y obispos del mundo entero. La Madre Teresa de Calcuta también peregrinó a Taizé y mantuvo una estrecha amistad con el Hermano Roger.

En 1953, el Consejo Británico de Iglesias adoptó una resolución en la que insiste en que deben tomarse precauciones a fin de asegurar iguales oportunidades educativas para todos los grupos raciales, y la supresión de restricciones para empleos calificados y profesionales, así como la supresión de prácticas discriminatorias.

Dentro la Iglesia Católica, el Concilio Vaticano II supuso un giro ecuménico muy importante ya que estimuló a los católicos a trabajar en pro del ecumenismo. Al Concilio asistieron, de forma histórica, observadores de las Iglesias anglicana, luterana, reformada, metodista, cuáquera y otras. Junto con la Lumen Gentium, en 1964 se publicó la Unitatis Redintegratio, un decreto sobre el ecumenismo donde se indicaban las principales líneas pastorales:

«Promover la restauración de la unidad entre todo los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio Ecuménico Vaticano II. Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todo se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido (1Cor 1,13). Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres» (UR, No. 1).

Así mismo se creó un Secretariado para la promoción de la Unidad de los Cristianos (1960) con el cardenal Agustín Bea a la cabeza. Este Secretariado no solamente influyó para que en la redacción de todos los documentos conciliares estuviera presente el espíritu ecuménico, sino que además ha ayudado a la realización del compromiso católico en el ecumenismo desde entonces.

En 1960 el doctor Fisher, arzobispo anglicano de Canterbury realizó una visita a Roma para celebrar un encuentro con el papa Juan XXIII. En 1962 la visita correspondió al doctor Carig presbiteriano.

En 1962 se produce el encuentro histórico entre el papa Pablo VI y el patriarca ortodoxo Atenágoras para buscar caminos de encuentro y reconciliación.

En 1965 Roma y Constantinopla se levantaron mutuamente las excomuniones lanzadas en 1054.

Cuando Juan Pablo II es nombrado papa instaura la costumbre de orar en común en todos sus viajes, con los representantes de los hermanos separados. El patriarca ortodoxo de Georgia Elías II visita al vaticano.

En 1980 se celebra en Patmos (Grecia) una reunión de representantes católicos y ortodoxos.

En 1995, Juan Pablo II publicó la Carta Encíclica Ut unum sint (Que sean una sola cosa. Jn 17,21), en la que insta a la unión de las iglesias cristianas mediante la fraternidad y la solidaridad al servicio de la humanidad.

La Unitatis redintegratio

En el Concilio Vaticano II se elaboró un decreto sobre el ecumenismo y la unidad de los cristianos denominado Unitatis redintegratio (21 de noviembre de 1964). El propósito de este decreto se explica claramente en el prólogo.

“Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo. Los discípulos del Señor, como si Cristo mismo estuviera dividido. División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo”. Unitatis redintegratio. 1964

            A raíz de este documento, y de todo el Concilio Vaticano II, los católicos han ido adoptando una actitud positiva en lo que atañe al compromiso ecuménico. Ha habido un deseo más profundo de conocer a las otras Iglesias y comuniones cristianas, y se han ido organizando diferentes actos y encuentros ecuménicos, como la Semana de oración por la unidad de los cristianos, en que cristianos de todo el mundo se reunen para orar juntos por la unidad. De esta manera, católicos, ortodoxos, valdenses, luteranos, anglicanos, reformados, metodistas, etc. están acercandose conociéndose y buscando puntos en encuentro en una misma fe, olvidando todo tipo de disputas que hubieran surgido en diversos momentos de la historia.

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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21.6. La comisión pontificia Iusticia et Pax

            En 1988 el papa Juan Pablo II encarga la creación de una comisión encargada de estudiar el problema del racismo que llevará el nombre de comisión Iusticia et pax (Justicia y paz). El estudio fue liderado por el cardenal Roger Etchegaray quien siempre había llevado a cabo un servicio incansable a favor de la paz, los derechos humanos y las necesidades de los pobres.

            El documento se inicia realizando un análisis de las conductas racistas a lo largo de la historia, y como estas “hunden sus raíces en la realidad del pecado desde el origen del género humano, tal y como la Bíblia nos lo presenta con el relato acerca de Caín y Abel y de la Torre de Babel”.

            Acto seguido pasa a denunciar algunas de las formas actuales del racismo. Formas que se presentan de formas diferentes, espontáneas, oficialmente toleradas o institucionalizadas. Así por ejemplo se denuncia las políticas del Apartheid o del “separate development” del gobierno sudafricano, haciendo un llamado a la paz y a superar los obstáculos que impiden la convivencia fraterna en este país.

“Es urgente superar el abismo de los prejuicios, a fin de construir el futuro sobre los principios de la igual dignidad de todos los hombres. La experiencia ha podido mostrar, en otros casos, que evoluciones pacíficas son posibles en este terreno. La comunidad sudafricana y la comunidad internacional deben poner por obra todos los medios para favorecer un diálogo correcto entre los protagonistas. Es importante desterrar el miedo que provoca tanta rigidez. Es importante igualmente evitar que los conflictos internos sean explotados por otros, en detrimento de la justicia y la paz”.

            El documento sigue denunciando la discriminación racial que se realiza sobre las poblaciones aborígenes, recordando las heridas que dejaron los genocidios históricos que estos pueblos sufrieron buscando caminos para encontrar la convivencia.

            “En un cierto número de países, subsisten todavía formas de discriminación racial respecto de las poblaciones aborígenes,… sobrevivientes de verdaderos genocidios, realizados en otro tiempo por los invasores o tolerados por los poderes coloniales. Y no es raro que esas poblaciones aborígenes resulten marginadas respecto al desarrollo del país… Ciertamente, las soluciones son difíciles: la historia no puede ser re-escrita. Pero se puede encontrar formas de convivencia que tomen en cuenta la vulnerabilidad de los grupos autóctonos y le sbrinde la posibilidad de ser ellos mismos…”

            También se denuncia la discriminación religiosa que se produce en ciertos países, convirtiendo a las personas que profesan determinadas religiones en ciudadanos de segunda categoría. Así mismo se define el etnocentrismo como actitud en la cual “un pueblo tiende naturalmente a defender su identidad, denigrando la de otros, hasta el extremo de negarles, simbólicamente al menos, la cualidad humana”, y se advierte del peligro que “el rechazo de la diversidad puede conducir hasta aquella forma de aniquilación cultural, que los etnólogos llaman “etnocidio”, la cual no tolera la presencia del otro si no en cuanto se deja asimilar a la cultura dominante”.

            El texto aborda un tema crucial de la justicia como es la denuncia del racismo social, como exclusión de los que son de otra clase o no poseen un determinado poder adquisitivo:

            “No es exagerado afirmar que, dentro de un mismo país y de un mismo grupo étnico, pueden darse formas de racismo social, cuando, por ejemplo, inmensas masas de campesinos pobres son tratados sin ninguna consideración por su dignidad y sus derechos, expulsados de sus tierras, explotados y mantenidos en un estado de inferioridad económica y social por propietarios omnipotentes, que gozan además de la inercia o la activa complicidad de las autoridades”.

            Se denuncia también el llamado racismo espontáneo que se da hacia los ciudadanos extranjeros, especialmente cuando éstos se distinguen por su origen étnico y su religión. Esta forma de racismo supone la negación del otro, del derecho a ser lo que es, y en todo caso del serlo “entre nosotros”. Se anima pues a resolver este tipo de conflictos con la confianza también en la riqueza que aporta la diversidad humana para constituir un crisol de culturas.

            También se retoma el fenómeno del antisemitismo para condenar de nuevo el holocausto judío, asi como para denunciar los brotes que en forma de “organizaciones alimentan mediante ramificaciones en numerosos países, el mito racista antisemita, con el apoyo de una red de publicaciones”.

            Por último se advierte del racismo eugenésico que empleando “técnicas de procreación artificial, con la fecundación in vitro y las posibilidades de manipulación genética”, tiene el peligro de dedicarse a “producir” seres humanos seleccionados según criterios de raza, u otras peculiaridades, cualesquiera que sean. “Un abuso parecido consistiría en evitar que vinieran al mundo seres humanos de tal o cual categoría social o étnica, mediante el recurso al aborto y a campañas de esterilización”.

El Documento de Puebla

El Documento de Puebla (1979), al hablar de las fracturas que sufre el hombre en América denuncia la visión determinista y fatalista del ser humano:

No se puede desconocer en América Latina la erupción del alma religiosa primitiva a la que se liga una visión de la persona como prisionera de las formas mágicas de ver el mundo y actuar sobre él. El hombre no es dueño de sí mismo, sino víctima de fuerzas ocultas. En esta visión determinista, no le cabe otra actitud sino colaborar con esas fuerzas o anonadarse ante ellas. Se agrega a veces la creencia en la reencarnación por parte Se agrega a veces la creencia en la reencarnación por parte de los adeptos de varias formas de espiritismo y de religiones orientales. No pocos cristianos, al ignorar la autonomía propia de la naturaleza y de la historia, continúan creyendo que todo lo que acontece es determinado e impuesto por Dios. (Puebla, Conclusiones 308)

Una variante de esta visión determinista, pero más de tipo fatalista y social, se apoya en la idea errónea de que los hombres no son fundamentalmente iguales. Semejante diferencia articula en las relaciones humanas muchas discriminaciones y marginaciones incompatibles con la dignidad del hombre. Más que en teoría, esa falta de respeto a la persona se manifiesta en expresiones y actitudes de quienes se juzgan superiores a otros. De aquí, con frecuencia, la situación de desigualdad en que viven obreros, campesinos, indígenas, empleadas domésticas y tantos otros sectores. (Puebla, Conclusiones 309)     

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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21.5. El Concilio Vaticano II: Nostra Aetate

            El Concilio Vaticano II (1965) vino a reafirmar lo que la Iglesia católica venía defendiendo desde su fundación, sobre la verdad de la dignidad del ser humano y su llamada a la salvación. Ahora bien, lo que sorprendió del Concilio fue el lenguaje nuevo que adoptó y las nuevas perspectivas que abría para la reflexión común de todos los hombres.

            Uno de los documentos más importantes, en el tema que nos ocupa, fue la declaración “Nostra Aetate” (En nuestro tiempo), en el que la Iglesia Católica exponía su relación con las religiones no cristianas, en especial con el Judaísmo y su pueblo que tanto sufrimiento había padecido en los últimos siglos.

            El documento Nostra Aetate repudia la acusación por varios siglos contra todos los judíos de “deicidio”, hace énfasis en el vínculo religioso compartido entre judíos y católicos, reafirma el pacto eterno entre Dios y el Pueblo de Israel y rechaza el interés de la Iglesia en intentar bautizar a los judíos. Además hace un llamamiento a que los católicos y judíos se comprometan a dialogar y a discutir de forma amistosa sobre temas bíblicos y teológicos para comprender mejor la fe de cada uno.

            Comienza el texto reconociendo la unidad del género humano y sus deseos de buscar la verdad del hombre y lo que conmueve la intimidad del corazón de las religiones.

            “Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un fin último, que es Dios…

            Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cúal es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cúal es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?”.Nostra Aetate

            También se anima a buscar la verdad mediante el diálogo y la colaboración con las otras religiones en cuanto “guardan y promueven bienes espirituales y morales, así como los valores socioculturales que en ellos existen”. Así, por ejemplo se anima al perdón y a buscar la justicia común entre cristianos y musulmanes.

            “Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres”.

            La cuarta parte del documento va dedicada al Judaísmo y al Pueblo de Israel. En él se reconocen los vínculos con que “el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham”. Entre otras cosas se reconoce que la revelación del Antiguo Testamento ha sido recibida a través del pueblo judío con quien Dios estableció su Antigua Alianza. Además Cristo, con su muerte en la cruz, reconcilió a judíos y gentiles, haciendo un solo pueblo. Recuerda además, que Jesucristo nació de una mujer judía y que todos los apóstoles también fueron judíos. Es justamente en este apartado donde se repudia la acusación de deicidio contra los judíos.

“Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en Su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.”.Nostra Aetate

            Otro documento fundamental del Concilio Vaticano II sobre el reconocimiento de la dignidad de la persona humana y los pueblos es la Gaudium et Spes. Un reconocimiento fundamentado en la creación a imagen de Dios, su filiación divina, su redención por Cristo y su misión y destino común.

“La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino. Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada, por ser contraria al plan divino”. Gaudium et Spes. Concilio Vaticano II

“Para quien cree en Dios, todos los seres humanos, incluso los menos favorecidos, son hijos del Padre Universal que los ha creado a su imagen y guía sus destinos con amor solícito. La paretnidad de Dios significa fraternidad entre los hombres: éste es uno de los puntos clave del universalismo cristiano, un punto en común también con otras grandes religiones, y un axioma de las más profunda sabiduría humana de todos los tiempos, la que rinde culto a la dignidad humana”. Pablo VI. Discurso al cuerpo diplomático. 1978.

            En 1975 el Vaticano publicó las Sugerencias para la Aplicación Práctica de la Declaración Nostra Aetate en donde se condena con claridad el antisemitismo y se recomiendan medidas concretas para promover el diálogo judeo-cristiano.

            Juan Pablo II ha destacado por una defensa de la dignidad humana de cada hombre, más allá del peligroso prejuicio de la raza. Una dignidad que emana directamente de su relación filial con Dios Creador.

“La creación del hombre por Dios” a su imagen” confiere a toda persona humana una dignidad eminente; supone además la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Para la Iglesia, esta igualdad, enraizada en el mismo ser del hombre, adquiere la dimensión de una fraternidad especialísima mediante la encarnación del Hijo de Dios… En la redención realizada por Jesucristo, la Iglesia contempla una nueva base para los derechos y deberes de la persona humana. Por ello, cualquier forma de discriminación por causa de la raza… es absolutamente inaceptable”. Juan Pablo II. Ante las Naciones Unidas.

            Otro documento importante fue las notas sobre el Modo Correcto de Presnetar a los Judíos y al Judaísmo en la Prédica de la Catequesis en al Iglesia Católica (1985). Aquí se declara que “Pecadores cristianos son más culpables por la muerte de Cristo que aquellos pocos judíos que la provocaron”.

            Durante la primera visita de un Papa a una sinagoga desde San Pedro, en Roma en 1986, Juan Pablo II se refirió a los judíos como “nuestros hermanos mayores” condenó la persecución de éstos, invocó “nuestra común herencia”, alabó el “amor fraternal”, y le agradeció a Dios por la “hermandad redescubierta” y por “el nuevo y más profundo entendimiento entre nosotros aquí en Roma. Además, entregó en obsequio un ejemplar de una Torá del Museo Vaticano. En sus palabras de bienvenida, el rabino Elio Toaff aseguró que “Este gesto está destinado a ser recordado a lo largo de la historia”. En una recepción posterior a la visita se reunió con líderes judíos, entre ellos con Settima Spizzichino, la única mujer judía sobreviviente de la deportación de la judería romana de 1943.

“No se puede cargar la culpa atávica o colectiva, por lo que “se hizo en la pasión de Jesús.” No de manera indiscriminada a los Judios de la época, no los que vinieron después, no a los de hoy. Así que cualquier pretendida justificación teológica de las medidas discriminatorias o, peor persecución,. El Señor juzgará a cada uno “, de acuerdo a nuestras obras,” los Judios como los cristianos (cf. Rm 2, 6).Juan Pablo II. Visita a la Sinagoga de Roma. 1986

            El 10 de febrero de 1988 la Comisión Pontificial para la Justicia y la Paz del Vaticano edita en Roma el documento La Iglesia y el racismo. En él se condena todas las formas de discriminación racial e intolerancia y se describe al antisemitismo como “la forma más trágica que la ideología racista ha asumido en nuestro siglo, con los horrores del Holocausto judío y que aún no ha desaparecido del todo”. Así mismo denuncia el surgimiento de organizaciones que alimentan el mito racista del antisemitismo, y condena los actos terroristas contra personas o símbolos judíos.

            El 29 de octubre de 1992, Juan Pablo II condenó enérgicamente el resurgimiento del antisemitismo en Europa, especialmente en Alemania. Declaró que “cualquier forma de racismo es un pecado contra Dios y contra el hombre”. También condenó “los ataques y la profanación antisemitas que ofenden la memoria de las víctimas del Holocausto en los lugares donde se presenció el sufrimiento de millones de personas inocentes”.

            En diciembre de 1993 el Vaticano y el Estado de Israel establecen relaciones diplomáticas a través de la firma del Acuerdo Fundamental. Allí “se comprometen a mantener una cooperación apropiada con el objeto de combatir toda clase de antisemitismo y toda clase de racismo y de intolerancia religiosa”.

            En varias ocasiones Juan Pablo II ha exhortado al mundo a redoblar esfuerzos para “liberar al hombre de los espectros del racismo, la marginación, la subyugación y la xenofobia”. Así mismo siempre que tuvo oportunidad a condenado “los horrores del antisemitismo, los nacionalismos y los genocidios”.

            En el año 2000, durante la visita del papa Juan Pablo II a Tierra Santa, el pontífice rezó frente al Muro de las lamentaciones, y colocó dentro del muro un papel firmado por él, con una de las oraciones universales de la Jornada del Perdón, en el que pidió perdón por los pecados cometidos contra los judíos por los cristianos en el pasado. El documento se encuentra hoy en el Monumento del Holocausto Yad Vashem.

“Dios de nuestros padres, tú has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuera dado a conocer a las naciones: nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos hijos tuyos y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la Alianza”. Juan Pablo II. Ante el muro de las lamentaciones. 26 de marzo de 2000

El papa Benedicto XVI ha tenido numerosos encuentros con las autoridades religiosas judías. En pocos años visitó tres sinagogas. En la visita que realizó en 2006 al campo de concentración de Auschwitz aclara como el objetivo del nazismo era la extinción del pueblo judío y de su fe en Dios, para sustituirla por un credo basado en la fuerza y el dominio del hombre.

“Los potentados del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad, borrarlo de la lista de los pueblos de la tierra… En el fondo, con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre. Si este pueblo, simplemente con su existencia, constituye un testimonio de ese Dios que ha hablado al hombre y cuida de él, entonces ese Dios finalmente debía morir, para que el dominio perteneciera sólo al hombre, a ellos mismos, que se consideraban los fuertes que habían sabido apoderarse del mundo. En realidad, con la destrucción de Israel, con la Shoah, querían en último término arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte.”. Benedicto XVI. Visita al Campo de concentración de Auschwitz. 28 de mayo de 2006.

Durante la visita a la Sinagoga de Roma el 17 de enero de 2010, el papa Benedicto XVI afirmó que en el núcleo del Holocausto se encuentra en el olvido de Dios como Creador y en la idolatría del hombre, la raza o el Estado.

“El paso del tiempo nos permite reconocer que el siglo XX fue una época verdaderamente trágica para la humanidad: guerras sangrientas que sembraron más destrucción, muerte y dolor que nunca; ideologías terribles que hundían sus raíces en la idolatría del hombre, de la raza, del Estado, y que llevaron una vez más al hermano a matar al hermano. El drama singular y desconcertante del Holocausto representa, de algún modo, el culmen de un camino de odio que nace cuando el hombre olvida a su Creador y se pone a sí mismo en el centro del universo.” Benedicto XVI.

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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21.4. La Declaración de los errores del racismo

            Preocupado por la falaz ideología de la raza que sustentaba el nazismo y otras formas de totalitarismo y segregacionismo inhumanas en el mundo, el papa Pío XII escribió el 13 de abril de 1938 una carta a todos los rectores y decanos de facultades con la petición de refutar según el método propio de cada disciplina, las pseudoafirmaciones científicas con las cuales el nazismo intentaba justificar su ideología racista.

            De esta manera la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades condenó, por decreto de 13 de abril de 1938 los principales errores del racismo, que se indican a continuación:

  1. Existe una distancia infranqueable entre razas superiores y razas inferiores, aproximando estas últimas a la especie animal más alta.
  2. Cualquier medio es legítimo a condición de que conserve y cultive el vigor de la raza.
  3. Todas las cualidades intelectuales y morales se derivan de la sangre.
  4. El bien supremo de la educación es desarrollar los caracteres de la raza.
  5. La ley de la raza impera sobre la misma religión.
  6. El instinto racial es la fuente primera y la regla suprema de todo ordenamiento jurídico.
  7. Sólo existe el universo viviente.
  8. El hombre es tan sólo una forma en que el cosmos se amplifica en el curso de las edades.
  9. La existencia de la persona humana se justifica tan sólo por el Estado y para el Estado. Sus derechos son meras concesiones gratuitas de la entidad estatal.

El períodico del Vaticano, L´Ossevatore Romano, publicó en 1938 una condena clara y pública del racismo defendiendo la unidad del género humano y expresando la postura de la Iglesia Católica respecto a las ideologías de la raza.

“Católico quiere decir universal, no racista, no nacionalista, en el sentido de separación que pueden tener estos dos atributos… No queremos separar nada en la familia humana… La expresión “Género humano” revela precisamente la familia humana. Es preciso decir que los hombres son ante todo un único, grande, género, una grande y única familia de seres vivientes… Existe una sola raza humana universal, “católica”… y con ella y en ella, variaciones diversas… Esta es la respuesta de la Iglesia”. L´Ossevatore Romano, 1938

Pío XII en su mensaje de Navidad de 1942, afirmaba que entre los falsos postulados del positivismo jurídico “hay que incluir una teoría que reivindica para tal nación, tal raza, tal clase, el instinto jurídico, imperativo supremo y norma inapelable”. Y el papa lanzó un llamado a favor de un orden social nuevo y mejor:

      “Este empeño, la humanidad lo debe a centenares de miles de personas, que sin la menor culpa de su parte, sino a veces simplemente porque pertenecen a tal raza o a tal nacionalidad, son destinadas a la muerte o a una progresiva consunción”. Pío XII

      En 1963, Juan XXIII escribe la encíclica Pacem in terris. En ella reafirma la concepción personal y comunitaria del hombre, los derechos universales, inviolables y absolutamente inalienables de toda persona humana, sin discriminación alguna.

      “En toda humana convivencia bien organizada y fecunda hay que colocar como fundamento el principio de que todo ser humano es “persona”, es decir, una naturaleza dotada de inteligencia y de voluntad libre que, por tanto, de esa misma naturaleza directamente nacen al mismo tiempo derechos y deberes que, al ser universales e inviolables, son también absolutamente inalienables”. Juan XXIII. Pacem in terris, 8.

En la encíclica Populorum Progresio (1967) denunció el racismo como un obstáculo para la colaboración entre las naciones menos favorecidas y un fermento de división y odio en el seno de ellas mismas.

“El racismo no es patrimonio exclusivo de las naciones jóvenes, en las que a veces se disfraza bajo las rivalidades de clanes y de partidos políticos, con gran prejuicio de la justicia y con peligro de la paz civil. Durante la era colonial ha creado a menudo un muro de separación entre colonizadores e indígenas, poniendo obstáculos a una fecunda inteligencia recíproca y provocando muchos rencores como consecuencia de verdaderas injusticias. Es también un obstáculo a la colaboración entre naciones menos favorecidas y un fermento de división y de odio en el seno mismo de los Estados cuando, con menor precio de los derechos imprescriptibles de la persona humana, individuos y familias se ven injustamente sometidos a un régimen de excepción, por razón de su raza o de su color”. Juan XXIII. Populorum progressio, 63

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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21.3. La lucha de la Iglesia Católica en favor de los judíos

            La concepción pagana y bestial del nazismo se enfrentó inmediatamente con el cristianismo, en dos aspectos cruciales: el primero es que el nazismo había creado una religión pagana que veía en el Führer al mismo Dios y, el segundo, que la concepción racista, sobre cuyas bases se organizó el Estado, se contraponía de manera radical a la moral cristiana.

La Iglesia Católica en Alemania respondió condenando firmemente el racismo. Dicha condena se realizó desde los documentos y declaraciónes públicas de los obispos alemanes, a través de la enseñanza, y mediante los escritos de periodistas católicos.

            Entre febrero y marzo de 1931, el cardenal Bertram de Breslavia, el cardenal Faulhaber y los obispos de Baviera, los obispos de la provincia de Colonia y los de la provincia de Friburgo publicaron sendas cartas pastorales condenando el nacionalsocialismo, con su idolatría de la raza y del Estado. (B. Statiewski (Ed.), Akten deutschher Bischöfe über die Lage der Kirche, 1933-1945, vol. I, 1933-1934 (Mainz 1968) ).

El testimonio del cardenal Faulhaber

            El año en el que el partido de Hitler llegó al poder, el cardenal Faulhaber pronunció las cinco famosas homilías de Adviento, a las que no sólo asistieron católicos, sino también protestantes y judíos. En ellas rechazó, de manera contundente, la propaganda nazi antisemita, que pretendía hacer creer a los cristianos que el Antiguo Testamento no formaba parte de la Biblia, y que cristianismo y judaísmo no podían coexistir uno al lado del otro. El cardenal Faulhaber explicó que “golpear a los judíos es como golpear a los cristianos”. (Michael Faulhaber, Giudaismo – Cristianesimo – Germanesimo, Morcelliana, Brescia, 1934.)

            El ascenso del partido nazi al poder se debió al voto masivo de las zonas protestantes, sobre todo en Prusia, mientras que los católicos votaron masivamente al “Zentrum” (contrario a la Kulturkampf) y por el “Partido populista bávaro” que obtuvo 19 escaños en 1933.

Los católicos no votaron a Hitler. En el mapa de la izquierda se muestra la proporción de católicos en Alemania en los años 30. En el de la derecha se muestra los resultados de las elecciones de 1932. Los distritos donde la población es mayoritariamente católica (Baviera, Prusia Oriental y Silesia) coinciden con el menor voto a Hitler.

            Poco después del triunfo nazi, los obispos alemanes se reunieron en Fulda. Allí se redactó una carta colectiva, que si bien no era una condena explícita del nuevo gobierno, no carecía en absoluto de claridad: “la afirmación de los principios de la sangre y de la raza conducen a injusticias que hieren gravemente la conciencia cristiana”.

            La primera estrategia de Hitler con la Conferencia Episcopal alemana fue tratar de dividir a esta con discordias, pero la asamblea de obispos mandó un mensaje no escrito, del que los nazis tomaron buena nota, confirmando su unidad, prácticamente sin fisuras. Como segunda estrategia, Hitler buscó firmar un concordato con la Santa Sede, semejante a los acuerdos de Letrán firmados por Mussollini.

            A los veinte días después de firmar el concordato con la Iglesia, el 25 de julio de 1933, Hitler presentó la propuesta de ley de esterilización. La ley entró en vigor en enero de 1934. La Iglesia, arriesgándose a una feroz represión, se opuso enérgicamente. Los nazis trataron de debilitar la oposición católica dando voz a profesores universitarios favorables a la esterilización y, al mismo tiempo, ofreciendo a la Iglesia exenciones para los católicos.

            El cardenal de Breslau, Adolf Bertram, pensó escribir una carta pastoral denunciando la esterilización masiva, pero se le aconsejó que no lo hiciera para no sufrir una violenta represión. Entonces se encargó de pasar la voz a cada católico para que rechazara radicalmente tal práctica. El cardenal Clemens August von Galen, que por su valentía es recordado como el “León de Münster”, expresó públicamente su amargura y sus protestas por la ley de esterilización el 29 de enero de 1934. Pío XI había expresado ya la doctrina de la Iglesia en esta cuestión en la encíclica Casti connubi publicada el 30 de diciembre de 1930, en la que se condenaba la esterilización y el control de los nacimientos.

“Ha de reprobarse una práctica perniciosa que, si directamente se relaciona con el derecho natural del hombre a contraer matrimonio, también se refiere, por cierta razón verdadera, al mismo bien de la prole. Hay algunos, en efecto, que, demasiado solícitos de los fines eugenésicos, no se contentan con dar ciertos consejos saludables para mirar con más seguridad por la salud y vigor de la prole —lo cual, desde luego, no es contrario a la recta razón—, sino que anteponen el fin eugenésico a todo otro fin, aun de orden más elevado, y quisieran que se prohibiese por la pública autoridad contraer matrimonio a todos los que, según las normas y conjeturas de su ciencia, juzgan que habían de engendrar hijos defectuosos por razón de la transmisión hereditaria, aun cuando sean de suyo aptos para contraer matrimonio. Más aún; quieren privarlos por la ley, hasta contra su voluntad, de esa facultad natural que poseen, mediante intervención médica, y esto no para solicitar de la pública autoridad una pena cruenta por delito cometido o para precaver futuros crímenes de reos, sino contra todo derecho y licitud, atribuyendo a los gobernantes civiles una facultad que nunca tuvieron ni pueden legítimamente tener.

Cuantos obran de este modo, perversamente se olvidan de que es más santa la familia que el Estado, y de que los hombres se engendran principalmente no para la tierra y el tiempo, sino para el cielo y la eternidad. Y de ninguna manera se puede permitir que a hombres de suyo capaces de matrimonio se les considere gravemente culpables si lo contraen, porque se conjetura que, aun empleando el mayor cuidado y diligencia, no han de engendrar más que hijos defectuosos; aunque de ordinario se debe aconsejarles que no lo contraigan.

Además de que los gobernantes no tienen potestad alguna directa en los miembros de sus súbditos; así, pues, jamás pueden dañar ni aun tocar directamente la integridad corporal donde no medie culpa alguna o causa de pena cruenta, y esto ni por causas eugenésicas ni por otras causas cualesquiera.”. Pío XI. Casti connubii. 1930.

Los nazis tomaron represalias y los sacerdotes que se oponían o que hablaron contra la ley fueron castigados y perdieron el derecho a enseñar en las escuelas públicas. Las enfermeras católicas que rehusaron esterilizar a los pacientes considerados “inútiles”, fueron sencillamente despedidas.

            L´Oservatore Romano, apoyó en todo momento a todos los sacerdotes que se oponían a la ley sobre la esterilización, pero la situación era muy dura para los católicos alemanes.

Fue hacia 1937 que los obispos alemanes enviaron un informe al Papa, que estaba preparando la encíclica Mit brennender Sorge. En ella resumían cuatro años de relaciones con la dictadura de Hitler: “Lo que se pretende es la destrucción radical y definitiva del cristianismo y en especial de la religión católica, o por lo menos su reducción a un estado que desde el punto de vista de la Iglesia es lo mismo que una destrucción”.

            La Pastoral de Fulda del 19 de agosto de 1938 declarará abiertamente que la finalidad de la lucha contra la Iglesia era “la destrucción de la Iglesia Católica en nuestro pueblo, el desarraigo total del cristianismo y la introducción de una fe que no tiene que ver lo más mínimo con la fe en Dios y con la fe cristiana”.

            El enfrentamiento con la Iglesia se agudizó el 1 de septiembre de 1939, cuando Hitler anunció el programa de eutanasia para la eliminación de todos los enfermos incurables. El régimen nazi aprovechó el inicio de la guerra para acelerar los programas de “selección de la raza”. Estos programas seguían directrices eugenésicas, según las cuales, no sólo se eliminaba a los enfermos, sino a todos aquellos que el nazismo consideraba como elementos que podían corromper la raza aria, es decir: incapacitados, enfermos mentales, judíos, gitanos, asociales, opositores al régimen, prostitutas, mendigos, delincuentes, sordos, ciegos, etcétera.

            “Aunque nuestra suerte fuera la de sufrir persecución por amor a Cristo crucificado, no pensamos ser cobardes sino valientes. Existen en suelo germánico tumbas recientes donde reposan las cenizas de aquellos que el mundo católico considera mártires de la fe”. Cardenal Michael Faulhaber. 1937

            Sus homilías y cartas pastorales suscitaron manifestaciones de odio entre los nazis. Todos aquellos que vendían o distribuían sus escritos fueron castigados, encarcelados los sacerdotes, los laicos y los jóvenes que intentaban difundirlo en público. Alfred Rosenberg escribió un libro en 1936 con el título A los hombres oscuros de nuestro tiempo, en el que criticó a la Iglesia católica y dedicó un capítulo al cardenal Faulhaber. Durante un sermón, el cardenal le contestó:

            “El autor del mito del siglo XX ha escrito que no estima al arzobispo de Munich, pero el arzobispo se debería avergonzar hasta desaparecer si hombres de tal calaña le estimaran”.

            El cardenal fue objeto de ataques y manifestaciones violentas por parte de los nazis, hasta el punto de que el palacio arzobispal fue asaltado. Ante esta violencia, Faulhaber dijo:

            “Vendrá el tiempo, es más, ya ha llegado, en que los obispos deberán ponerse la mitra como quien se pone un yelmo y no se la deberán quitar como los soldados en el frente, siempre atentos a quién va por allí. Puesto que se trata de la verdad del Evangelio, del orden moral entre nuestro pueblo, los obispos estarán siempre en primera línea, bajo el fuego”. Faulhaber.

Tras la noche de los cristales, el preboste de la catedral de Berlín, Bernhard Lichtenberg (1875-1943) realizó oraciones públicas por los judíos. El padre Bernhard tramitó quejas formalmente, por via legal, para protestar por los actos de discriminación racial. En 1941 protestó por carta al Jefe de Salud del Reich contra el asesinato de discapacitados. Meses más tarde era detenido por la GESTAPO y condenado por hacer mal uso del púlpito. Pasó dos años en la cárcel y posteriormente deportado al campo de Dachau, pero murió en el vagón de carga en circunstancias aún no aclaradas.

Clemens August von Galen: El “León de Münster”

            Es precisamente en el verano de 1941 cuando el Obispo de Münster, Clemens August Graf von Galen predicó sus famosas homilías (13 y 20 de julio y 3 de agosto) denunciadoras de lo que el régimen nazi estaba realizando. Galen planteó en mayo de 1941 la cuestión de conciencia de si el episcopado podía seguir con un estilo de defensa prudente, como el seguido hasta ese momento, o si los obispos no debían más bien irrumpir en la opinión pública: si fuera necesario, “sacrificando la libertad y la vida”.

En su primera homilía Galen denunciaba que “cualquier ciudadano alemán se encuentra totalmente desprotegido e indefenso ante el poder omnímodo de la policía secreta (…); ninguno de nosotros está seguro (…) de que un día no vayan a su casa a detenerlo, de que no se le robe su libertad y se le encierre en los sótanos y en los campos de concentración de la policía secreta”. El obispo reclamaba un general “un derecho a la vida, a la inviolabilidad, a la libertad” como algo inalienable y terminaba, alzando la voz: “Como alemán, como ciudadano, como representante de la religión cristiana, como obispo católico: exigimos justicia”.

            Desde 1933 no se habían oído en Alemania unas palabras tan contundentes como esas. Galen se convertía así en el portavoz de los derechos humanos más elementales, y en esa medida dejaba en evidencia al sistema totalitario.

            El 31 de julio un grupo de enfermos de un hospital católico de Múnester fueron trasladados para ser asesinados. Galen protestó ante la policía y la justicia, y el 3 de agosto denunció públicamente los hechos en la homilía en la catedral de Münster. Sus palabras recorrieron toda Alemania y llegó al extranjero, donde fueron copiadas por la propaganda británica quien las distribuyó impresas en millones de hojas volanderas soltadas desde aviones por toda Alemania. También los obispos de Hildesdeim y Trier salieron en defensa pública de los disminuidos psíquicos y apuntaron acusadoramente en sus prédicas a la maquinaria homicida del Estado.

            El gobierno nazi tomó la resolución de condenar a muerte en la horca a Galen, pero Goebbels convenció a Hitler de que era más inteligente dejar la venganza para después de la guerra. Hitler interrumpió el Klostertum el 30 de julio y la maquinaria de eutanasia el 24 de agosto. No fueron las palabras de Von Galen las que presuadieron a Hitler de cesar en sus monstruosidades, más bien las postpuso para su “victoria final”.

En 1942 y 1943 se publicaron nuevas cartas pastorales en las de condenaba la política asesina del nacionalsocialismo. En ellas junto a las orientaciones teológicas de fondo se unen las exigencias políticas basadas en los derechos humanos.

“Matar es algo intrínsecamente malo, aunque presuntamente se lleve a cabo en interés del bien común: con lso débiles indefensos e inocentes, con enfermos mentales, con incurables, con los que tienen taras genéticas o con los recién nacidos, con los rehenes inocentes y con los prisioneros de guerra desarmados, con hombres de raza extranjera y distinta estirpe”.

El efecto más importante que produjo la misión pastoral de los obispos alemanes fue la orientación que dio a los católicos y no católicos alemanes. Su oposición no fue política sino moral. Aproximadamente unos 12.000 sacerdotes (la mitad del clero católico alemán) entraron en conflicto directo con el terror hitleriano. El régimen no consideró a ningún otro grupo social – ni siquiera los comunistas – como un enemigo mayor que los católicos que fueron fieles a la Iglesia.

            Durante la guerra, el regimen nazi no dejó de atacar y presionar a la Iglesia Católica, limitando su poder de acción y denuncia. Así por ejemplo se eliminaron todas las escuelas católicas en Alemania occidental y en Silesia. En 1940 el régimen comenzó la expropiación de conventos y seminarios de sacerdotes (Klostertum). En acciones nocturnas, tomaron 120 centros cristianos, deteniendo a los religiosos y sacerdotes. En 1941 desaparecen 190 publicaciones católicas, incluida la prensa episcopal.

            La gran mayoría de los sacerdotes y los religiosos fueron deportados al campo de Dachau, conocido como “el más grande cementerio de curas del mundo”. Según los datos recogidos por los investigadores, en Dachau murieron más de dos mil setecientos miembros del clero, de los cuales 2.579 eran católicos, 109 evangélicos, 22 greco-ortodoxos, 22 entre viejos católicos y maronitas, y 2 musulmanes.

            Muchos fueron los hechos heróicos protagonizados por sacerdotes, religiosos y monjas. En 1943, la asociación de resistencia al nazismo de jóvenes católicos, la «Rosa blanca», fue aniquilada. El sacerdote Max Josef Metzger, fundador en 1917 de la «Cruz blanca», una alianza mundial pacifista muy comprometida en actividades ecuménicas, fue condenado a la pena de muerte y ejecutado en la prisión de Brandeburgo-Goerden el 17 de abril de 1944. San Maximiliano Kolbe, internado en el campo de Auschwitz, ofreció su vida para salvar la de un padre de familia. El beato obispo Michele Kozal fue asesinado en Dachau el 26 de enero de 1943. Rupert Mayer, sacerdote jesuita ya beato, murió justo después de la liberación del campo a causa de los sufrimientos padecidos. Era conocido como el «apóstol de Munich». El padre Alfred Delph formaba parte de un grupo de jesuitas que se oponía al régimen nazi. Después del atentado fallido contra Hitler del 2 de julio de 1944, fue arrestado y trasladado a Berlín. El 2 de febrero de 1945 fue asesinado Don Theodor Hartz, un salesiano que se distinguió por su actividad caritativa y apostólica, fue internado en Dachau y asesinado el 23 de agosto de 1942. Sor Edith Stein, beatificada el 1 de enero de 1987 y canonizada el 11 de octubre de 1998, fue internada y asesinada junto a su hermana Rosa.

El precio pagado por la Iglesia Católica polaca fue enorme. Según una nota de 1941 enviada al Vaticano por el cardenal Sapieha, 2.500 sacerdotes fueron deportados, 700 de ellos al campo de Dachau, y 400 encerrados en campos de concentración de la diócesis de Metz. Hay que tener en cuenta que Polonia era el único país en el que estaba vigente la pena de muerte a quien ayudara a los judíos. Un ejemplo lo tenemos en la familia católica Ulma. Jozef Ulma, junto a su mujer Wiktoria y sus siete hijos (uno todavía no había nacido pues Viktoria estaba en los últimos meses de embarazo) fueron masacrados el 24 de marzo de 1944 por los gendarmes alemanes en la aldea Markowa, por haber escondido en su casa a ocho judíos.

La acción de los cristianos protestantes

            También la confesión protestante alemana se sumó a la resistencia contra el nazismo. En junio de 1937 las SS arrestaron a cuarenta de los más influyentes pastores por “desobediencia a las leyes del Estado”. Entre ellos se encontraba Dietrich Bornhoeffer, pastor y teólogo luterano quien declaró: “Hitler es el anticristo. Debemos combatirlo hasta lograr al menos alejarlo”. Creó la “Iglesia de la Confesión” con el fin de oponerse a las políticas antisemitas de Hitler. Diseñó el Proyecto 7 en el que se recaudaba dinero para ayudar a escapar a judíos a Suiza. El 9 de abril de 1945 Bornhoeffer fue asesinado por miembros de la Gestapo.

            Los nazis realizaron arrestos de protestantes, deportaciones a los campos, confiscación de bienes esclesiásticos y ocupación de casas religiosas. Los presbíteros y sacerdotes fueron castigados por los motivos más triviales. El párroco de Niessen de Riehterich fue condenado a muerte por el tribunal especial de Colonia porque “había ridiculizado el saludo hitleriano”.

Irena Sendler: La madre de los niños del Holocausto

            La vida y obra de esta mujer supone un testimonio de valor, entrega y generosidad salvando a más de 2.500 niños judíos del holcausto nazi. Irena Sendler trabajaba como enfermera para el Departamento de Bienestar Social de Varsovia. Cuando los nazis invadieron Polonia, establecieron un gueto para judíos en el que la miseria y las enfermedades causaban varios centenares de víctimas. Irena Sendler consiguió permisos de la oficina sanitaria para acceder al guetto y luchar contra las enfermedades contagiosas: “Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto”.

            Irena se puso en contacto con familias de judíos para ofrecerlas salvar a sus hijos sacándoles fuera del gueto. De esta manera en apenas un año y medio logró rescatar a más de 2.500 niños por distintos caminos. Al principio los sacaba en ambulancias como víctimas de tifus, pero luego empezó a esconderlos en sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, bolsas de patatas, ataúdes… Cualquier elemento se transformaba en una vía de escape.

            Quiso Irena que los niños pudieran un día recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales y sus familias. Así ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades.

            En 1943 los nazis supieron de sus actividades, y la Gestapo la detuvo para conducirla a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. Ella era la única persona que conocía los nombres y direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos, pero soportó la tortura y se negó a traicionar a sus colaboradores o a los niños judíos. Por ello fue sentenciada a muerte. Esperando en prisión su ejecución, un soldado alemán la ayudó a escapar, pero este soldado fue ejecutado al día siguiente.

            Al finalizar la guerra Irena entregó los documentos al doctor Adolfo Berman, primer presidente del Comité de salvamento de los judíos sobrevivientes. Lamentablemente la mayor parte de las familias de los niños habían muerto en los campos de concentración nazis.

            El régimen comunista que relevó al nazi hizo de la historia judía un tema vedado. Por ello Irena Sendler tuvo muchos problemas con el gobierno comunista.

            En 1965 la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las naciones y la nombró ciudadana de honor de Israel.

            En noviembre de 2003, el presidente de la República, Alexander Kwasniewski, le otorgó la más alta distinción civil en Polonia: la Orden del Águila Blanca por sus servicios a la humanidad. Irena declaró los motivos por lo que expuso su propia vida a favor de los demás:

«La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.» Irena Sendler

 Pio XI: La primera condena internacional del racismo

            El papa Pio XI condenó el racismo nazi en la encíclica Mit brennender Sorge, (única encíclica escrita originalmente en una lengua que no es el latín), con el fin de que fuera leída en la iglesia de Alemania el domingo de Pasión de 1937. En ella el Papa advierte que:

“Todo el que tome la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma determinada del Estado, o los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana […] y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Contra la pretensión del provocador neopaganismo que predicaba el régimen nazi realizando confusas referencias a un dios natural, o a un cristo cósmico, para fundar una iglesia nacional alemana, Pio XI aclara:

“No puede tenerse por creyente en Dios el que emplea el nombre de Dios retóricamente, sino sólo el que une a esta venerada palabra una verdadera y digna noción de Dios. Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes.

Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precistriana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia…

Nuestro Dios es el Dios personal, trascedente, omnipotente, infinitamente perfecto, único en la trinidad de las personas y trino en la unidad de la esencia divina, creador del universo, señor, rey y último fin de la historia del mundo, el cual no admite, ni puede admitir, otras divinidades junto a sí”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Advierte también de la adulteración de nociones y términos sagrados, que secuestrados por la teosofía nazi eran terjiversados en su contenido y sentido más profundo.

“Venerables hermanos, ejerced particular vigilancia cuando conceptos religiosos fundamentales son vaciados de su contenido genuino y son aplicados a significados profanos.

Revelación, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este término para indicar las sugestiones que provienen de la sangre y de la raza o las irradiaciones de la historia de un pueblo es, en todo caso, causar desorientaciones. Estas monedas falsas no merecen pasar al tesoro lingüístico de un fiel cristiano”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Denuncia también los peligros de una falsa concepción del término imortalidad cuando se refiere a la colectividad de la raza, como realizan las ideologías totalitaristas:

“La inmortalidad, en sentido cristiano, es la sobrevivencia del hombre después de la muerte terrena, como individuo personal, para la eterna recompensa o para el eterno castigo. Quien con la palabra inmortalidad no quiere expresar más que una supervivencia colectiva en la continuidad del propio pueblo, para un porvenir de indeterminada duración en este mundo, pervierte y falsifica una de las verdades fundamentales de la fe cristiana”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Defiende el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas, mientras advierte de las consecuencias que un adoctrinamiento en el ateísmo puede causar en la sociedad:

“Los padres, conscientes y conocedores de su misión educadora, tiene, antes que nadie, derecho esencial a la educación de los hijos, que Dios les ha dado, según el espíritu de la verdadera fe y en consecuencia con sus principios y sus prescripciones. Las leyes y demás disposiciones semejantes que no tengan en cuenta la voluntad de los padres en la cuestión escolar, o la hagan ineficaz con amenazas o con la violencia, están en contradicción con el derecho natural y son íntima y esencialmente inmorales”.

Fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, e sun atentado criminal contra el provenir del pueblo, cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

En clara referencia al pueblo judío y su tradición bíblica, Pio XI responde contundenmente:

“El que pretende desterra de la Iglesia y de la escuela la historia bíblica y las sabias enseñanzas del Antiguo Testamento, blasfema la palabra de Dios, blasfema el plan de la salvación dispuesto por el Omnipotente y erige en juez de los planes divinos un angosto y mezquino pensar humano”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

En una clara señal de crítica para el régimen nacionalsocialista alemán. La encíclica fue leída el 21 de marzo de 1937 en todos los templos católicos alemanes, que eran más de 11.000. La unanimidad fue absoluta. Durante todo el tiempo que duró el Tercer Reich, ningún documento o declaración tuvo el impacto tan decisivo que supuso la “Mit brennender sorge”. Pio XI no quiso exasperar excesivamente al régimen nazi, pero se sentía en la obligación de ser fiel a la verdad.

“Hemos pesado cada palabra de esta encíclica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No queríamos, con un silencio inoportuno, ser culpables de no haber aclarado la situación, ni de haber endurecido con un rigor excesivo el corazón de aquellos que, estando confiados a nuestra responsabilidad pastoral, no nos son menos amados porque caminen ahora por las vías del error y porque se hayan alejado de la Iglesia”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

            Al día siguiente, el órgano oficial nacionalsocialista, Völkischer Beobachter, publicó una réplica a la encíclica. Pero el ministro de propaganda Joseph Goebbels, con gran perspicacia, evitó que continuara el debate. Controlando el gobierno la prensa y la radio, lo más conveniente era ignorar completamente la encíclica y de esta manera minimizar el impacto real que tuvo. Esto no evitó que el clero y la Iglesia católica en Alemania sufrieran una cadena de ataques y sanciones.

El 6 de septiembre de 1938, dirigiéndose a un grupo de peregrinos belgas, Pío XI afirmó: «El antisemitismo es inaceptable. Espiritualmente todos somos semitas».

Pio XII: La voz solitaria

            Al papa Pío XII, le tocó vivir una época especialmente difícil. En Rusia, se había formado el primer estado totalitario de la historia y millones de cristianos fueron fusilados, torturados o enviados a campos de concentración. El propio Eugenio Pacelli, cuando fue nuncio en Alemania, pudo ver de lo que eran capaces los comunistas y nunco lo olvidó. A pesar de esta experiencia, tampoco tuvo simpatía con Hitler.

            Cuando fue nombrado Papa en 1939, se planteó la posibilidad de denunciar pública y explícticamente la persecución de los judíos, pero las consecuencias de esta acción hubieran sido terribles. Los católicos de Holanda habrían sufrido una represión brutal por adoptar esta conducta, asi que la prudencia aconsejó tomar otro tipo de medidas, sin dejar de condenar las políticas nacional-socialistas de manera pública y contundente. En julio de 1942 los obispos holandeses hicieron pública una pastoral contra la deportación de los judíos, a pesar de las amenazas nazis. La Gestapo respondió violando inmediatamente la inmunidad de los conventos y edificios religiosos para deportar a todos los judíos que se habían refugiado en ellos.

El periódico “Das Berlin Morgenpost”, afín al gobierno nazi, atacó en 1939 la elección del nuevo papa Pío XII: “La elección del cardenal Pacelli no es aceptada con agrado en Alemania porque siempre se opuso al nazismo y prácticamente determinó las políticas del Vaticano bajo su predecesor”.

            Pío XII sabía que todo ataque verbal directo, anularía automáticamente todos los esfuerzos desplegados por los nuncios, los obispos, los sacerdotes, y los religiosos, así como de los seglares en su propio ámbito. Aunque al Papa le pesara guardar silencio, en su momento fue la mejor estrategia para luchar contra la maquinaria de terror instalada por el nazismo, atacando su punto débil: el escaso número de agentes de policía política. Para salvar al mayor número de víctimas potenciales del nazismo, Pío XII sabía que era necesario preservar la inmunidad de los conventos ya que eran los auténticos refugios de judíos perseguidos, a la espera de la llegada de los aliados. Todo esto era posible, porque el régimen nazi había pospuesto la hora de la aniquilación del catolicismo a “la victoria” en la guerra, aunque la agresividad del III Reich contra los católicos ya era lo suficientemente explícita.

Pío XII, desde su primera encíclica, Summi pontificatus, del 20 de octubre de 1939, puso en guardia al mundo contra las teorías que negaban la unidad de la raza humana y contra la divinización del Estado, que, según su previsión, llevarían a una verdadera «hora de las tinieblas».

“¡Qué maravillosa visión, que nos hace contemplar el género humano en la unidad de su origen en Dios… en la unidad de su naturaleza, compuesta por igualdad en todos los hombres de un cuerpo material y alma espiritual, en la unidad de su fin inmediato y su misión en el mundo, en la unidad de su vivienda, la tierra, cuyos beneficios da a todos los hombres, por derecho de naturaleza, puede usar para sostener y desarrollar la vida, en la unidad de su fin sobrenatural: Dios mismo, a quien todos deben tender, en la unidad de los medios para alcanzar este fin;… en la unidad de la redención realizada por Cristo para todos.

Esta ley divina de la solidaridad y la caridad asegura que todos los hombres son verdaderamente hermanos, sin excluir la rica variedad de personas, culturas y sociedades”. Pio XII. Summi pontificatus, 1939

Declara su deber de “dar testimonio de la verdad”, exponer y refutar los errores del racismo para poner pronto remedio y cura.

“Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, oye mi voz (Jn 18,37), declaramos que el principal deber que nos impone nuestro oficio y nuestro tiempo es «dar testimonio de la verdad». Este deber, que debemos cumplir con firmeza apostólica, exige necesariamente la exposición y la refutación de los errores y de los pecados de los hombres, para que, vistos y conocidos a fondo, sea posible el tratamiento médico y la cura: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8,32).

Summi Pontificatus enseña que las culturas superiores e inferiores no existen y que los diferentes niveles de desarrollo dentro y entre las naciones son fuente de enriquecimiento de la raza humana. Más aún, reclama una solidaridad humana universal que traspase fronteras.

“Las naciones, a pesar de la diferencia de desarrollo, debido a diversas condiciones de vida y de la cultura, no están destinadas a romper la unidad de la raza humana, sino más bien enriquecerla y embellecerla por el reparto de sus dones peculiares y el intercambio recíproco de los bienes”.

“…los ciudadanos de cada Estado no se nos muestran desligados entre sí, como granos de arena, sino más bien unidos entre sí en un conjunto orgánicamente ordenado, con relaciones variadas, según la diversidad de los tiempos, en virtud del impulso y del destino natural y sobrenatural. Y si bien los pueblos van desarrollando formas más perfectas de civilización y, de acuerdo con las condiciones de vida y de medio se van diferenciando unos de otros, no por esto deben romper la unidad de la familia humana, sino más bien enriquecerla con la comunicación mutua de sus peculiares dotes espirituales y con el recíproco intercambio de bienes, que solamente puede ser eficaz cuando una viva y ardiente caridad cohesiona fraternalmente a todos los hijos de un mismo Padre y a todos los hombres redimidos por una misma sangre divina”. Pio XII. Summi pontificatus, 1939

Pio XII realiza una profunda crítica de los totalitarismos de Estado

“La concepción que atribuye al Estado un poder casi infinito, no sólo es, venerables hermanos, un error pernicioso para la vida interna de las naciones y para el logro armónico de una prosperidad creciente, sino que es además dañosa para las mutuas relaciones internacionales, porque rompe la unidad que vincula entre sí a todos los Estados, despoja al derecho de gentes de todo firme valor, abre camino a la violación de los derechos ajenos y hace muy difícil la inteligencia y la convivencia pacífica”. Pio XII. Summi pontificatus, 1939

El 29 de octubre de 1939, el Papa Pío XII realizó un gesto de unidad de la Iglesia Católica por encima de las fronteras, de los pueblos y de las razas, consagrando en San Pedro de Roma a doce obispos de diferentes partes del mundo: uno chino, un francés de las misiones extranjeras, un jesuita indio, un salesiano mexicano, un dominico italiano, un sacerdote holandés de Steyl, un americano, un irlandés, un franciscano alemán, un padre belga, un malgache y un congolés. Este hecho, absolutamente simple, explicaba perfectamente el sentido de la posición de la Iglesia Católica ante la cuestión racial.

Un editorial del New York Times declaraba en diciembre 25 de 1941: “La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y la oscuridad que envuelven a Europa esta Navidad. El es casi el único gobernante que queda en el continente europeo que se atreve a levantar la voz. ”

En su mensaje de Navidad de 1942, Pío XII reclamó por los “cientos de miles que, sin ser culpables de nada, y solamente como resultado de pertenecer a una nación o raza, han sido condenados a muerte o a la extinción progresiva”.

            El obispo de Berlín, monseñor Honrad von Preysing, respondió a las persecuciones contra los judíos con una carta pastoral afirmando que “los derechos que el hombre posee a la vida, a la propiedad, a la libertad, al matrimonio no deben su existencia al arbitrio del Estado, no pueden ni deben ser quitados ni siquiera a quien no es de nuestra sangre y no habla nuestra lengua”.

            En todo momento Pio XII no dejó de apoyar a los obispos alemanes, asegurando su respaldo y el de la Santa Sede a su valiente denuncia. Pio XII escribió al obispo de Berlín en los siguientes términos:

“Te estamos agradecidos, venerable hermano, por las claras y abiertas palabras que has dirigido a tus fieles y a la opinión pública en diversas ocasiones. Pensamos, entre otras, en tus declaraciones sobre la concepción cristiana del Estado, y aquellas sobre el derecho a la vida y a la caridad de todo hombre y, en modo especial, a tu carta pastoral de Adviento sobre los derechos de Dios, sobre los derechos de los individuos y de las familias…”. Pio XII. La resistenza dei Vescovi», L’Osservatore Romano

            Pio XII intentó dar una respuesta doctrinal al programa de eutanasia nazi. A finales de 1940, ordenó a la Congregación para la Doctrina de la Fe que emitiera una condena formal y explícita de los homicidios en masa que se estaban llevando a cabo en Alemania en nombre de la pureza de raza. El 6 de diciembre de 1940, L´Osservatore Romano publicó un decreto de la congregación en el que se condenaba la eutanasia como “contraria al derecho natural y al divino positivo”.

            Durante la ocupación alemana de Roma, Pio XII dio secretamente instrucción al clero católico para que salvara, con todos los medios, el mayor número posible de vidas humanas. De esta manera la Iglesia Católica llegó a salvar más de 700.000 judíos de la muerte, según los estudios publicados por Pinchas Lapide, que fue cónsul general de Israel en Milán. Si el 80 por ciento de los judíos europeos murieron en aquellos años, el 80 por ciento de los judíos italianos salvaron sus vidas. Sólo en Roma, 155 conventos y monasterios ofrecieron refugio a unos cinco mil judíos. En la residencia papal de Castel Gandolfo se refugiaron hasta tres mil judíos que hubieran sido deportados a los campos de concentración alemanes. Muchos sacerdotes y monjas, siguiendo instrucciones directas de Pío XII, pusieron sus vidas en peligro para salvar la vida de centenares de vidas de juíos. David Dalin, un prestigioso historiador hebreo no ha dudado en afirmar: “Durante el siglo XX el pueblo judío no tuvo un amigo más grande”.

El reconocimiento de la verdad

Muchas comunidades y personalidades judías han expresado su gratitud hacia el papa Pío XII por salvar a cientos de miles de judíos. Por esa razón, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos fueron condecorados por el Estado de Israel. Así mismo, organizaciones y personalidades judías representativas, han valorado positivamente la sabiduría de la diplomacia del papa Pío XII.

“Ante todo, dirigimos un reverente homenaje de gratitud al Sumo Pontífice y a los religiosos y religiosas que, siguiendo las directrices del Santo Padre, vieron en los perseguidos a hermanos, y con valentía y abnegación nos prestaron su ayuda inteligente y concreta, sin preocuparse por los gravísimos peligros a los que exponían”. Giuseppe Nathan. L´Osservatore Romano, 8 de septiembre de 1945.

El 21 de septiembre del mismo año, Pío XII recibió en audiencia al doctor A. Leon Kubowitzki, secretario general del Congreso Judío Internacional, que acudió para presentar “al Santo Padre, en nombre de la unión de las comunidades judías, su más viva gratitud por los esfuerzos de la Iglesia católica a favor de la población judía en toda Europa durante la guerra”. (L´Osservatore Romano, 23 de septiembre de 1945).

El 29 de noviembre de 1945, el Papa recibió a unos ochenta delegados de prófugos judíos, provenientes de varios campos de concentración en Alemania, que acudieron a manifestarle “el sumo honor de poder agradecer personalmente al Santo Padre la generosidad demostrada hacia los perseguidos durante el terrible período del nazi-fascismo” (L´Osservatore Romano, 30 de noviembre de 1945).

El físico judío Albert Einstein reconoció en un artículo en Time en 1940, el importante papel realizado por la Iglesia católica salvando a cientos de miles de personas, en contraposición a otras instituciones que guardaron silencio o se inhibieron del holocausto.

«Siendo un amante de la libertad, cuando la revolución estalló en Alemania, miré con confianza a las Universidades, sabiendo que éstas se habían siempre enorgulecido de su devoción a la causa de la verdad. Pero las Universidades fueron acalladas. Entonces miré hacia los grandes editores de los periódicos que, en fogosos editoriales, proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las Universidades, fueron sofocados en pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció en pie para bloquear el paso a la campaña de Hitler para suprimir la verdad. Nunca antes había tenido un amor especial por la Iglesia, pero ahora siento un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido el coraje y la tenacidad de alinearse en defensa de la verdad intelectual y de la libertad moral. Por ello, me veo obligado a confesar que ahora aprecio sin reservas lo que durante mucho tiempo desprecié». Albert Einstein.

Al morir del papa Pío XII en 1958, Golda Meir envió un elocuente mensaje:

“Compartimos el dolor de la humanidad (…). Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó a favor de sus víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre las grandes verdades morales por encima del tumulto del conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la paz”.

Pío XII seguramente hizo todo lo que podía, teniendo en cuenta que de sus palabras dependía el futuro de millones de personas que no eran judías, y cuyos sufrimientos quiso también aliviar. Proporcionó información al exterior acerca de los crímenes cometidos por el III Reich, intentando salvar al mayor número posible de judíos. Resulta significativo que el departamento de Estado norteamericano recibiera en 1942 las primeras noticias sobre las cámaras de gas de fuentes vaticanas.

Las gestiones del vaticano fueron sin duda más loables que las que realizó Stalin que no movió un dedo para impedir el Holocausto, y que firmó un pacto con el Hitler de las leyes de Nuremberg. O como Roosevelt, que se negó, a pesar de las peticiones de Churchill, a bombardear las vías férreas que llevaban a Auchswitz, por temor a las represalias sobre sus pilotos.

En el documento “Nosotros recordamos: Una Reflexión Sobre La Shoah” de los cardenales Edward Idris Cassidy, Pierre Duprey, y Remi Hoeckman, publicado en 1998, se recuerda la postura de la Iglesia en todo momento de condena del genocidio y de las violencias por motivos raciales, religiosas o de otro tipo.

“Recordamos y hacemos nuestro lo que afirmó el Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jefes de la comunidad judía de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con ustedes, la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del cristianismo». La Iglesia católica repudia, por consiguiente, toda persecución, en cualquier lugar y tiempo, perpetrada contra un pueblo o un grupo humano. Condena de modo más firme todas las formas de genocidio, así como las ideologías racistas que los han hecho posible. Dirigiendo la mirada a este siglo, nos entristece profundamente la violencia que ha afectado a grupos nuestros de pueblos y naciones. Recordamos, en particular, la matanza de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante la década de 1930, el genocidio de los gitanos, también fruto de ideas racistas, y tragedias semejantes ocurridas en América, en Africa y en los Balcanes. No olvidamos los millones de víctimas de la ideología totalitaria en la Unión Soviética, en China, en Camboya y en otros lugares. Y tampoco podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son muy conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión, «demasiados hombres son todavía víctimas de sus hermanos».

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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21.2. La labor de denuncia de los misioneros cristianos

            Forma parte de la leyenda negra contra el cristianismo que este colaboró con la explotación colonial del s. XIX, pero nada más lejos de la realidad. En la mayoría de los casos fueron precisamente los propios misioneros quienes denunciaron en Occidente, los abusos que se estaban realizando en las colonias contra los indígenas. Por otra parte fueron ellos los que llevaron la cultura y la formación académica a estos pueblos, creando escuelas, hospitales y universidades donde se formarían los que años después, con la descolonización del continente africano ocuparían los puestos de gobierno de estas nuevas naciones.

Edmund Dene Morel y la denuncia del genocidio belga.

Con la colonización del Congo, Leopoldo II, rey de Bélgica convirtió su país en una potencia imperialista y a él mismo en multimillonario. En el Congreso de Berlín de 1884 consiguió que se le reconociera como soberano del Estado Independiente del Congo. Después de que John Dunlop inventara los neumáticos de caucho, la demanda mundial de látex se había disparado en la industria automovilística y de bicicletas, y se inició una carrera comercial internacional para dominar el mercado. Para adelantarse a la competencia (que explotaba bosques en América Latina y en el sureste asiático), Leopoldo II impuso personalmente altas cuotas de producción de caucho en el Congo, obligando la población indígena a cumplirlas con métodos coercitivos de la más alta violencia. Para aumentar el ritmo de producción. Los soldados del ejército belga cobraban primas en función de las cantidades suplementarias de caucho recolectado, lo que les incitaba a endurecer cada vez más los métodos de presión sobre los trabajadores.

En 1895, el misionero Henry Grattan Guinness fue avisado de los abusos sufridos por la población del Estado Libre del Congo e instaló allí una misión. Fue él quien hizo la primera denuncia sobre las monstruosidades de las que fue testigo. Obtuvo promesas de mejora de Leopoldo, pero nada cambió.

Otro misionero que denunció las atrocidades que se estaban produciendo fue George W. Williams. Famosa fue su misiva al rey titulada Carta abierta a Su Serena Majestad Leopoldo II, Rey de los Belgas y Soberano del Estado Independiente del Congo, donde denunciaba las atrocidades que se cometían y el trato brutal e inhumano que se daba a los pobladores, denunciando igualmente al afamado explorador y periodista Henry Morton Stanley, contratado por el rey en el Congo. Llegó Incluso llegó a pedir la creación de una comisión que investigara los hechos. Pero las investigaciones que se realizaron por parte del rey fueron simples farsas, como denunció el reverendo William M. Morrison de la Iglesia Prebiteriana del Sur.

“De vez en cuando el Rey nombra a algún funcionario especial que sale con gran ruido y pretende investigar la verdad de los informes de crueldad. Uno de estos funcionarios estaba a sólo unas millas de la escena de la incursión de Mulumba Nkusa que he descrito antes. Algunas semanas después, uno de nuestros misioneros que también había visitado la escena buscó a este funcionario y le hizo personalmente un informe del asunto. El funcionario se encogió de hombros, y dijo que él ya no estaba actuando como inspector.

El Estado constantemente está “investigando” los cargos que se hacen contra los soldados y funcionarios… Hasta ahora que yo sepa, ni una sola persona ha sido sancionada por los ultrajes que han venido sucediendo bajo mi observación personal”. William M. Morrison. Revista mensual sobre misiones americanas. 28 de junio de 1903.

William Morrison estuvo durante seis años como misionero en el Congo, y durante este tiempo pudo denunciar en numerosas ocasiones la forma en que se ejercía el terror pot parte de los soldados nativos.

“El gobierno se estableció firmemente en Boma, y dividió el territorio entero del Estado en distritos, con un comisario y varios funcionarios blancos en cada uno. Se cogieron los hombres de las tribus nativas más salvajes, preferiblemente caníbales, y formaron con ellos este ejército de nativos que ha llevado el eufemístico nombre de Fuerza Pública. Estos soldados, armados con rifles de repetición, hambrientos de pillaje y a menudo de carne humana, se esparció en los diferentes puestos a lo largo del Estado, y su número ha crecido ahora a la increíble cifra de dieciocho mil. Estos soldados son el terror de las regiones en las que están. Yo he visto pueblos saqueados, devastados y profanados, que lo habían sido por soldados acompañados por funcionarios blancos. Yo he visto a cincuenta mil personas nativas viviendo durante semanas en los bosques huyendo y escondiéndose de los ultrajes de estos soldados. A menudo mujeres desvalidas y niños de los pueblos cercanos a nuestra misión en Luebo llegan a nuestra casa buscando protección. Casi diariamente, esclavos de Luebo son expuestos para la venta, Estos esclavos han sido cogidos por los Soldados Estatales o por ciertos jefes con quienes el Estado ha hecho amistad, y a quienes autoriza e instruye en secreto para hacer correrías para capturar esclavos y botín. Presumo que las tres cuartas partes de los cinco o seis mil esclavos de Luebo han sido cogido por estos jefes amistosos o por los soldados Estatales”. William M. Morrison. Revista mensual sobre misiones americanas. 28 de junio de 1903.

Pero fue Edmund Dene Morel (1873-1924), escritor y periodista británico de origen francés, quien mejor denunció y lucho contra los abusos que el rey Leopoldo II de Bélgica estaba realizando contra los congoleños. Trabajando con la compañía naviera belga Elder Dempster, que monopolizaba todo el tráfico marítimo entre el Congo y Amberes, comprobó algo en la carga que le hizo sospechar. Mientras que los barcos que provenían del Congo venían cargados de caucho y marfil, hacia el Congo solo salían armas y municiones. Este hecho denunciaba un robo masivo de la riqueza congoleña sin una compensación a cambio. Más aún, la población nativa del Congo debía de estar siendo explotada laboralmente y sometida al terror de las armas.

            Fue entonces cuando empezó a recabar más información de primera mano. Los primeros en relatarle y denunciar la situación fueron los misioneros protestantes Sjöblom, Morrison, Williams Sheppard y Henry Guiness. También le aportaron información la Sociedad para la protección de los aborígenes (Aborígenes Protection Society), una asociación fundada en 1837 para evitar el comercio de esclavos y preservar sus derechos.

            Morel encontró financiación y publicó su propio semanario “The West African Mail” (El Correo del Oeste Africano), aunque siguió colaborando con otros muchos periódicos. En sus artículos denunció el sistema de trabajos forzados a que se sometía a la población, la utilización de la tortura (latigos, mutilaciones corporales, etc.) y el asesinato para someterla. Denunció también el sistema que empleaban los soldados para aniquilar población sin malgastar munición, cortando las manos derechas de las víctimas y presentándolas a sus superiores como muestra de su eficacia. Escribió sobre los miles y miles de trabajadores muertos por el agotamiento y la inanición, sobre el secuestro de mujeres y niños para forzar a los hombres a trabajar para el rey, sobre las leyes que éste dictaba por las que todas las tierras y riquezas del Congo pasaron a ser propiedad suya, sobre los incentivos económicos para aumentar la barbarie de sus empleados y aumentar sus beneficios, etc. Morel llegó a constatar como entre 1885 y 1908, el Congo había perdido el 40% de su población, y la única causa de esa deplorable situación era la codicia y maldad de un rey sin humanidad.

Dos muchachos del distrito de Ecuador muestran sus manos amputadas, un castigo habitual de los salvajes milicianos de la Compañía de Leopoldo. Padre observando las manos de su hija de cinco años después de ser cortadas como castigo por no haber recolectado suficiente caucho

            Animado por Sir Roger Casement, Morel fundó la Congo Reform Association en 1904, con el propósito de dar publicidad a todas las injusticias que se realizaban en el Congo y poder reparar los daños infligidos a los congoleños. Escribió varios libros que tuvieron gran impacto en la sociedad denunciando el terror que sufrían los congoleños, como por ejemplo “Caucho Rojo: Historia del próspero negocio de esclavos en el Congo” (1906). Otros escritores como Arthur Conan Doyle, Joseph Conrad y Mark Twain participaron activamente en la campaña.

            Leopoldo II intentó contraatacar, desprestigiando a Morel y llevándole a los tribunales. Pero no pudo encontrar ninguna prueba imculpatoria. En 1908, el gobierno belga, aprovechó la reclamación de una deuda al rey Leopoldo para transferir su autoridad sobre el Congo al estado belga, pasando el país a llamarse, Congo belga. A esto hay que unir la presión de Inglaterra y los Estados Unidos realizaron para que el rey devolviera la soberanía al Estado belga. Según Morel, cerca de 10 millones de personas africanas murieron durante este tiempo.

            Una vez creado el Congo belga, fueron principalmente los misioneros católicos los responsables de elevar el nivel educativo y mejorar los servicios médicos. Para ello construyeron escuelas y hospitales que eran atendidos por diversas congregaciones religiosas. El nivel de alfabetización aumentó considerablemente gracias a la labor de estos misioneros, hasta el punto de que a mediados de los años 50 se crearon dos universidades en el país.

Los Padres Salesianos y la denuncia del genocidio de los Onas

A finales del s. XIX y las primeras décadas del s. XX los nativos de la región Austral chilena, un pueblo con más de 15.000 años de antigüedad, sufrieron un feroz genocidio a manos de la clase dominante criolla y los explotadores de oro. Pueblos enteros de la Patagonia como los Onas (Shelk´nam), los Yámanas y los Alacalufes fueron literalmente exterminados por cazadores sin escrúpulos.

Los latifundistas criollos introdujeron la crianza y explotación de ovejas. Una actividad que pasó rápidamente de 300 unidades en 1875, a los casi 2.300.000 en 1903. Los ganaderos ampliaron su negocio a costa de los territorios indígenas, por lo que empezaron a culpar a los nativos de cazar sus ovejas para alimentarse. Con esta excusa organizaron “partidas de caza” para asesinar a los nativos fueguinos. Gonzalo Flores relata los métodos que empleaban en sus carnicerías:

“Los métodos más comunes con los cuales se terminó por eliminar a todos los grupos familiares, aparte del destierro, incluyeron muerte por carabinas de alto alcance, muerte con arma blanca, que por lo general era sorpresiva, por la espalda y causando degollamiento, más común para las mujeres, envenenamientos masivos con estricnina y en 2 ó 3 casos podemos mencionar restos indígenas evidentemente calcinados”.

De los 4.000 Onas que había en 1880 apenas quedaron 500 hacia 1905. En 1983 murió la última superviviente de los Yaganas, Rosa Yagán y en 1985 la última de los Onas Lota Kiepja.

Los principales testigos y denunciantes de esta masacre fueron los misioneros salesianos, gracias a los cuales hoy en día se conocen los hechos. En 1888 los Hermanos salesianos fundaron una misión en la isla Dawson y otra en la costa oriental de Tierra de Fuego, junto al río Domingo. El objetivo de la las misiones era evangelizar a los indígenas, darles instrucción y evitar su exterminio. Monseñor José Fagnano estuvo a cargo de la comunidad durante varios años. Los salesianos se esforzaban en preservar la cultura de los indios, agrupándolos en misiones, pero tenían gran oposición de las familias más poderosas de la zona, que necesitaban a los indios como mano de obra barata sin importar si una cultura entera desaparecía.

En 1908 editaron un pequeño “Diccionario del idioma Fueguino y el Diccionario Castellano-Selkman”. Pero fue en 1915 cuando denunciaron todos los hechos terribles que los fueguinos habían sufrido en los años anteriores. Los salesianos publicaron el libro “Los Selkman”, con prólogo de José M. Beauvoir. En el texto se denuncia como los Onas fueron llevados a la fuerza a la Exposición de París (1889) y expuestos en una jaula como antropófagos: “Once fueron robados en Bahía Felipe de Tierra de Fuego, dos murieron en el viaje y otros cuatro después. Uno se escapó. Retornaron sólo cuatro”.

Monseñor Alberto Agostini, continuó a Fagnano al frente de las misiones. Agostini fue testigo de las masacres que se realizaban contra los nativos así que denunció en su libro “Mis viajes a la Tierra de Fuego”:

“A tal punto llegó en el invasor el desprecio y el odio contra los indígenas, que para librarse para siempre de ellos -pues eran un obstáculo para la multiplicación de sus rebaños- ofreció una libra esterlina por cada par de orejas o por cada calavera humana que se le presentase”.

“Exploradores, estancieros y soldados no tuvieron escrúpulo en descargar su máuser contra los infelices indios, como si se tratase de fieras o de piezas de caza, ni de arrancar del lado de sus maridos y de sus padres a las mujeres y a las niñas para exponerlas a todos los vituperios”. Mons. Alberto Agostini.

La Orden salesiana editó en 1907 en Turín un álbum con fotografías del exterminio aborigen con el siguiente comentario:

“Primero, los buscadores de oro, como aquel Julius Popper, el rumano que con una banda de 50 buscadores de oro explotó los filones de Bahía San Sebastián, al oriente de la Isla Grande de Tierra del Fuego (…) Así preparaban el camino para la segunda oleada: los estancieros. En 1877 trajeron ovejas, pero para el despegue comercial era necesario eliminar a los fueguinos. Ya lo decía sin tapujos en 1882 “The Daily News” de Londres: “La región se ha presentado muy apropiada para la cría de ganado, aunque aparece como único inconveniente la manifiesta necesidad de exterminar a los fueguinos. Para eso, los estancieros como el escocés Mac Lenan y el inglés Sam Ishlop pagan una libra por cada indígena asesinado. Otros, más cuidadosos, pagan una libra esterlina por cada par de orejas de puma o de fueguinos (…) Despojados de sus tierras y cercados en lugares inhóspitos, lejos de su hábitat, mueren lentamente o tratan de robar aquellos “huanacos blancos” (…) No faltó el señor estanciero que soltó mastines de caza contra ellos, o aquel otro que usó la estricnina como auxilio de la “civilización” al esparcir trozos de carne envenenada en los lugares de acceso de los fueguinos (…) Gusinde hace un intento en 1919 y regresa fugazmente a Santiago para salvar a los sobrevivientes. En los círculos científicos y políticos de Santiago -relata- procuré dibujar, basado en mi experiencia personal, un cuadro claro del Estado real de la Tierra del Fuego, y sin embargo no conseguí apenas nada”.

La Misión Salesiana fue la única entidad que trabajó a favor de los Onas. Allí los Onas recibían tratamiento contra las enfermedades, principalmente la tuberculosis. La misión solicitó insistentemente ayuda material o financiera a las autoridades de la isla, pero estos siempre se lo negaron. Más aún, en al menos dos ocasiones, las autoridades intentaron cerrar la misión.

Daniel Comboni y el Plan para el Renacimiento de África

            Daniel Comboni, fue un sacerdote italiano hijo de pobres campesinos que fue el primer obispo católico de África Central, y es uno de los más grandes misioneros de la historia de la Iglesia.

Los comienzos de su misión fueron un fracaso ya que de los primeros misioneros con que contaba casi un centenar mueren por enfermedades, muchos de ellos amigos personales de Comboni. Un contemporáneo suyo describió la misión como un “verdadero necrologio y un martirio continuo”. Muchos creyeron que no había llegado todavía “la hora de la evangelización de África”. Pero Comboni no pensó así.

Es precisamente en 1864 cuando Comboni se siente inspirado para trazar lo que denominó su, “Plan para el Renacimiento de África”. Comboni sostenía que la sociedad europea y la Iglesia debían tomar un mayor interés por las misiones de África Central. Para ello viajó varias veces por Europa visitando a monarcas y eclesiásticos pidiendo ayuda material y espiritual para los misioneros del continente africano. En 1867 creo un instituto de misioneros para hombres y en 1872 otro similar para mujeres, que fueron conocidos como los misioneros y las hermanas Combonianas. Daniel tenía confianza total en los africanos, deseo que expresó en su lema “salvar África por medio de África”. Su visión eclesial e internacional de la tarea misionera (evangelización, animación misionera, formación de futuros misioneros africanos, etc.) son elementos típicamente combonianos.

Daniel Comboni fue el primer obispo de África Central. Luchó continuamente contra la trata oriental de esclavos que tanto daño hacía al continente. Así mismo lamentó la política de explotación colonial, así como la ambigüedad de algunos políticos y eclesiásticos de entonces en relación con las misiones.

En 1867 Comboni escribió una carta denunciando a la Sociedad de Colonia la crueldad de trato que sufrían los africanos.

“Entre tantos males como atormentaban a los infelices pueblos de África Central, uno de los más deplorables, que yo mismo he presenciado a menudo en las tribus del Nilo Blanco, es el robo violento o clandestino de pobres seres humanos – que poseen un alma tan preciosa y un corazón tan noble como podamos tener nosotros – y especialmente de niños de ambos sexos.

Esta tremenda aberración moral, este olvido de toda la humanidad, es en parte resultado de la infame ansia de los más fuertes y poderosos por mejorar su situación mediante el comercio de esclavos. Ahora, en el momento en que hablo de estas cosas, hay cientos de miles de personas que, a causa de la guerra y de la codicia de los traficantes, son arrancados de su patria, expuestos a toda clase de males, y condenados a no volver a ver a sus padres ni el lugar en que han nacido y a tener que suspirar toda su vida bajo el peso cruel de la más dura esclavitud”. Daniel Comboni

Mientras participó en el Concilio Vaticano I consiguió que 70 obispos firmaran una petición para la evangelización de África Central: Postulatum pro Nigris Africae. La carta fue aprobada el 18 de julio por el mismo Pío IX.

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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